sábado, 30 de julio de 2011

M.V. Compostizo (II)

El plan era sencillo. Pasaría el invierno en la casa de un amigo y al llegar la primavera se encerraría en la vieja casa de sus abuelos y comenzaría a escribir La mujer temerosa, la novela con la que cerraría la tetralogía que su editor había bautizado como “Cuatro mujeres en apuros”. A María este título le parecía una auténtica memez, pero hacía años que había renunciado a buscar títulos para sus novelas. Siempre le daba la impresión de que no tenían absolutamente nada que ver con la historia que contaba por eso agradeció enormemente que Marcelo comenzase a poner títulos “más comerciales” a sus novelas.



Pero el invierno acabó, llegó la primavera y cuando los ingleses comenzaron a invadir Albufeira María Visitación pensó que no tenía ganas de encerrarse a escribir en un pueblo perdido al norte de Lugo. Su padre había sido uno de los marineros que habían sobrevivido a la galerna del año 61, pero la experiencia había sido tan horrible que nunca pudo volver a faenar. Como tantos otros, se trasladó a la ciudad y comenzó a trabajar en una taberna en la Rúa do Franco de Santiago de Compostela. Allí conoció a María Visitación madre y allí pasaría su hija gran parte de su infancia, intentando comprender a los peregrinos alemanes e ingleses que nunca sabían qué era el “pulpo á feira”. Por eso una de las primeras palabras que la pequeña María aprendió a decir fue octopulus, y de tanto escuchar las historias que le contaban sobre el Camino y sobre países y lugares tan distintos y lejanos decidió que ella quería dedicarse a contar cuentos.


Y así, durante los últimos veinte años se había dedicado a hacerse un hueco en la escena literaria y ahora que era una escritora de renombre empezaba a pensar que eso no era lo que esperaba de la vida. Necesitaba un poco de acción, vivir una aventura, enamorarse de nuevo, hacer algo peligroso. En definitiva, después de haber inventado historias y de haber creado personajes quería ser ella la protagonista.

Obviamente, a su editor sólo le dijo que estaba terminando el primer borrador y que en breve comenzaría a escribir. Para qué preocupar al muchacho, se dijo, si ya tiene bastante con su atormentada vida sentimental. Le diré que voy a estar aislada en Celeiro y que necesito intimidad total. Siempre ha respetado bastante mis momentos creativos.

Por este motivo, cuando aquellos hombres comenzaron a hacer preguntas nadie supo darles una respuesta clara sobre el paradero de M.V. Compostizo. Su marido manifestó su gran ignorancia y su resentida indiferencia con un lacónico "Ni lo se ni me importa". Su editor comenzó una amplia disertación sobre la apremiante necesidad de soledad que puede experimentar una escritora cuando está a punto de concluír una novela y sobre las posibilidades de serenidad emocional que ofrece un lugar tan alejado del ajetreo de las ciudades como el pueblo marinero en el que estaba recluída la autora de éxitos como La mujer alevosa o Los pequineses de la señorita de Meirás para terminar la que sin duda será su obra maestra y el éxito editorial de la década. Sin embargo, cuando tres días después los hombres volvieron para decirle que en Celeiro no estaba comenzó a contar una extraña historia del hombre que M.V. Compostizo conoció en una noche de vino verde y calor, en una fiesta en el pueblo portugués de Albufeira.

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