miércoles, 12 de enero de 2011

Dawson city.

En la taberna de Dawson City cada bebedor estaba dispuesto a contarte una historia a cambio de un poco de atención. Tipos duros y solitarios que buscaban contacto humano después de unas semanas en ruta; jovenes envejecidos por el alcohol y el frío intenso del ártico; un par de ancianos que llegaron a la ciudad en la segunda fiebre del oro, cuando Dawson City rivalizaba con Whitehorse por ser la capital del territorio del Yukón. Alli no se hacían preguntas a los forasteros, pero tampoco se ofrecían respuestas. Si escuchabas atentamente podías acabar la noche con material para escribir un par de novelas pero si intentabas saber más de la cuenta pronto te encontrarías bebiendo solo. No, amigos, los preguntones no eran bien recibidos en la taberna de Dawson City. Tampoco los turistas, que llegaban cada vez en mayor número, se atrevían a entrar en aquella destartalada caseta de madera. Y debo confesar que tampoco yo habría entrado jamás de no haber sido por una serie de absurdas coincidencias que me habían llevado a recorrer los casi tres mil kilómetros que me separaban de Kelowna. 

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