No es el tiempo lo que le da significado a nuestras vidas, sino lo que hacemos con el. Un día en el que hacemos algo nuevo es siempre un día que quedará para el recuerdo, una batalla ganada al tedio y la monotonía. Hacer cosas, no importa cuales. Dar un paseo, escribir un pequeño poema de amor, probar un nuevo juego de mesa, leer un libro o preparar una receta nueva. Mantenernos activos, en ciertas épocas de nuestra vida, es una obligación.
Las nuevas tendencias en eso de la autorrealización nos dicen que debemos buscar la consciencia en cada cosa que hacemos, estar centrado en la tarea, en el momento. Pero algunas veces lo que buscamos es evadirnos de nosotros mismos, dejar de escucharnos y de sentirnos tan a flor de piel. A veces, descubrimos que nos sobramos un poco a nosotros mismos, que estamos un poco hastiados de esa voz interior que nos cuestiona y nos interpela, que parece estar preguntándonos continuamente porqué hemos hecho esto o aquello, por los motivos de nuestras decisiones y por las consecuencias de nuestros errores.
Y es entonces cuando descubrimos que hacer cosas es la única salida. Ocupar nuestro tiempo en tareas que requieran toda nuestra atención, evadirnos por unas horas de la propia existencia para poder llegar al final del día con la sensación de haber llenado el tiempo, de haber vivido.



.jpg)


