Sería en segundo o tercero de carrera, en una de aquellas sesudas conversaciones de cafetería en las que escuchábamos a los de segundo ciclo como si hubiesen adquirido un conocimiento profundo y certero sobre La Literatura; como si ya hubiesen llegado a ese estado de comunión con el Acto Creativo que les permitía entender cosas que nosotros no creeríamos. Siempre había alguna frase con la que nos deslumbraban, una teoría que nos dejaba perplejas o referencias a libros de los que nunca habíamos oído hablar, y porqué no decirlo, de los que nunca volvimos a saber nada.
Aquel despliegue de conocimiento no se correspondía, en absoluto, con el par de cursos que nos llevaban de ventaja, y mucho menos con una capacidad o entendimiento superior al nuestro. Simplemente había leído algunas notas introductorias más que nosotras o habían asistido a alguna conferencia o a clases con algún docente que aún no conocíamos.
Pero siempre era interesante poner en común algunas lecturas, trucos para redactar el trabajo de literatura brasileira o incluso obtener unos buenos apuntes para Lingüística General. Y sobre todo, para poder hablar de lo que más nos gustaba, La Literatura!!
Y fue sin duda en una de aquellas conversaciones en las que hacíamos inventario lo que nos quedaba por leer y nuestros propósitos lectores para los próximos meses cuando uno de nosotros, no importa quien aunque lo recuerdo perfectamente, explicó que tenía ya reservado el mes de agosto para leerse el Ulises de Joyce. Coincidíamos en que era una lectura compleja y que requería tal nivel de concentración y de conocimiento que para disfrutarla plenamente no podía leerse durante el curso. Obviamente, era difícil compaginar las andanzas de Bloom y de Dédalus con la lectura, por ejemplo, de Fortunata y Jacinta o de las rimas de Bécquer, por no hablar de la candidez estilística de Arturo o de Lucía, que lo estaban petando por aquellos años.
No amigos, queridas lectoras, el Ulises de James Joyce es uno de los 8.000 de la literatura, de la Literatura con mayúsculas, y no admite que te entretengas con otras menudencias literarias si te atreves iniciar el ascenso a esta obra cumbre de la literatura. Ya te lo escribí un día, hace años, y no me importa repetirlo "Cuando emprendas tu viaje a Ítaca pide que el camino sea largo"
(Huelga decir que si tu idea de ser lector es leerte cada año el premio planeta, esto no es para ti. Hablamos de otra cosa. Es como ir al rocódromo una vez al año y pensar que podrás hacer cumbre en el Annapurna)
Pero volviendo a los delirios de juventud, a mi la idea me pareció tan acertada y buena que decidí que yo también leería el Ulises dedicándole un mes entero, o lo que fuese necesario, pero de ningún modo podría ser en el mes de agosto pues como bien sabéis, a los catorce años comencé a trabajar durante los veranos y la cosa me entusiasmó tanto que seguí haciéndolo durante mis años universitarios y mis años de opositor, por lo que el asunto del Ulises y el verano fue aplazándose, y cuando al fin tuve veranos con vacaciones incluidas aparecieron en mi vida los viajes en pareja, y poco más tarde dos criaturas, y la playa con cachivaches, viajes de piscina y bungalow, rutas, visitas a las abuelas y eventos varios.
Y finalmente, hace unos años, un cáncer y su posterior depresión se llevaron definitivamente mi poco entusiasmo y las ganas de leer que me han acompañado, sin faltar un solo día, durante toda mi vida.
Y por eso ahora que acabo de cumplir los 51 años, y que hace ya 30 de aquellas conversaciones sobre los secretos y placeres de la buena literatura, va siendo hora de ir saldando las cuentas pendientes conmigo mismo, y a veces con terceras personas.
Ahora que el tiempo apremia y que la certeza del mañana va perdiendo consistencia debo anotar en un papel las cuatro o cinco cosas que debo hacer en la vida, y ponerme a ello en este preciso momento, ahora mismo, ya, sin esperar por esa ocasión ideal que no aparecerá. Los meses de agosto están contados y este quedará marcado en mi Diario emocional como el momento en el que inicié mi odisea personal. Durante décadas no he hecho más que adentrarme en mi propio laberinto, tan complicado y engañoso como el del propio Dédalo. Es hora, pues, de matar al minotauro y de encontrar, por fin, el camino de regreso a la persona que siempre quise ser.
Iniciemos, sin más demora, la lectura.