martes, 2 de mayo de 2023

Las rosas

  




 

Nadie comprendió muy bien a Manuel Cancelo cuando decidió emprezar a cultivar aquel huerto en la pequeña parcela que le había quedado en herencia. Sorprendía que teniendo como tenía fincas mucho mejores en otras partes del pueblo, acabase preparando aquel terreno, que no era más que una esquina irregular al lado del viejo lavadero, para cultivar allí unos hermosos rosales de todos los colores imaginables. Pero como Don Manuel era una persona muy respetada en el pueblo y nunca había dado que hablar, todos pasaron por alto esta extravagancia e incluso miraron con buenos ojos que a sus casi ochenta años tuviese la voluntad y las fuerzas para salir de su casa y dirigirse, siempre con una sonrisa en la cara, a la pequeña huerta que poco a poco fue adecentando justo al otro lado del pueblo.

A las pocas semanas ya era habitual verlo a media mañana, azada en mano, arrancando las malas hierbas y emparrando, podando o regando aquellos rosales que poco a poco habían ido creciendo y teniendo un aspecto envidiable. Y no era extraño verlo hablando con algún vecino que iba o venía del autobús de las doce menos cuarto; o con el cura que salía de la rectoral a dar su paseo diario; o con algún grupo de estudiantes del instituto que juraban y perjuraban que había faltado la profe de lengua y les habían dejado salir del centro a dar un paseo.

Manuel Cancelo tenía siempre un gesto amable y par de frases para todo aquel que se paraba delante de su pequeño huerto. Y aunque eran muchas las veces que le habían preguntado por esa nueva aficción que le había dado por cultivar rosas después de tantos años, él siempre se limitaba a sonreir y regalar una flor a todo el que se paraba a habalar con él.

-Nunca es tarde para cultivar cosas bellas, decía con la mirada aparentemente perdida.

Nadie en el pueblo se había dado cuenta de que el pequeño huerto de rosas estaba justamente al lado de la casa de la señora Carmen, y que la afición de Manuel Cancelo por el cultivo de rosas comenzó justo al día siguiente de que esta quedase viuda. Y tampoco nadie veía como cada día, nada más levantarse, la señora Carmen se asomaba a la ventana para dar los buenos días a un Manuel Cancelo que ya la esperaba en su pequeño huerto de rosas, como la había esperado durante los últimos sesenta años, justo desde aquel día en el que Don Fausto, el padre de la muchacha, decidió casarla con otro, para gran disgusto de Carmen y de Manuel.



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