- Vamos, Toño, me estás diciendo que conociste a Hilario en el Círculo Polar Ártico!?
- Te estoy diciendo que conocí a Hilario en el Delta del Mar de Beaufort- contestó mientras ponía otro par de cervezas en la barra del bar- Gracias a él pudimos recuperar el oro de Harry y meterlo en el camión de Duane sin que los federales nos hiciesen demasiadas preguntas. ¿Dónde crees que conseguí la pasta para montar este bar?
No supe que decir. Durante las últimas horas Toño me había hablado de su época de estudiante en Canadá. Todo había comenzado cuando le pregunté si sabía algo de Hilario. No puedo explicarlo, pero siempre tuve la sensación de que entre Hilario y Toño existía cierta complicidad, una especie de camaradería que se adquiere al compartir experiencias poco frecuentes. Lo que no esperaba es que me contase una aventura que rozaba lo esperpéntico, y mucho menos que me confesase que Hilario era una especie de agente del gobierno como los que salen en las series de televisión.
Al parecer, Hilario había sido reclutado por un hermano de su abuela, que había emigrado a Estados Unidos en los años cincuenta y por casualidades de la vida formaba parte del equipo de trabajo que se formó después del famoso caso Roswell. Cuando se encontró con el grupo de Toño acompañaba a una unidad de asalto que estaba buscando el origen de una extraña señal electromagnética que habían captado desde los radiotelescopios de Alaska.
- Después de unos cuantos días de interrogatorios y aclaraciones, Hilario consiguió convencer a sus superiores de que no representabamos ningún peligro para los intereses de la nación. Nos ayudó a buscar el oro de Harry y cuando lo encontramos me pidió que me ocupase de poner a buen recaudo la parte que le correspondía. Yo regresé a Compostela y monté este bar, él siguió trabajando para los americanos. El resto de la historia ya la conoces, te has encargado de publicarla en tu blog de una forma magistral y con una narración viva y directa que sumerge al lector en un ambiente de intriga y misterio al mejor estilo de la novela negra de los Grandes de la literatura universal.
- Bueno bueno, creo que exageras un poco- contesté un poco ruborizado.
- Para nada -me dijo Toño mientras atendía a una pareja de chavales que venían a comprar un par de palmeras de chocolate- eres uno de los mejores escritores de blogs que conozco. Y te diré más... o mucho me equivoco o en breve tendremos noticias de Hilario.
Ya que estás aquí...
No dudes en preguntar, si tienes dudas, y en regresar siempre que quieras .
Bienvenido a Mar de Beaufort.
Bienvenido a Mar de Beaufort.
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miércoles, 28 de septiembre de 2011
lunes, 22 de agosto de 2011
Restos en la nieve.
Llegaron un par de días después que nosotros. Veinte tipos que parecían Rambo se bajaron de dos helicópteros y nos encerraron en el comedor mientras hablaban con el Director Gerente de la planta de gas. Aparte de los cuatro que habíamos llegado en el camión de Duane, había siete operarios, un técnico de telecomunicaciones, un cocinero y un encargado de mantenimiento. Nos habían advertido que intentarían que ninguno de nosotros resultase herido, pero que nuestra seguridad no era una prioridad para ellos y si surgía algún problema no dudarían en utilizar la fuerza para solucionarlo.
Quisieron saber de quién era el propietario de la extraña máquina que había estado provocando interferencias las últimas semanas. El Director Gerente les explicó que según el artículo 37, párrafo 4 bis del Tratado Internacional sobre Personas y Cachivaches Deambulando por el Ártico él era el responsable de los humanos, animales, objetos y similares que se encontraban en ese momento en la planta de gas y que tenía el derecho a ser informado de cualquier circunstancia que pudiese afectar a la integridad física o legal de las cosas.
- Who are they?- le preguntó uno de los soldados con una pistola en la mano cuando el Director Gerente iba a continuar enumerando el párrafo 5 del artículo 37. Después todo sucedió muy rápido. Duane intentó explicarles que no tenía nada que ver con todo aquello, que él sólo me conocía a mí, que venía de Dawson City y que era un simple camionero que se encargaba de abastecer a la planta de gas. No le sirvió de nada. Tampoco le sirvió de nada a los soldados comenzar a interrogar a Juanciño y a su acompañante, que se llamaba Mariano. Ellos no entendían nada de lo que les estaban preguntando y los soldados no entendían nada de lo que les estaban respondiendo. Como mi historia sobre la caza de osos utilizando medios magnéticos no convenció a nadie acabamos los cuatro en uno de los helicópteros, sobrevolando el Delta de Mar de Beaufort a unos treinta pies de altura y dirección norte.
Y entonces los ví. Como si de mojones se tratase comencé a vislumbrar, sobre el hielo del ártico, lo que parecían restos de animales, alguna manta, un trineo y finalmente un cadáver humano. Supe que se trataba de Harry y que la historia del viejo Bob era verdad. Ahora sólo era necesario encontrar el modo de regresar y recuperar las bolsas llenas de oro.
---Para saber más:01: Dawson City
02: O'Kandeken05: La máquina del magnetismo.
03: La historia de Duane
04: Encuentros en el Círculo Polar Ártico.
---Para saber más:01: Dawson City
02: O'Kandeken05: La máquina del magnetismo.
03: La historia de Duane
04: Encuentros en el Círculo Polar Ártico.
viernes, 4 de marzo de 2011
La máquina del magnetismo.
- My god, you're one of them! You're one of them!
Como ya he dicho, Duane era un buen tipo, pero un poco paranoico. Cuando me bajé del camión me siguió con un rifle Springfield M1903 que había heredado de su abuelo, advirtiéndome que podía tratarse de seres peligrosos. Le dije que no se preocupara, que no eran seres de otros mundos, aunque podría decirse que venían de otro planeta. Sin duda no se fiaba de mi capacidad para controlar la situación, pero su confusión fue máxima cuando me acerqué a los dos tipos que estaban manipulando una máquina parecida a una antena parabólica que apuntaba hacia el camión de Duane y comencé a hablarles.
Al ver que me respondían amistosamente, Duane comenzó a decir que yo era uno de ellos, que la invasión había comenzado y que tenía que avisar a la Policía Montada del Canada. Se subió al camión e intentó encenderlo, pero el más feo de mis compatriotas me dijo que no me preocupara, que la máquina de magnetismo estaba encendida y mi compañero no podría arrancar el camión.
Mis paisanos me contaron que venían de Vilanova de Arousa y como siempre suele ocurrir entre nosotros, comenzamos a buscar parentescos y amistades comunes. Que si mi abuela paterna era de Vilagarcía, que si el padre del más alto había trabajado en Compostela... al final resultó que trabajaban para un tipo que era de mi barrio y que les había dicho que podían ganar mucha pasta cazando osos, que había diseñado un sistema basado en el magnetismo para aturdirlos y después cogerlos sin problemas. Llevaban más de un mes utilizando el artilugio, pero por ahora no habían podído cazar ningún oso. De hecho, no se veían osos por allí.
Mientras tanto Duane seguía metido en la cabina del camión, intentando ponerlo en marcha y llevándose el micrófono de la emisora a la boca simulando que hablaba con alguien. Después de repetírselo varias veces comprendió que los dos extraños con los que hablaba eran de mi país y que no habían cruzado la galaxia para invadirnos sino que habían cruzado el océano para cazar osos con un nuevo invento de otro compatriota.
Esbozó una extraña mueca, tal vez una sonrisa, y dijo que esta zona no había osos. Que los osos vivían sobre todo en las zonas costeras, pero que además a estas alturas del año estaban invernando. También dijo que estaba prohibido cazar en todo el territorio del Yukón y que no iba a consentir que dos tipos tan feos se saltasen las leyes del Canadá. Él más pequeño comenzó a blasfemar y recordó el conflicto del fletán y volvió a blasfemar y dijo que estaba hasta los mismísimos de que nos prohibiesen pescar y cazar y cultivar mariguana y siguió maldiciendo y acordándose de San Pedro y del niño Jesús.
El más fuerte, que se llamaba Juanciño y que era el más práctico, decidió que ya no pintaban nada allí y que tal vez tendrían que ir pensando en llamar a su socio y largarse. Duane, que no sabía nada del fletán, les propuso que nos acompañaran hacia el norte y como no tenían nada mejor que hacer aceptaron.
Enganchamos la máquina de magnetismo al camión y arrancamos por fin hacia del Delta de Mar de Beaufort.
---Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken
03: La historia de Duane
04: Encuentros en el Círculo Polar Ártico.
---Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken
03: La historia de Duane
04: Encuentros en el Círculo Polar Ártico.
viernes, 18 de febrero de 2011
Encuentros en el círculo polar ártico.
Duane era un buen tipo. Se dedicaba al transporte de mercancías sobre el Río Mackenzie por lo que sólo trabajaba siete u ocho meses al año. Me contó que hubo un verano en el que el Río no llegó a descongelarse y los patronos quisieron que el transporte continuara. Era la época en la que estaban montando las tres grandes plantas de gas en el Delta de Beaufort y había mucho dinero en juego. Los camioneros más veteranos dijeron que era una locura, que el hielo no sería lo suficientemente duro y en cualquier momento se rompería. Los jóvenes comenzaron a dudar y los patronos comenzaron a pagar el doble por viaje. Así pude comprar este tráiler, me confesó, pero tuve mucha suerte. Hubo tres muertos aquel verano y casi una docena de camiones se fueron al fondo del río. Fue Henrry el que me indicó la ruta que debía seguir para que el hielo no estallara con las casi quince toneladas de tubería que yo transportaba.
Llevábamos tres días en ruta y todavía no había conseguido explicarle cómo había llegado a Dawson City. Tampoco yo lo tenía muy claro, la verdad. Mi padre se había puesto muy pesado con lo de aprender inglés en el extranjero. Día tras día llegaba con los catálogos que le daban en la universidad y al final decidí que si quería pagarme los estudios me iría al lugar más lejano. Me decidí por Vancouver, pero me equivoqué al poner el código y acabé en una ciudad llamada Kelowna, a cuatrocientos kilómetros al este.
-Pero Tonio- dijo Duane- Kelowna está a tres mil kilómetros de aquí!
-Ya, pero cuando estás a casi diez mil kilómetros de tu casa te dan igual las distancias.
Por mi acento, Duane estaba convencido de que era mejicano. Nunca había oído hablar de España y no hubo manera de explicarle donde quedaba Compostela. Ni siquiera conocía el Camino de Santiago por lo que simplemente le dije que conocí a una chica que me dijo que estaba de fin de semana en Kelowna, pero que vivía en Dawson City y que podría pasarme por su casa cuando quisiera.
Duane comenzó a reirse y me explicó que se trataba de una frase hecha, que cuando dices que vives en Dawson City estás diciendo que vives en un lugar lejano. Algo así como decir que vives en la Conchinchina o en el culo del mundo. Cuánta razón tenía mi padre al decirme que para aprender una lengua hay que relacionarse con los nativos.
De pronto las luces se apagaron y el motor dejó de funcionar. Duane me miró y yo miré a Duane. Acabábamos de entrar en el cículo polar ártico y todo estaba sucediendo tal y como Duane lo describía. Al intentar salir del camión comencé a escuchar un extraño zumbido, el paisaje comenzó a teñirse de un blanco brillante que me obligó a entornar los ojos.
- Lo oyes?- me dijo Duane- Están intentando comunicarse con nosotros!
Efectivamente, a nuestro alrededor sonaban una serie de voces que para Duane podían estar hablando extrañas lenguas antiguas pero que sorprendentemente yo entendía perfectamente
-Ai qué carallo, Juanciño, xa escarallamos outro camión coa merda do magnetismo...
-Cala, ho, cala, e dalle máis lus co grupo electróxeno a ver se non baixan do camión e volven a arrincar.
-Cajoental! Levo tres semanas disíndoche que isto do magnetismo non serve para casar osos...
--- Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken
03: La historia de Duane
--- Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken
03: La historia de Duane
domingo, 13 de febrero de 2011
La historia de Duane.
-Maldita sea, Duane, es la cuarta vez que cuentas esa historia en lo que va de semana! Si tenemos que soportar tus desvaríos podrías al menos inventar nuevas batallitas.
-Déjanos en paz, Henrry. Nosotros también estamos cansados de escucharte hablar de la longevidad de tu perro y no te decimos nada.
-Duane tiene razón, Henrry. Además, el muchacho tiene derecho a saber lo que puede encontrarse si quiere seguir avanzando hacia el norte- dijo el otro viejo desde la otra esquina de la barra.
-Por Dios, Fred, no me dirás que te crees las tonterías que cuenta Duane!
-Yo no creo ni dejo de creer, pero hay que reconocer que haberlas hailas...
Todo había comenzado con la historia de Henrry y de su perro. Yo le pregunté si los 25.000 dólares seguían en Mar de Beaufort y si se conservarían en buen estado. Él contestó que no se trataba de billetes sino que eran cinco bolsas con pepitas de oro. En aquella época y en aquellos territorios los pagos se hacían mediante pepitas de oro y como todos sabemos, el oro lleva siglos revalorizándose sin parar. Calculé que si era cierto lo que me estaban contando, en algún lugar del delta de Beaufort había una fortuna. Les propuse ir a buscarlo pero dijeron que se trataba de oro maldito y que nadie del territorio del Yukón se atrevería a tocarlo.
Fue entonces cuando Duane se unió a la conversación. Me explicó que en dos días saldría hacia el norte para aprovisionar la planta de gas de Mackenzie y que tenía sitio libre en su camión, pero que antes debería saber a lo que me enfrentaba.
Todos sabéis que al cruzar el círculo polar ocurren cosas extrañas, no soy el único que ha visto las luces en el cielo. Durante los últimos tres años recorro la misma ruta y puedo deciros el lugar exacto en el que la emisora del camión deja de funcionar y los aparatos eléctricos se vuelven locos. La semana pasada, justo al cruzar el paralelo 66, comencé a escuchar un zumbido y pude ver un resplandor que poco a poco iba cubriendo todo lo que me rodeaba. De pronto algo estalló y el motor dejó de funcionar. Salí de la cabina, el silencio era tan profundo que tuve la sensación de quedarme sordo. Todo a mi alrededor estaba iluminado por una extraña luz y todo era nítido y a la vez parecía cubierto de una niebla brillante que parecía penetrar en mis ojos y llegar hasta el centro de mi cabeza. Y entonces comencé a escuchar voces en mi interior, miles de voces que luchaban por hacerse oír y que parecían hablarme en extrañas lenguas antiguas...
- Extrañas lenguas antiguas? Vamos Duane, qué demonios quiere decir eso?
- Tienes que dejar de consumir la Ayahuasca de Joao Velho.
Pensad lo que queráis, pero estoy seguro de que intentan comunicarse con nosotros. Su intención la desconozco, pero si Tonio quiere ir hacia el norte en busca del oro debe saber que no sólo se enfrentará al frío y a los hambrientos osos salvajes. Hay fuerzas desconocidas en los márgenes del Mackenzie que tal vez no estamos preparados para descubrir.
--- Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken
--- Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken
miércoles, 19 de enero de 2011
O'Kandeken.
No, un muchacho como tú, recién llegado de la ciudad, no puede entender lo que el Esponja quería decir cuando hablaba de jugar sucio. Ten cuidado con Harry, me repetía una una y otra vez, está dispuesto a jugar sucio para ganar esta carrera. El viejo Bob era un buen tipo, incluso cuando estaba sobrio. Ya no quedan tipos como él. En las ciudades no os hacen así. Llegáis aquí creyendo que sois aventureros o tipos duros por pasar cuatro días viviendo en las montañas del parque Fishing Branch o por practicar deportes de riesgo pero si las cosas se ponen feas pronto acude el helicóptero de la RCMP para rescatar a cuatro imbéciles antes de que se congelen.
El viejo escupió en el suelo de madera, acabó de un trago la jarra de la cerveza amarga que bebía y pidió otra para él y otra para mí. Simplemente le había preguntado si el husky que estaba tumbado a sus pies era suyo y había comenzado a hablarme de las carreras de trineo.
Tú aún no habías nacido cuando Dawson City era la ciudad del oro y las carreras de trineos la diversión preferida de todos aquellos que estaban dispuestos a gastar en una apuesta todo lo ganado en un mes. Había mucho dinero en juego y todos los meses llegaban trineos de Alaska, del territorio del Yukón e incluso de las tierras altas de Groelandia. Y creeme muchacho, aquella era la madre de todas las carreras. Veinticinco mil dólares para el ganador, y según las casas de apuestas de Londres el favorito era yo. Si, no me mires con esa cara de muchachita a la que le tocan el culo por primera vez. Este amigo y yo hemos ganado siete veces la mítica Inuvik-Mar de Beaufort, me dijo señalando al perro, y habríamos ganado aquella maldita carrera de no haber sido por el juego sucio de Harry.
Volvió a escupir al suelo, se giró hacia el otro viejo y le preguntó si recordaba a Harry. Lo único que recuerdo es que desapareció justo después de ganarte la carrera, contestó el otro.
-Maldita sea, viejo estúpido, Harry tuvo lo que merecía. Tú habrías hecho lo mismo!!
-Yo sólo se que desapareció después de la carrera, y tú harías bien en callarte de una vez. Al jovencito de ciudad no le importan tus batallitas de viejo borracho y nunca se sabe quién escucha...
-Al diablo quien escuche. Han pasado más de treinta años y nadie se va a preocupar por dónde están los huesos de aquel bastardo.
El viejo volvió a mirarme, levantó su jarra y señalándome con un dedo dijo que no tenía cara de andar hurgando en la vida de los demás. En ese momento no supe muy bien si se trataba de una advertencia o de un cumplido por lo que decidí levantar también mi jarra y hacer una especie de saludo antes de beber
Este que ves aquí se llama O'Kandequen, que en inuktitut quiere decir "el de larga vida". Su madre era una Malamute de Alaska y su padre un Samoyedo de Siberia que yo mismo rescaté en el Golfo de Alaska con una pata rota. Aunque no lo creas, tiene treinta y tres años y durante casi dos décadas fue el mejor perro de tiro del Ártico. Por eso aquella mañana, mientras nuestros trineos avanzaban emparejados, Harry intentó golpear a O'Kandequen con su látigo de cascabeles. Trabé la brida izquierda para proteger a mi guia, el trineo zigzagueó y una de las bolas se incrustó en mi ojo derecho, dijo el viejo mientras levantaba el parche que cubría su inexistente ojo.
Esta vez fuí yo el que pedí otras tres jarras. Bebimos en silencio.
- Yo habría hecho lo mismo, dijo el otro viejo al cabo de unos minutos.
- Perseguí a Harry durante tres semanas. Siempre hacia el norte. De los nueve perros que llevaba mi trineo sólo O'Kandequen sobrevivió. Harry me ofreció los veinticinco mil dólares a cambio de su vida. Yo me cobré mi venganza, dijo mientras clavaba un largo cuchillo en la barra de la taberna, su dinero está todavía en algún lugar del delta de Mar de Beaufort.
---- Para saber más:
01: Dawson City
01: Dawson City
miércoles, 12 de enero de 2011
Dawson city.
En la taberna de Dawson City cada bebedor estaba dispuesto a contarte una historia a cambio de un poco de atención. Tipos duros y solitarios que buscaban contacto humano después de unas semanas en ruta; jovenes envejecidos por el alcohol y el frío intenso del ártico; un par de ancianos que llegaron a la ciudad en la segunda fiebre del oro, cuando Dawson City rivalizaba con Whitehorse por ser la capital del territorio del Yukón. Alli no se hacían preguntas a los forasteros, pero tampoco se ofrecían respuestas. Si escuchabas atentamente podías acabar la noche con material para escribir un par de novelas pero si intentabas saber más de la cuenta pronto te encontrarías bebiendo solo. No, amigos, los preguntones no eran bien recibidos en la taberna de Dawson City. Tampoco los turistas, que llegaban cada vez en mayor número, se atrevían a entrar en aquella destartalada caseta de madera. Y debo confesar que tampoco yo habría entrado jamás de no haber sido por una serie de absurdas coincidencias que me habían llevado a recorrer los casi tres mil kilómetros que me separaban de Kelowna.
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