jueves, 3 de septiembre de 2020

La víspera de casi todo. Víctor del Árbol.







Recargado.

No me considero demasiado purista con respecto a los subgéneros literarios. No suelo dejarme llevar por las etiquetas a la hora de escoger mis lecturas, aunque reconozco que tengo una querencia especial por la ciencia ficción. Es más, me gustan las obras que no son fáciles de clasificar o aquellas que ofrecen una mezcla de distintos géneros y que obligan al lector a salir de su zona de confort literario.

Pero lo que me gusta es que la obra tenga cierta coherencia interna. Puedes contarme lo que te parezca, puedes inventar mundos, crear personajes tan estrafalarios o malvados que rocen lo inverosímil, pero tiene que existir cierta lógica dentro de lo que se narra. Creo que lo que falla en La víspera de casi todo es la coherencia interna. El argumento es bueno, una investigación, un detective, una víctima, un pasado común. Los primeros capítulos animan a leer, consigue crear la atmósfera perfecta para una buena novela negra. Pero de pronto todo se enmaraña, el narrador-protagonista se pierde en reflexiones que no encajan demasiado bien con lo que se intenta contar y el autor decide profundizar en la vida de algunos personajes sin que esto aporte nada a la trama principal.

En realidad parecen tres novelas cortas, tres historias diferentes que por algún motivo se narran en la misma novela. Esto en principio no supone un problema, multitud de novelas contienen más de una trama, ya sea para servir de contrapunto a la historia principal o para aportar información o contexto a lo que se narra. Sin embargo, aquí no termina de funcionar. Las historias paralelas no aportan nada a la historia principal, y tampoco sirven para dotar a los personajes de carácter propio. Semejan apuntes biográficos que no consiguen mostrar su influencia en el desarrollo de la personalidad de los protagonistas secundarios.

Lo que falla, en mi opinión, es el enfoque, el punto de vista. Un elemento clave en la novela negra es la perspectiva, el protagonista-narrador que va desvelando las claves de su investigación y aportando siempre datos de su vida personal. A veces simplemente pequeños detalles de su vida cotidiana, y otras veces viejos fantasmas que regresan y acaban resultado esenciales para la historia. En este caso es el exceso de información biográfica sobre los personajes secundarios lo que acaba sobrecargando demasiado la historia. Hacia la mitad de la novela nos perdemos en las historias de los otros, en un ir y venir temporal que lo único que consigue, para mi gusto, es cortar el avance de la trama sin aportar casi nada al conjunto general.

Por lo demás el estilo del autor es aceptable, no en vano ganó el premio Nadal en el año 2016 y cuando menos se espera que el ganador de un premio literario de este tipo tenga cierto oficio en esto de escribir. Reconozco, sin embargo, que me sentí algo defraudado con esta obra. Por alguna entrevista y algunos comentarios leídos en algún sitio esperaba una obra de esas que te dejan un agradable ronroneo en la cabeza. Además, una buena parte de la historia se desarrolla en una zona de A Coruña muy emblemática, la mal llamada Costa da Morte, y tal vez eso también influyó en que no llegara en ningún momento a creerme lo que me contaba. Un paisaje demasiado conocido para mí termina convirtiéndose en un decorado no muy creíble, con los típicos tópicos de lluvia, gentes distantes en el trato e historias de aparecidos.

En definitiva, parece que los ingredientes de La víspera de casi todo no estaban bien dosificados. Algunas de las medidas de la receta no estaban bien apuntadas, o simplemente había prisa por sacarla del horno y al final la novela no está lo suficientemente cocinada.

Tendremos que probar un segundo plato para poder juzgar bien a este autor.

lunes, 31 de agosto de 2020

Arder (II) ou fin de novela con lume e cinza.


Publicaba fai un ano unha entrada na que falaba da necesidade que experimentamos algúns de reniciarnos continuamente, de ver arder as vellas cousas para deixar sitio ás novas. No meu caso sempre que falo das miñas cousas estou referíndome a eses escritos que vou deixando en papeis soltos e cadernos que co tempo xa non teñen moito sentido. Non recordo agora que trapalladas queimaría no verán pasado, pero hoxe erguínme animado e despois de pasar dúas semanas nas que non fun quen de sentarme a escribir decido poñer fin ao que ía ser o meu segundo intento de novela.


Tal vez debera pechalo todo, deixar definitivamente este blog que non consigo dotar da calidade suficiente para que chame pola xente, esquecer esa teima miña de ser escritor e centrarme noutros aspectos da miña vida que me aportan moita felicidade e ese cosquilleo vital que fai que sintamos que estamos exactamente onde debemos estar. Tal vez debera deixar de loitar conmigo mesmo, con este carácter inestable e inseguro que fai que me plantexe cada paso e cada decisión como se fosen cuestións transcendentais e que me teñen dando voltas sobre as mesmas ideas un ano tras outro.


Avanzar, queimar para avanzar, como unha fuxida desesperada cara adiante. Non deixar un caderno ao que regresar, unhas anotacións que seguir. Queimar os mapas para ter que facelos de novo, para volver a ser un explorador buscando o meu lugar no mundo.


Por iso, e porque todo vai ser moi diferente a partir de agora, decido marcar con fume e cinza este cambio de ciclo que como xa sabedes (son moitos anos de blog) nen será definitivo nen servirá para nada. 


Pero as fotos con lume sempre molan.



 


domingo, 23 de agosto de 2020

La Fiesta (I)

 


Para disimular su nerviosismo, Ripley contemplaba las estrellas a través de la gran cúpula de cristal que coronaba la sala de reuniones. Como cada año, habían sido las primeras en llegar y a medida que el recinto se llenaba ella iba desplazándose hacia un rincón, participando lo menos posible en las conversaciones que de manera esporádica iban surgiendo y evitando el típico correteo de aquí para allá al que solían dedicarse las muchachas de su edad en la fiesta anual. No recordaba si siempre había sido así, pero desde hacía unos años el día de la fiesta anual era siempre igual. Las mismas conversaciones, los mismos gestos y las mismas miradas furtivas. A veces tenía la impresión de que era la única persona que se percataba de la inevitable repetición de las cosas. Al fin y al cabo, aquella gente no tenía nada nuevo que contarse. Llevaban muchos años viviendo en el mismo lugar y haciendo lo mismo, por eso a Ripley no dejaba de sorprenderle el entusiasmo con el que cada año se saludaban y se abrazaban los adultos, las animadas conversaciones que surgían entre ellos al tiempo que los más jóvenes parecían disfrutar explorando un espacio que tenían más que explorado. Dentro de unas horas todo acabaría, cada uno volvería a su lugar y hasta dentro de un año no volverían a verse, aunque para la mayoría sería como si solo hubiera pasado un día.

Y aún así, Ripley estaba nerviosa.

No esperaba que las cosas fuesen distintas esta vez. Tenía casi la certeza de que la fiesta sería igual a la fiesta del año pasado, y del anterior, y del otro. No recordaba cuando había comenzado a sentirse interesada por aquel chico, ni siquiera sabía en que momento había notado su presencia. Era evidente que siempre había estado allí, al igual que el resto de participantes en la fiesta, pero en los últimos años casi lo único que le interesaba de aquella reunión anual era saber que tarde o temprano acabaría viendo a aquel muchacho de ojos melosos y sonrisa dulce. Y si ahora estaba nerviosa y mirando hacia el exterior era porque en la fiesta del año pasado, por un instante, sus miradas se cruzaron y tuvo la certeza de que también el sentía cierto interés por ella.

Una tenue luz anaranjada en un extremo de la gran sala indicaba que ya no faltaba nadie por llegar. Poco a poco el techo abovedado comenzó a teñirse de distintos colores hasta que se convirtió en un perfecto cielo azul de primavera en el que comenzaba a vislumbrarse un sol naciente. El día de la fiesta anual había comenzado. Todo lo que quisieran decirse tendrían que hacerlo mientras durase aquella jornada, al finalizar tendrían que retirarse y no volverían a verse hasta el próximo año. Ripley buscaba a aquel muchacho entre la multitud, necesitaba confirmar si también él se había fijado en ella, si sus sentimientos tenían alguna posibilidad de ser mutuos y aquel muchacho tendría la misma curiosidad que ella, las mismas mariposas en el estómago cuando se veían, el mismo interés en conocerla que ella tenía en conocerlo a él.

Sus hermanas seguían correteando entre la gente como niñas recién salidas de la escuela. Al acabar la reunión, ya de retirada hacia su Zona, siempre le decían que no habían tenido tiempo suficiente para saludar a todas las personas que deseaban saludar. No entendían como ella podía quedarse tanto tiempo en el mismo lugar y sin apenas hablar con nadie ni hacer otra cosa que mirar al exterior por los grandes ventanales. Ripley se limitaba a sonreír y les decía que no encontraba ningún aliciente en pasar todo el día hablando con personas que no tendían nada distinto que contar, forzando conversaciones que se tornaban repetitivas e insulsas. Al fin y al cabo, la mayoría de los que asistían a la fiesta anual había tenido las mismas experiencias durante el último año. Solamente las personas escogidas para las labores de organización y mantenimiento tenían la posibilidad de hacer cosas distintas y mantener relaciones personales un poco más cercanas. El resto debían contentarse con regresar a su Zona de Residencia y aguardar a la próxima Fiesta Anual. Ripley, al igual que sus hermanas, sabía que algún año le tocaría a ella encargarse de esas tareas. La Supervisora Jefa Cairme la nombraría después del discurso y al final de la reunión tendría que quedarse para recibir las oportunas instrucciones. Pero teniendo en cuenta su edad y el lento transcurrir del tiempo al que estaban sometidas aún tardaría muchos años en suceder.

Aún faltaban unas horas para el discurso y la Gran sala se había convertido en una fiesta. Unas inmensas pantallas situadas a tres o cuatro metros de altura mostraban el avance realizado el último año. Casi nadie prestaba atención ya a estas pantallas. Todo el mundo sabía que si había alguna novedad que les afectase la Supervisora Jefa Cairme hablaría del tema. Ripley recordaba los primeros años, cuando se formaban grandes aglomeraciones para consultar en las pantallas si se había alcanzado el objetivo y podían romper con la monotonía temporal en la que se había instalado la sociedad. Con el paso de los años la desesperanza se había instalado en el grupo. Casi nadie era optimista y la mayoría habían asumido que lo mejor era disfrutar del momento y aprovechar aquella reunión para hacer con otras personas todas aquellas cosas que a lo largo del año no podían hacer. Charlar, bailar, disfrutar de una buena comida, practicar algún deporte o entretenerse con algún juego de mesa. Alrededor de la Gran Sala existían espacios destinados a estas actividades, y poco a poco los grupos de personas iban desplazándose según sus preferencias. Ripley nunca hacía nada especial. Pasaba el día observando a los demás, atenta a las dinámicas que se establecían entre los distintos grupos. Le hubiera gustado ser más activa, aprovechar hasta el último minuto de aquel día para sentirse viva, para explorar, para probar cosas nuevas. No era su carácter. El entusiasmo no estaba en su genética. Y sin embargo aquel chico había conseguido despertar en ella algo parecido al deseo. Tenía ganas de volver a verlo, quería acercarse a él y hablarle. Quería saber de él.

Pero el muchacho no aparecía. No era fácil encontrarlo entre la multitud, pero Ripley tenía la esperanza de que volvería a pasar por donde había pasado otras veces. Todos solían hacer más o menos lo mismo año tras año, y por eso ella se había quedado sin moverse desde que había llegado a la gran sala y tenía la intención de quedarse allí plantada todo el tiempo que fuese necesario.

La Supervisora Jefa Cairme estaba explicando los avances que habían realizado en los últimos meses. A los pocos minutos de comenzar el discurso anual, Ripley había desconectado y ahora solamente recibía algunas frases sueltas. Los recursos se mantenían estables y no se preveían cambios en los próximos años. Si todo seguía así, decía Cairne, la siguiente reunión podría durar más de un día. Nadie creía que esto pudiera ser cierto, por lo menos no a corto plazo. Las normas eran muy claras al respecto y no admitían ningún tipo de variación. Por lo menos no hasta que hubiesen transcurrido dieciocho años. Pero aún así las palabras de la Supervisora Jefa, habían provocado entre el público un pequeño alboroto que sacó a Ripley de su ensimismamiento. Y entonces lo vio.

El muchacho estaba casi a su lado, comentando con un grupo de Organizadores las últimas palabras de la Supervisora Jefa Cairme. Ripley sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el muchacho la saludó con la cabeza mientras le hacía un gesto para que se acercase. Su alegría, sin embargo, se desvaneció cuando al aproximarse descubrió que en su brazo derecho lucía orgulloso el distintivo que lo señalaba como uno de los Organizadores durante el próximo ciclo.

Durante los próximos tres años, aquel muchacho no regresaría con el resto del grupo a las zonas de residencia. Ripley sabía que la edad no sería un problema, pero también era consciente de que las mayoría de las parejas que terminaban formalizando su relación se conocían durante el periodo de organización. En algún lugar de su corazón había nacido la idea de que les tocaría al mismo tiempo realizar sus Períodos de Organización y Mantenimiento. Ahora sabía que de momento esto no ocurriría. Como la mayoría de las personas de aquella reunión, solamente disponían de lo que quedaba del día para contarse lo que quisieran contarse.

No te preocupes, -le dijo a modo de despedida. -El año próximo yo te encontraré a ti.


La Fiesta (II)

viernes, 21 de agosto de 2020

Effi Briest. Theodor Fontane

 



Constante.

Constante desde la primera a la última página. Esta novela consigue mantener un estilo y una voz narrativa propios durante las más de trescientas páginas que nos regala el autor. Se trata de una de esas obras que hace que aparezca una voz en nuestra cabeza, un narrador muy característico, con un estilo singular que termina por acompañarnos incluso cuando no estamos leyendo. Es Literatura de la buena, de la que nos deja algo tristes cuando acabamos de leer no tanto por los personajes, que también, sino porque nos hemos acostumbrado a esa forma de contar y sabemos que hay historias que duran lo que duran unas cortas vacaciones. En definitiva, nos encariñamos con el narrador y nos apena que termine de contarnos lo que tiene que contar.

Y de lo que trata Effi Briest es más bien mundano y simple. No es por la trama argumental por lo que Theodor Fontane nos conquista, aunque tenemos que tener en cuenta que esta novela fue publicada en el año 1895, y la sociedad de época era muy distinta a la de ahora. A lo largo de la historia van apareciendo pinceladas de la forma de pensar de algunos protagonistas y descubrimos ideas bastante avanzadas para la época. Se saben gobernados por unas leyes sociales y culturales que no son justas ni buenas, pero que es necesario cumplir para ser aceptado, para sentirse integrado y poder cumplir con las expectativas (a menudo de los otros) y con los sueños propios. Effi no puede sentirse plenamente culpable, y Innstteten (su marido) no puede sentirse inocente. Obró como tenía que obrar, pero sabe que no hizo bien, que su gesto no responde a la ira ni a una ofensa que necesite reparación. Simplemente tiene que actuar porque la sociedad y su posición en la misma así lo requieren. En cierta medida, él también es víctima de unas normas que lo atenazan y lo dominan y es consciente, incluso antes de actuar, de que el cumplimiento de esas normas provocará irremediablemente su infelicidad.

Hay párrafos en Effi Briest de una brillantez absoluta. El resto es una obra maestra, un imprescindible de la literatura. Nada sobra, no hay páginas de relleno y en cada capítulo se cuenta exactamente lo que se tiene que contar. La pluma de Theodor Fontane no desmerece a un Dostoyevski o a un Balzac, por hablar de dos autores que escribieron por la misma época, y en no pocos párrafos percibimos cierto aroma cervantino. Encadenamientos con referencias al capítulo anterior, ingeniosas explicaciones sobre la naturaleza humana que bien podrían haber sido enunciadas por el hidalgo castellano e incluso un personaje (Roswitha, cuidadora primero de la hija de Effi y más tarde de la propia Effi) que en muchas ocasiones se parece al humilde y siempre dado a refranes Sancho Panza.

En definitiva, os gustará si os gustan las novelas en las que la voz narradora está presente con un estilo cuidado y muy particular, con gran riqueza expresiva pero a la vez con una cadencia fluida que avanza sobre frases más bien cortas, sin demasiados adornos ni florituras que muchas veces intentan encubrir falta de talento.


- Off topic -

Yo no conocía de nada a Theodor Fontane, ni siquiera me sonaba su nombre. Ocurre muchas veces que paso por las bibliotecas o por las librerías y elijo algún libro simplemente por curiosidad, por la portada o sobre todo por el título, aunque no conozca de nada al autor o autora en cuestión. Pero este libro tiene una historia un poco distinta. Fui con la pequeña a la biblioteca y después de escoger sus libros le pedí que me acompañase a mi a buscar alguna lectura. Como ella ya tenía prisa y yo suelo tardar demasiado en decidirme, se fue por el otro lado de la estantería en la que estábamos, cogió un libro al azar, comenzó a empujarlo hacia mi y disimulando la voz comenzó a decir “Llévame a mi, llévame a mi”. Ni que decir tiene que me lo llevé, y fue todo un acierto.

Pero aquí no acaban las casualidades. Hace un par de semanas estaba yo desvelado y decidí leer un poco y poner la radio. Resulta que estaban reponiendo en la SER un programa sobre libros, que tampoco conocía. Efectivamente, el libro del que hablaron aquella noche era Effi Briest, de Theodor Fontane.


lunes, 3 de agosto de 2020

Expo 58. Jonathan Coe







Cosquilleo.

Me pasa a veces que cuando acabo una novela siento un extraño cosquilleo entre los hombros y el cuello. Cierro la última página alegre, satisfecho, y suelo quedarme unos minutos pensando en lo que me acaban de contar, en la historia, en el ambiente, en lo que habrán hecho los personajes después de la novela. Pienso que la literatura también consiste en vivir otras vidas y en estar en otros lugares, en ampliar nuestra experiencia. Supongo que por eso nos sentimos bien cuando las novelas acaban bien para los personajes y nos quedamos algo apagados cuando se trata de tragedias y sinsabores.

De Jonathan Coe había leído ya un par de novelas. A casa do sono (NovoVinilo Edicións), fue una recomendación de Chus (Libraría Pedreira), y como suele acontecer acertó. Después leí La lluvia antes de caer, y en mi cuaderno de lecturas le di un 5 sobre 5 “porque hai un apartado, case ao final, no que me sentín igual que ao rematar El nombre de la rosa, e iso non é fácil”.

En Expo 58 Jonathan Coe consigue tocar fibras sentimentales que nada tienen que ver con la historia que narra. No necesitamos estar familiarizados con la época de la Exposición de Bruselas del año 1958 para notar un estremecimiento al final de la obra. La anécdota, la trama, es un pretexto para hablar de emociones que todos sentimos alguna vez. Se trata de la nostalgia de lo vivido, de los buenos tiempos, como recuerdan dos de los personajes cincuenta años después, aunque esto solamente lo sabemos en las últimas páginas del libro.

Desde el comienzo, un narrador en tercera persona va contándonos la historia de un modo sencillo y fluido, sin demasiadas pretensiones filosóficas o artísticas. Un enredo de amoríos y espías en los comienzos de la guerra fría contado de una manera simple y por veces humorística. Hay un claro guiño a los dos estrafalarios inspectores de los comics de Titín, aunque en este caso son los únicos que finalmente conocen todas las claves de la historia y mueven los hilos para que todo vaya sucediendo como tiene que suceder.

Coe conoce perfectamente el oficio de escritor. Sabe dosificar perfectamente los distintos ingredientes que nos hacer avanzar páginas y páginas preguntándonos que será lo que finalmente decida el protagonista. Intuimos que nada depende de él, que aunque lo desee no será capaz de cambiar su vida estable por un impulso, por una pasión. Y sin embargo podría haber sido. Eso lo sabemos al final, en un capítulo cargado de nostalgia y de emotividad en el que se da cuenta, de manera telegráfica, como fue la vida del protagonista en los siguientes cuarenta años. Una vida anodina y corriente, totalmente previsible, con sus alegrías y sus sinsabores. Sabemos que durante todos esos años habrá pensado muchas veces en la decisión no tomada, en la elección que hizo en su día. Y tal vez en alguna ocasión habrá pensado que las cosas habrían sido diferentes de haber tomado otro camino, pero de nada sirve querer volver al tiempo en el que hemos sido felices. Al final el verano se acaba, las luces se apagan y las personas deben volver al lugar que les corresponde. 


jueves, 30 de abril de 2020

La uruguaya. Pedro Mairal.








Frescura.
Supongo que escuché hablar de Pedro Mairal en la radio o tal vez incluso pude haber leído sobre alguno de sus libros en el suplemento cultural de algún periódico. Pero cuando compré esta novela lo hice sobre todo por la editorial. Tengo ya varias novelas publicadas por Libros del Asteroide y en su mayoría son obras de gran calidad. Los conocí por las obras de Robertson Davies (de este barbudo canadiense tendré que hablar en algún momento ya que es uno de los grandes) y a partir de ahí suelo prestar atención a lo que publican. De este modo conocí a autores como Maggie O'Farrell, William Maxwell o John Mortimer. Pero como casi siempre, me estoy dispersando.
Volvamos a Pedro Mairal.
Fue con la publicación de Una noche con Sabrina Love, y sobre todo por su adaptación al cine, cuando Pedro Mairal se convirtió en un escritor conocido. Apuntaré esta obra en la lista de próximas compras ya que desde hace un tiempo intento no comprar novelas sin antes haber leído algo del autor o autora en cuestión. Demasiadas sorpresas desagradables al dejarme llevar por reseñas literarias o recomendaciones radiofónicas. En otro momento hablaré de lo que compro y lo que leo, pero ahora de lo que se trata es de escribir un poco de lo que me ha parecido esta corta novela llamada La uruguaya y escrita por el argentino Pedro Mairal.
Pensé que después de la intensidad y profundidad de Onetti y de Faulkner necesitaba algo fresco, y en la estantería de libros pendientes estaba esta novela desde agosto del año 2019. Su lectura es rápida, tanto por la sencillez de su trama como por su estilo ágil y fresco. Un día en la vida de un hombre que atraviesa el río de la Plata para poder cobrar su dinero en Uruguay sin verse sometido a las restricciones fiscales vigentes en ese momento en Argentina. Este dinero supone para el una libertad y una condena al mismo tiempo. Tendrá independencia financiera durante unos meses, pero tendrá que dedicar ese tiempo a escribir una novela por la que ya le han pagado un generoso anticipo.
Por eso inicia el día pensando en lo que podrá hacer, en lo que cambiará su vida a partir de ahora con ese dinero. Sabemos que es su mujer la que se ocupa de los gastos de la casa, sabemos que tiene un hijo pequeño y sabemos que las cosas no van bien dentro de la pareja. Correos privados que serán leídos, palabras que se dicen entre sueños, reproches mutuos de falta de entusiasmo, de desinterés...
El objetivo principal del protagonista está claro, conseguir un dinero que le permita respirar un poco durante unos meses. Pero ya casi al principio sabemos que hay otra intención, una cita con una antigua conocida, una casi infidelidad pasada que dejó la puerta abierta a un futuro encuentro, al encuentro que se nos describe en La Uruguaya.
Y sin embargo, nada saldrá como se espera.
El argumento es bastante previsible, aunque al final queda cierta sospecha en el aire que ni el lector ni el protagonista podemos resolver. Digamos simplemente que a partir de ese momento la vida del hombre cambia totalmente. Nada sucede como tendría que haber sucedido, y sin embargo al final queda una sensación agradable, como si las cosas hubieran sucedido para bien, como si todo sucediese por algún motivo.
No diré nada más sobre el argumento ya que es una novela muy recomendable y parte de su gracia está en el pequeño enredo argumental que mantiene cierta intensidad hasta el final.
En cuanto al resto decir que utiliza la narración en primera persona de una manera brillante. El protagonista, situado en un futuro indeterminado, narra todo lo acontecido durante ese día, aportando los motivos y las razones que le llevaron a actuar de aquel modo, y en algún momento incluso adelantando las consecuencias de sus actos. Las frases cortas y un estilo directo y sin demasiadas florituras hacen que la narración fluya, que nos interesen los avatares de ese día. Todo lo que sucede está siempre centrado en el protagonista y en el momento que se narra. No se nos anticipa nada de lo que va a suceder aunque tanto el que narra como la destinataria del relato saben como acaba la historia y las repercusiones que aquel día tuvo sobre sus vidas.
La uruguaya es un intento de explicación. No son los hechos, sino las motivaciones, lo que tiene realmente importancia. El protagonista no pretende justificarse, no busca el perdón ni quiere que las cosas vuelvan a ser como antes. Simplemente expone las circunstancias y los azares que le llevaron a actuar de una manera determinada. Es, tal vez, un sentimiento universal, una tendencia de algunos seres que saben que el camino que están recorriendo no lleva a ningún lugar, pero que no pueden evitar recorrerlo. Una vez que ven que hay un sendero tienen que seguirlo aunque sepan que no es hacia donde quieren ir. Siempre hay algo que nos impulsa a seguir caminando.
El protagonista sabe que ese día puede cambiarlo todo, que las cosas pueden mejorar y que puede ser el comienzo de una nueva vida. Pero decide cambiar los planes, aprovechar la ocasión, recorrer un sendero que no aportará nada que pueda perdurar. Un placer efímero, o ni siquiera eso...
Por último está el juego literario que tanto me gusta. El protagonista es un escritor al que le pagan un anticipo por escribir una novela. La ficción se convierte en realidad cuando sospechamos que el libro que tenemos entre las manos es en realidad esa novela que el personaje ha podido concluir.



lunes, 13 de abril de 2020

Efectos Secundarios (II)







Recuerdo muy poco de aquellos días, como si mi memoria se negase a recordar aquella traumática época. Sin embargo, las palabras de los doctores, diciéndome que el diagnóstico era inequívoco e irreversible, están grabadas en mi mente como si de un archivo sonoro se tratase. La corrosión no tardaría muchas semanas en destruir todo el tejido blando de mi brazo y posiblemente acabaría infectando al resto de mi cuerpo. La única solución era amputar, y hacerlo cuando antes.
El doctor Mulderson insistió en la necesidad de comenzar el tratamiento ese mismo día.
- Si todo sale, bien, y no tenemos motivos para pensar en complicaciones o rechazos, dentro de una semana podrás comenzar las sesiones de fisioterapia para adaptarte a tu nuevo brazo biónico.
La operación incluía el implante de un nuevo miembro. Una nueva tecnología que después de haber pasado por las obligatorias fases de estudio y ensayos estaba comenzando a emplearse para casos como el mío. A diferencia de las primeras piezas de ortopedia que se utilizaban décadas atrás, esta nueva generación de implantes estaba realizada con material orgánico creado en laboratorio. Por medio de la ingeniería de tejidos conseguían miembros que se adaptaban perfectamente al paciente, y al tratarse de material neutro las posibilidades de rechazo eran casi nulas.
Nunca tuve motivos para dudar de lo que me habían dicho, y durante unos años todo fue perfecto con mi brazo. La piel tenía una tonalidad ligeramente distinta y un tacto menos suave que el resto de mi cuerpo, pero solamente yo era consciente de estas diferencias. Pero hace unos meses comencé a experimentar sensaciones extrañas al tiempo que notaba como la sensibilidad y la textura de la piel de mi brazo cambiaban. No solamente era la sorprendente presencia de vello negro o el aumento cada vez más visible de la masa muscular de los biceps y los tríceps. De un día para otro notaba como los dedos cambiaban, haciéndose ligeramente más largos y fuertes, las uñas pasaron a tener una forma distinta a las de la otra mano y los movimientos comenzaron a ser más toscos y enérgicos, como si en lugar de tratarse de mi brazo fuese un apéndice al que aún tenía que acostumbrarme.
Los primeros días mi compañera intentaba tranquilizarme diciéndome que seguramente sería algo hormonal, que era posible de que los reajustes a los que me habían sometido durante la cuarentena obligatoria después de mi regreso estuvieran haciendo algún tipo de efecto que antes no había notado. La explicación no llegaba a convencernos a ninguna de las dos. A mí porque había sido sometida a las mismas operaciones al regreso de mis anteriores misiones en el Cinturón de Kuiper y nunca había sentido nada parecido. A ella porque su formación médica y su especialización en sintomatologías de gravedad cero le indicaban que los cambios físicos que estaba experimentado no parecían tener nada que ver con una reacción a medicamentos o con una enfermedad o contagio. Yo no experimentaba ningún tipo de malestar ni de dolor, simplemente mi brazo estaba cambiando.
Dos meses después todo se precipitó. Aquel brazo, claramente distinto al resto de mi cuerpo, tenía el aspecto que tendría el brazo de un hombre. Y no solo era eso. Había comenzado a sentir una inexplicable vibración, un latido interno que no sabía identificar. No era dolor, ni frío, ni calor. Era una especie de cosquilleo, una palpitación que parecía brotar del brazo entero y de ningún lugar concreto. Aquello no era normal.
Mi compañera decidió acompañarme. El ingeniero ni siquiera utilizó el escaner para determinar que efectivamente, aquel brazo era de un hombre.
- Resulta muy extraño, y sobre todo muy inquietante, -me dijo mientras me conectaba a la consola de datos para revisar las últimas actualizaciones de mi software interno. -Durante muchos años los seres humanos han empleado implantes para suplir la pérdida o el deterioro de sus miembros, pero es la primera noticia que tengo de que a un androide le implanten el brazo de un humano.