H. Ramirez escogió un mal día para hacerse el valiente. Era el típico conductor de claxon fácil, dispuesto a mentar a tu madre, o a la mía, si por un casual te saltabas un ceda el paso o te retrasabas un poco al arrancar el coche ante un semáforo en verde. En fin, lo que llamamos un energúmeno al volante, pero uno de esos energúmenos cobardes que son todo furia dentro del coche pero que no pasan del insulto o de algún gesto procaz mirando por el espejo retrovisor.
Pero aquel día H. Ramirez quiso ser el más chulo de la clase. El otro tenía razón al protestar, pero decidió no tolerar que le llamasen sinverguenza. Calculó que el ofendido peatón tendría poco más de metro sesenta y eso le animó a detener el coche, desabrocharse el cinturón de seguridad y salir del automóvil gesticulando y gritando "pero qué pasa, pero qué pasa"
H. Ramirez se equivocó terriblemente.
M. T. Espeleta había salido de la cárcel después de cumplir dos años por agredir a los dos porteros de una famosa discoteca de Sanxenxo. Parece ser que aquella noche estaban dos famosos políticos gallegos tomándose unos cubatillas después de estar toda la tarde haciéndose fotos mientras apagaban un incendio en el chalet de un conocido constructor famoso por pagar generosas comisiones a cambio de obtener obras públicas de la administración autonómica. Los porteros creyeron que un tipo como M.T. Espeleta sobraba en el local. Sin mediar palabra un tipo de metro noventa le puso una mano en el pecho mientras el otro le indicaba con el dedo índice que no que no que no, que esa noche no podía entrar. Los médicos que atendieron a los dos empleados de la conocida discoteca no pudieron explicar cómo una persona de apenas sesenta quilos podía causar tantas lesiones a dos armarios de casi dos metros y tampoco pudieron recuperar nunca el dedo índice que le faltaba a uno de ellos. A M.T. Espeleta le cayeron veintiún meses de prisión por agresión con ensañamiento, intento de asesinato y mutilación.
Doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta, había madrugado mucho aquel día para acudir al centro penitenciario con la ropa de Zara que había comprado el día anterior para su hijo. Debido a las tres operaciones de cadera tenía que caminar con muletas, pero el esfuerzo valía la pena ya que estaba convencida de que su hijo era buena gente siempre que se le tratara con respeto.
Sin duda, lo que provócó el terrible equivoco de H. Ramírez fue ver a un tipo vestido como un monaguillo acompañando a una señora delante de la capilla de San Caetano. Por eso, aunque no se detuvo en el paso de cebra si frenó el coche al oír la palabra sinvergüenza y salió gritanto airadamente del vehículo, como ya se ha apuntado más arriba.
Lo último que recuerda H. Ramírez es a la anciana gritando Marcelino Tomás, Marcelino Tomás, que te pierdes. Boqueó como un besugo al horno cuando sintió un terrible mazazo en el estómago. Involuntariamente se dobló hacia delante hasta encontrarse con la rodilla de M.T. Espeleta que ascendía violentamente hacia su cara. Comenzó a sentir un sabor metálico en la boca, y pensó que era la sangre que salía a borbotones del hueco que había dejado el incisivo superiror izquierdo al caerse, pero en realidad era la chapa del capó contra la que su cabeza había tropezado una vez y otra vez y otra vez y otra vez, hasta que doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta y madre del fornido Marcelino Tomás consiguió convencer a su hijo para que cejase en su empeño de enseñar educación al desafortunado H. Ramírez.
No hay comentarios:
Publicar un comentario