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viernes, 19 de octubre de 2012

Error en el hipermercado.



Sor Beatriz atravesaba veloz la sección de pastas, arroces y legumbres. Había dejado el Seat Panda del convento aparcado en la parada de autobuses y como apareciese la policía local no la libraría de la correspondiente multa ni dios. Era una de esas mañanas en las que no le importaría lo más mínimo mandarlo todo al diablo. La madre superiora le había afeado su pereza a la hora de levantarse y como penitencia le había encomendado ir a comprar una olla nueva. Al ir a buscar el coche la entrometida de Sor Remedios le había preguntado una otra vez si era necesario que fuese en coche, que la gasolina estaba cara y que nada mejor que un paseo matutino para mantenerse en forma. Tardó media hora en convencerla de que estaba cayendo el diluvio y otra media en encontrar las llaves del Panda. Para colmo, al llegar al hipermercado no había sitio para aparcar por lo que tuvo que dejar el coche en la parada de autobuses. Que sea lo que dios quiera se dijo mientras se dirigía a la sección de menaje de cocina para comprar de una santa vez la dichosa olla. Y justamente cuando llegó a la caja para pagar cayó en la cuenta de que se había olvidado el monedero en el coche.

En ese mismo instante, una mujer de unos cuarenta y tres años atravesaba la sección de conservas, salsas y aceitunas en dirección a la única caja que se encontraba abierta en ese momento. Su intención era simplemente llegar antes que la monja y poder mirar en el interior de la olla cuando esta la depositase en la cinta para pagar. Pero su sorpresa fue mayúscula cuando al llegar a la caja no había rastro de la monja ni de la olla. Desconcertada echó un vistazo alrededor para comprobar que la religiosa había decidido volver sobre sus pasos y se dirigía nuevamente a la sección de menaje, haciendo aspavientos con una mano mientras en la otra sostenía la olla. Como aquel embrollo estaba durando demasiado decidió que lo mejor sería acercarse a la monja y pedirle que le dejase inspeccionar el interior de cacerola para comprobar que reunía las condiciones necesarias para la venta.

Mientras tanto, agazapado detrás de los lácteos un tipo pequeño con barba observaba con tanta atención lo que ocurría en la caja tres que hizo sospechar al vigilante de seguridad. Sus sospechas se convirtieron en claros indicios de delito cuando el hombre comenzó a trotar hacia una monja que llevaba en sus manos una olla y sin el menor reparo se la arrebató de las manos. Jesús, María y José, exclamó Sor Beatriz asustada no tanto por el hombre con barba que le había arrabatado la cazuela de las manos, sino por la mujer de unos cuarenta y cinco años que de pronto había aparecido por su derecha pidiéndole que le entregase la olla para una inspección rutinaria. Por si fuese poco, se unió al grupo un guardia de seguridad que le pidió al hombre de barba que hiciese el favor de devolverle la olla a la monja y de acompañarle a la puerta. El hombre, avergonzado, le entregó la cacerola a la monja mientras le decía al guardia que su nombre era Marcelino Tomás y que las cosas no eran lo que parecían.

viernes, 20 de abril de 2012

Beatriz Consuegra



Beatriz Consuegra tiene cuarenta y tres años y un ex-marido que mientras preparaba las oposiciones para registrador de la propiedad tuvo tiempo para hacer dos hijas y ahora que ocupa un cargo político ni siquiera tiene un momento para ir a recogerlas a la escuela. Beatriz Consuegra se organiza bien ella sola, pero no puede soportar que el machista cretino que una vez fue su marido sea ahora el máximo responsable de la política de igualdad y bienestar social de la administración autonómica y siente ganas de patear la televisón cada vez que al flamante conselleiro aparece hablando del empoderamiento de la mujer, de la responsabilidad compartida y de los planes para promover la igualdad efectiva entre mujeres y hombres.

Por suerte, Beatriz Consuegra no dispone de mucho tiempo para ver la televisón. Trabaja en uno de esos hipermercados franceses que se instalaron en nuestro país a finales de los años ochenta y que obligaron a los padres de Beatriz a malvender su tienda. Un gran cartel a la entrada de los vestuarios le recuerda que ella es la sonrisa de la empresa, y sonríe pensando en los pocos motivos que para sonreír le proporciona la empresa. Después de quince años y de muchas explicaciones sobre la legislación laboral vigente, deducciones para el IRPF y cotizaciones a la seguridad social cobra exactamente lo mismo que a finales de los años noventa, pero según su supervisor es una trabajadora ejemplar y un orgullo para la directiva.

Veinte minutos antes de comenzar su turno Beatriz ya está tarareando una canción de Juan Perro en el departamento de menaje del hogar del supermercado. Algunos clientes la miran sorprendidos mientras sonriente reordena la estantería de las ollas de aluminio. Diríase que es una mujer feliz con su trabajo, que se siente satisfecha y que la empresa recompensa su buen hacer de manera justa y ejemplar.

Sin embargo la felicidad de Beatriz radica, simplemente, en las notas de amor que cada viernes alguien deja dentro de las cacerolas Inoxibar. La primera vez pensó que era una broma de algún compañero. Un pequeño sobre de color azul turquesa con un sencillo "Para Beatriz". Al abrirlo descubrió una cuartilla escrita a mano con un poema que hablaba de ella. Su primera reacción fue bastante fría. Para emociones fuertes ya tenía a sus ex-suegros. Sin embargo a la semana siguiente descubrió otro sobre y dentro del sobre otro poema. Miró a su alrededor pero sólo vió una señora con un imán probando si las sartenes servían para las cocinas de inducción y un tipo bajito con barba que comparaba moldes para hacer flanes. Nadie parecía prestarle atención y supuso que el sobre lo habían dejado allí el día anterior, o a primera hora de la mañana.

Durante los siguientes dos meses Beatriz Consuegra recibió un poema cada viernes y si hoy está especialmente inquieta es porque ayer, presa de la cuiriosidad, dejó en la cacerola Inoxibar una carta para su admirador secreto. En un tono desenfadado le confiesa que se siente muy halagada con sus poemas y que tiene ganas de conocerlo. Que se pase por la sección de menaje de cocina para poder charlar un rato y tal vez quedar para tomar una cerveza.

Pero el alegre alboroto de Beatriz Consuegra se convirtió en preocupación cuando descubrió que una religiosa de las Merceditas Descalzas de la Buenanueva se dirigía con paso firme hacia una de las cajas con la cacerola de Inoxibar en la que había depositado tantas ilusiones.

sábado, 30 de julio de 2011

M.V. Compostizo (II)

El plan era sencillo. Pasaría el invierno en la casa de un amigo y al llegar la primavera se encerraría en la vieja casa de sus abuelos y comenzaría a escribir La mujer temerosa, la novela con la que cerraría la tetralogía que su editor había bautizado como “Cuatro mujeres en apuros”. A María este título le parecía una auténtica memez, pero hacía años que había renunciado a buscar títulos para sus novelas. Siempre le daba la impresión de que no tenían absolutamente nada que ver con la historia que contaba por eso agradeció enormemente que Marcelo comenzase a poner títulos “más comerciales” a sus novelas.



Pero el invierno acabó, llegó la primavera y cuando los ingleses comenzaron a invadir Albufeira María Visitación pensó que no tenía ganas de encerrarse a escribir en un pueblo perdido al norte de Lugo. Su padre había sido uno de los marineros que habían sobrevivido a la galerna del año 61, pero la experiencia había sido tan horrible que nunca pudo volver a faenar. Como tantos otros, se trasladó a la ciudad y comenzó a trabajar en una taberna en la Rúa do Franco de Santiago de Compostela. Allí conoció a María Visitación madre y allí pasaría su hija gran parte de su infancia, intentando comprender a los peregrinos alemanes e ingleses que nunca sabían qué era el “pulpo á feira”. Por eso una de las primeras palabras que la pequeña María aprendió a decir fue octopulus, y de tanto escuchar las historias que le contaban sobre el Camino y sobre países y lugares tan distintos y lejanos decidió que ella quería dedicarse a contar cuentos.


Y así, durante los últimos veinte años se había dedicado a hacerse un hueco en la escena literaria y ahora que era una escritora de renombre empezaba a pensar que eso no era lo que esperaba de la vida. Necesitaba un poco de acción, vivir una aventura, enamorarse de nuevo, hacer algo peligroso. En definitiva, después de haber inventado historias y de haber creado personajes quería ser ella la protagonista.

Obviamente, a su editor sólo le dijo que estaba terminando el primer borrador y que en breve comenzaría a escribir. Para qué preocupar al muchacho, se dijo, si ya tiene bastante con su atormentada vida sentimental. Le diré que voy a estar aislada en Celeiro y que necesito intimidad total. Siempre ha respetado bastante mis momentos creativos.

Por este motivo, cuando aquellos hombres comenzaron a hacer preguntas nadie supo darles una respuesta clara sobre el paradero de M.V. Compostizo. Su marido manifestó su gran ignorancia y su resentida indiferencia con un lacónico "Ni lo se ni me importa". Su editor comenzó una amplia disertación sobre la apremiante necesidad de soledad que puede experimentar una escritora cuando está a punto de concluír una novela y sobre las posibilidades de serenidad emocional que ofrece un lugar tan alejado del ajetreo de las ciudades como el pueblo marinero en el que estaba recluída la autora de éxitos como La mujer alevosa o Los pequineses de la señorita de Meirás para terminar la que sin duda será su obra maestra y el éxito editorial de la década. Sin embargo, cuando tres días después los hombres volvieron para decirle que en Celeiro no estaba comenzó a contar una extraña historia del hombre que M.V. Compostizo conoció en una noche de vino verde y calor, en una fiesta en el pueblo portugués de Albufeira.

viernes, 15 de julio de 2011

H. Ramírez.(II)

H. Ramírez tardó más de dos meses en salir del hospital y casi seis para volver al trabajo. Estrés postraumático, le diagnosticaron, y su médico de cabecera le recomendó que retrasase alguna semanas más su regreso a la vida laboral. A la dificultad para dormir y el miedo irracional a conducir había que añadir los ataques de pánico en los que volvía a revivir  el desagradable suceso,  y lo experimentaba tan vívidamente que de pronto se echaba al suelo gritando na cabeza non, na cabeza non.

Pero H. Ramírez quiso regresar a la oficina, y no por su desmedido amor al trabajo sino para burlarse de su compañero R. Cortés, que además de ser el más eficiente de todos sus subordinados, era guapo y simpático y tenía la extraña manía de ser aficionado del Real Club Deportivo de Coruña. Y como todos sabemos, desgraciadamente el Dépor descendió de categoría en la pasada temporada. No entraremos en detalles sobre la retorcida psicología de algunos jefes que tienden a sentir unos celos terribles y destructivos por algunos de sus empleados, sobre todo si son hombres y tienen un extraordinario éxito entre la mujeres de la empresa, como era el caso de R. Cortés. Diremos simplemente que el único placer que le quedaba a H. Ramírez era el mezquino placer de los mediocres, esto es, joder al prójimo, ya que la prójima se había ido hacía meses dejando una nota en la que le decía que "el problema soy yo, cariño, y necesito tiempo para encontrarme".


Conviene señalar en este punto que las secuelas psicológicas que le habían quedado a H. Ramírez no eran tanto debidas a la agresión en si como al hecho de que después de las tres operaciones maxilofaciales a las que le habían sometido a H. Ramírez no lo conocía ni su madre. Siempre había tenido una expresión bobalicona en la mirada y una sonrisa estúpida, de persona cretina que aún por encima se cree el más simpático de su clase, de la facultad, de la oficina, del club de amigos del vino tinto del Sigüerzo de los Peregrinos, pero después de la operación su nariz había quedado ligeramente torcida hacia la derecha, el pómulo izquierdo claramente hundido y el labio inferior, reconstruido mediante implantes de tejido vacuno, solía caer sobre sí mismo dejando al descubierto los dientes postizos que le habían puesto, tan grandes y tan blancos que uno terminaba por preguntarse si en lugar de tejido vacuno no le habían puesto los dientes de una vaca lechera.

Así pues, una hermosa mañana del mes de julio H. Ramírez volvió al trabajo. Aparcó su coche en el reservado para directivos, saludó amablemente al guardia de seguridad y con una gran sonrisa entró en su despacho mirando a izquierda y derecha e inclinado de cuando en vez la cabaeza. Qué pasa Jorge! Cuánto tiempo Maite, qué bien te veo. Alguien sabe dónde está el Koruño??. Algunos, más por educación que por sentimiento, se levantaron de sus asientos para interesarse por su salud y para mentir descaradamente diciéndole que casi no se notaba nada de nada. Otros simplemente dijeron buenos días y siguieron a lo suyo.

A media mañana se acercó el jefe de personal para presentarle al nuevo encargado de mantenimiento. Lleva con nosostros cuatro meses, le dijo, y forma parte de un convenio de colaboración que la empresa firmó con la Consellería de Traballo e Benestar. Ya sabes, ellos nos dan dinero y nosotros contratamos a personas en riesgo de exclusión. Pero el jefe de personal no pudo seguir con las explicaciónes. H. Ramírez se había tirado al suelo gritando na cabeza non! na cabeza non! mientras intentaba ocultarse detrás de su ergonómica silla de directivo.

lunes, 7 de febrero de 2011

M. A. Barranco.

M. A. Barranco era un muchacho de buena familia que no estaba orgulloso de serlo. Su abuelo era un nazi que encontró refugio en la España de los años cincuenta y su padre un franquista reconvertido en diputado en los setenta. Como venganza, en los noventa se afilió a Izquierda Unida, y en lugar de hacer carrera diplomática, como le recomendaba su padre, decidió dedicarse al mundo literario. Pero antes de mostrar su rechazo al pasado familiar terminó sus estudios universitarios, hizo un máster en Ginebra y otro en Berlín y se pasó dos años viajando por el mundo, todo a cargo del erario familiar.

M. A. Barraco era una de esas personas con más voluntad que talento. Después de intentar sin éxito publicar su primera novela decidió pasarse al otro lado y creó su propia editorial, especializada en la edición en español de autores europeos, sobre todo alemanes y suizos. La fortuna quiso que los primeros títulos publicados fuesen un auténtico bombazo y en un par de años recibió una oferta millonaria de un gran grupo editorial para que vendiese su pequeño negocio. A cambio, pasó a ocupar un cargo de directivo en la gran empresa y con el tiempo que le sobraba, que era mucho, decidió representar a unos cuantos escritores nacionales cuya fama iba en aumento y que le reportaban un quince por ciento cada vez más jugoso.

M. A. Barranco era la demostración empírica del dicho popular que dice que dinero llama dinero, aunque a él le gustaba pensar que era un hombre hecho a sí mismo, orgulloso de romper con la tradición familiar consistente en convertir el dinero público en patrimonio propio y sin ningún prejuicio a la hora de de declarar su homosexualidad e irse a vivir con un muchacho de familia pobre del que se enamoró en un mitin de Gaspar Llamazares.

M. A. Barranco le sorprendió recibir una llamada de H. Ramírez. Tenía su número de teléfono grabado porque María Visitación se negaba a tener un teléfono móvil y a veces era imposible localizarla en su casa. Pero lo que más sorprendió a M. A. Barranco fue oír la voz de su compañero de piso y compañero sentimental desde hacía cuatro meses.

- Pero desde qué teléfono me estás llamando?

- Nada, desde el móvil de un tipo al que acaban de abrirle la cabeza. Intento llamar a su casa y nadie contesta, y como no tengo saldo aprovecho para decirte que hoy no iré a comer a casa.

lunes, 24 de enero de 2011

M. V. Compostizo

M. V. Compostizo acababa de cerrar la puerta de su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. El taxista esperaba en la calle y su marido estaba a punto de llegar. Decidió no perder el tiempo. No quería arriesgarse a que cualquier imprevisto alterara sus planes. En dos días estaría muy lejos, iniciaría una nueva vida y aquella casa formaría parte de un mal sueño, de una equivocación que duró más de quince años.

Su marido no era mala persona. Un tipo normal, con un trabajo normal y unos gustos normales. En la nota que acababa de escribir le contaba que el problema era ella y que necesitaba un tiempo para encontrarse a si misma. Era mentira. María Visitación sabía que nunca más volverían a verse, que su relación ya no le aportaba nada y que lo mejor era romper de manera brusca y sin vuelta atrás. Se iba para no volver.

A su representante le había dicho que después de publicar La mujer alevosa quería tomarse unos meses de vacaciones. Era el tercer volumen de la tetralogía y tenía más o menos decidido cómo cerrar la historia, se podía permitir descansar unos meses antes de volver a escribir. Estuvo a punto de confesarle que iba a cambiar de ciudad, que se trasladaba al sur de Portugal para dar largos paseos por las playas del Algarve pero no quiso preocuparle más. Su representante era un muchacho joven, pero no entendía eso de los paseos por la playa sin hacer nada más que pasear. Vivía con la obsesión de aprovechar el tiempo y si le confesaba que a ella lo que le pedía el cuerpo era perderlo durante una temporada comenzaría a presionarla para que terminara cuanto antes la cuarta novela.

El taxista arrancó el motor y puso rumbo al aeropuerto. María Visitación Compostizo se acomodó en el asiento de atrás y cerró los ojos. No quería pensar en nada, no quería hablar de nada y por eso no pudo ver al muchacho de la ambulancia que se desesperaba intentando contactar con número marcado con A/A en el teléfono móvil del tipo al que acababan de subir a la camilla.

viernes, 21 de enero de 2011

H. Ramírez.

H. Ramirez escogió un mal día para hacerse el valiente. Era el típico conductor de claxon fácil, dispuesto a mentar a tu madre, o a la mía, si por un casual te saltabas un ceda el paso o te retrasabas un poco al arrancar el coche ante un semáforo en verde. En fin, lo que llamamos un energúmeno al volante, pero uno de esos energúmenos cobardes que son todo furia dentro del coche pero que no pasan del insulto o de algún gesto procaz mirando por el espejo retrovisor.
Pero aquel día H. Ramirez quiso ser el más chulo de la clase. El otro tenía razón al protestar, pero decidió no tolerar que le llamasen sinverguenza. Calculó que el ofendido peatón tendría poco más de metro sesenta y eso le animó a detener el coche, desabrocharse el cinturón de seguridad y salir del automóvil gesticulando y gritando "pero qué pasa, pero qué pasa"
H. Ramirez se equivocó terriblemente.
M. T. Espeleta había salido de la cárcel después de cumplir dos años por agredir a los dos porteros de una famosa discoteca de Sanxenxo. Parece ser que aquella noche estaban dos famosos políticos gallegos tomándose unos cubatillas después de estar toda la tarde haciéndose fotos mientras apagaban un incendio en el chalet de un conocido constructor famoso por pagar generosas comisiones a cambio de obtener obras públicas de la administración autonómica. Los porteros creyeron que un tipo como M.T. Espeleta sobraba en el local. Sin mediar palabra un tipo de metro noventa le puso una mano en el pecho mientras el otro le indicaba con el dedo índice que no que no que no, que esa noche no podía entrar. Los médicos que atendieron a los dos empleados de la conocida discoteca no pudieron explicar cómo una persona de apenas sesenta quilos podía causar tantas lesiones a dos armarios de casi dos metros y tampoco pudieron recuperar nunca el dedo índice que le faltaba a uno de ellos. A M.T. Espeleta le cayeron veintiún meses de prisión por agresión con ensañamiento, intento de asesinato y mutilación.
Doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta, había madrugado mucho aquel día para acudir al centro penitenciario con la ropa de Zara que había comprado el día anterior para su hijo. Debido a las tres operaciones de cadera tenía que caminar con muletas, pero el esfuerzo valía la pena ya que estaba convencida de que su hijo era buena gente siempre que se le tratara con respeto.
Sin duda, lo que provócó el terrible equivoco de H. Ramírez fue ver a un tipo vestido como un monaguillo acompañando a una señora delante de la capilla de San Caetano. Por eso, aunque no se detuvo en el paso de cebra si frenó el coche al oír la palabra sinvergüenza y salió gritanto airadamente del vehículo, como ya se ha apuntado más arriba.
Lo último que recuerda H. Ramírez es a la anciana gritando Marcelino Tomás, Marcelino Tomás, que te pierdes. Boqueó como un besugo al horno cuando sintió un terrible mazazo en el estómago. Involuntariamente se dobló hacia delante hasta encontrarse con la rodilla de M.T. Espeleta que ascendía violentamente hacia su cara. Comenzó a sentir un sabor metálico en la boca, y pensó que era la sangre que salía a borbotones del hueco que había dejado el incisivo superiror izquierdo al caerse, pero en realidad era la chapa del capó contra la que su cabeza había tropezado una vez y otra vez y otra vez y otra vez, hasta que doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta y madre del fornido Marcelino Tomás consiguió convencer a su hijo para que cejase en su empeño de enseñar educación al desafortunado H. Ramírez.