Pues una de las características fundamentales de los pozos gravitatorios es que ejercen una gran atracción sobre los cuerpos que acaban entrando en su radio de acción o sobre aquellos que pretenden alejarse. Es necesaria una gran potencia para conseguir poner distancia, consumir muchos recursos y a veces tener la pericia necesaria para saber esquivar la zona más intensa de un pozo gravitatorio.
Y aplicando las teorías de la astrofísica más avanzada a los aspectos más cotidianos de nuestras vidas, podemos entender claramente lo que nos pasa a muchas de nosotras todas las mañanas cuando suena el despertador (o probablemente la alarma del teléfono móvil). Nuestras camas poseen un pozo gravitatorio tan potente que nos resulta imposible alejarnos del colchón. Forcejeamos con las sábanas, empleamos frases de ánimo, buscamos puntos de sujeción que nos permitan conseguir una fuerza de tracción que compense de algún modo la enorme fuerza de atracción que ejerce sobre nuestro cuerpo el pozo gravitatorio de la cama...
Todo es en vano.
Cuando creemos que por fin podremos comenzar el día sentimos como una especie de mano imposible nos sujeta y nos impide emprender el vuelo. Ponemos los motores a tope, intentamos concentrar toda nuestra potencia en un único punto y nos lanzamos una y otra vez a buscar la velocidad de escape que nos permita levantarnos de la cama.
Y como ocurre con el Starship de Space X, a veces lo conseguimos y otras veces no, y acabamos pasando todo el día con el cuerpo vagando por el espacio y la mente sin conseguir salir del pozo gravitatorio de la primera hora de la mañana.

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