M. V. Compostizo acababa de cerrar la puerta de su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. El taxista esperaba en la calle y su marido estaba a punto de llegar. Decidió no perder el tiempo. No quería arriesgarse a que cualquier imprevisto alterara sus planes. En dos días estaría muy lejos, iniciaría una nueva vida y aquella casa formaría parte de un mal sueño, de una equivocación que duró más de quince años.
Su marido no era mala persona. Un tipo normal, con un trabajo normal y unos gustos normales. En la nota que acababa de escribir le contaba que el problema era ella y que necesitaba un tiempo para encontrarse a si misma. Era mentira. María Visitación sabía que nunca más volverían a verse, que su relación ya no le aportaba nada y que lo mejor era romper de manera brusca y sin vuelta atrás. Se iba para no volver.
A su representante le había dicho que después de publicar La mujer alevosa quería tomarse unos meses de vacaciones. Era el tercer volumen de la tetralogía y tenía más o menos decidido cómo cerrar la historia, se podía permitir descansar unos meses antes de volver a escribir. Estuvo a punto de confesarle que iba a cambiar de ciudad, que se trasladaba al sur de Portugal para dar largos paseos por las playas del Algarve pero no quiso preocuparle más. Su representante era un muchacho joven, pero no entendía eso de los paseos por la playa sin hacer nada más que pasear. Vivía con la obsesión de aprovechar el tiempo y si le confesaba que a ella lo que le pedía el cuerpo era perderlo durante una temporada comenzaría a presionarla para que terminara cuanto antes la cuarta novela.
El taxista arrancó el motor y puso rumbo al aeropuerto. María Visitación Compostizo se acomodó en el asiento de atrás y cerró los ojos. No quería pensar en nada, no quería hablar de nada y por eso no pudo ver al muchacho de la ambulancia que se desesperaba intentando contactar con número marcado con A/A en el teléfono móvil del tipo al que acababan de subir a la camilla.

