viernes, 11 de abril de 2014

Ninguneo laboral.

A lo largo de mi vida siempre me he sentido un poco ninguneado por los demás. Supongo que mi baja autoestima está en el origen de esta pringosa sensación que me hace sentir excluido de los grupos y que me mantiene casi siempre al margen de las conversaciones en las que intervienen más de tres personas.
No consigo recordar nada de mi infancia, pero si recuerdo que la primera vez en la que sentí que no valoraban mi trabajo. Había estado la tarde anterior contando los arbustos de mi casa (ahora lle llaman seto) y recogía las últimas hojas que quedaban cuando unas vecinas que pasaban por el camino vieron a mi hermano y comenzaron a agradecerle que cortara el seto, que ellas eran mayores y como no veían bien a veces tropezaban con las ramas, que había sido muy amable y que esperara un momento, que iban a revisar sus monederos para ver si encontraban algo para darle.
Mi hermano no decía ni palabra, claro, y un ataque de timidez me impidió acercarme y decirles que había sido yo el que había cortado los arbustos. Aquel día perdí doscientas pesetas, y debí aprender que no siempre el que trabaja es el que se lleva los méritos.
Años después estaba yo feliz con mis buenas notas en latín. Yo quería hacer letras puras en tercero de bachillerato y era un buen alumno, pero eso poco le importó al profesor de latín. Lo que él quería era convencer a Carlos para que se matriculase en su asignatura. Carlos no era bueno, era el mejor, y tenía muy claro que iba a ser ingeniero de caminos , pero el profesor insistía una y otra vez que el futuro estaba en el latín, y el muchacho que no y que no... y yo esperaba para preguntarle qué podría traducir en el verano... Y ni caso.
¿Y qué contar de aquella vez que presenté mis poemas a un concurso literario en el concello de Viveiro y declararon el concurso desierto? ¿O cuando le pedía para bailar a aquella chica y ni siquiera me contestaba?
Siempre fui un hombre ninguneado. En las barras de los bares no suelen percatarse de mi presencia y en las colas del supermercado siempre tengo que estar atento para que no se me cuelen las señoras. -Perdona hombre, no te había visto- me dicen.
Supongo que será cuestión de envergadura, o algo relacionado con nuestra aura que hace que algunos siempre pasemos desapercibidos y que no importe mucho lo que digamos o lo que hagamos, ni nos escucharán ni nos tendrán en cuenta.

Esto es exactamente lo que suele pasarme en los trabajos por los que voy pasando. Siempre son otros los que se llevan los méritos y las prebendas, y no suelen ser los más capaces ni los más hacendosos. Lo mío ni se tiene en cuenta, ni se valora. Soy un ninguneado laboral. Y gracias.

miércoles, 9 de abril de 2014

Bu

Discutía acaloradamente con Ramón sobre si las uñas de los pies deben cortarse antes o después de darnos una ducha cuando la muchacha de la bufanda a cuadros entró en La Taberna de Beaufort. Ramón, que siente una enfermiza atracción por las minifaldas, paseó con deleite su mirada por las macizas piernas de aquella morena mientras que yo, siempre atento a las nuevas tendencias que marca la moda, no podía dejar de preguntarme si la bufanda estaba tejida con dos palillos, crochet o aguja circular.

Pasados los primeros segundos de curiosidad Ramón decidió ejercer sus funciones como responsable de ventas y relaciones públicas de La Taberna de Beaufort  y le preguntó a la joven si quería tomar algo. Yo disimulaba mi interés por el arte de la calceta hojeando el Marca sin demasiado entusiasmo cuando la muchacha se acercó a mi diciendo que lo que quería era el libro.

- Libros, lo que se dice libros no tenemos- contestó Ramón algo confundido - Pero tenemos algún suplemento dominical que tiene mucho para leer.

La muchacha miraba para mi, Ramón miraba para mi y dos clientes que compartían su pasión por el albariño también comenzaron a mirarme. Como bien sabéis, soy un tipo tímido y poco acostumbrado a ser el foco de atención. Apuré mi cerveza de un sorbo y comencé a tarear una vieja cancioncilla de Sabina para disimular, pero cuando volví a mirar, la muchacha seguía allí.

Avergonzado tuve que confesar que el libro seguiría debajo del contendor al que había llegado después del puntapié que le propiné. Iba a disculparme asegurando que no sabía que era suyo, pero la muchacha ya me había agarrado la mano y me ordenaba que le indicase inmediatamente la posición exacta del libro en cuestión.

Y fué en ese preciso momento cuando lo sentí. Me había enamorado.











lunes, 16 de diciembre de 2013

Aquí estarás ben.

Chegaches como un peixiño bulideiro, como un esquío sen paraxe que ten présa por ver e coñecer. Naciches sen case axuda, un empurrón, dous e fuches escorregando sen apenas facer dano, deixando na memoria da túa nai o recordo de algo morno que se move e que comeza a ser vida e forza e luz e esperanza.

Naciches en apenas media hora, dixeches que vou e xa estabas entre nós, suxeitando entre as mans os días e os desvelos que están por vir. Traías nos ollos a curiosidade dos tempos novos, a certeza de que alguén estaba agardando por tí. Cómo explicarche que xa te queriamos antes de coñecerte? Cómo dicirche que xa formas parte das nosas vidas? 

Non hai palabras, non. Non hai maneira de contarche que o mundo enteiro estará ao teu alcance, que chegas coa faldriqueira chea de posibilidades e de camiños. Choverá algúns días, é certo. Pero tamén haberá doces días de sol escoitando o vento ao pasar. 

Queda tranquila, aquí estarás ben.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Ausencia xustificada.

Penso que isto debera ser suficiente para xustificar a miña ausencia nestes meses.
....



martes, 6 de agosto de 2013

Las amistades veteranas.



Buscando la inspiración de antaño bajo al trastero a buscar algunos CD's que hace años que no escucho y levanto el campamento en la mesa de la cocina, dispuesto a pasar esta tarde noche escribiendo, como cuando tenía todo el tiempo para mi solo y me dedicaba a perderlo de manera sistemática y profesional. Si amigos, yo de joven era un experto en pérdidas de tiempo. Y no hablo de los efectos de alcohol, que también. Hablo de sentarse delante de un folio en blanco y acordarte de que tenías ganas de escuchar el directo de Radio Futura y levantarte a cambiar el vinilo y sin saber como ha ocurrido acabas poniendo el Rock&Rios. Hablo de las madrugadas en las que en lugar de estudiar las tonterías de Chomsky o de Vygotssky me ponía a escribir cartas o a encadenar versos mal medidos pensando que tenía algo importante que contar.

Pero os hablaba de hoy, de ahora mismo. No dudéis en interrumpirme si os aburro, que a veces me pongo muy cansino, sobre todo cuando me da por hablar de mi mismo. Confieso tenía mis dudas sobre si escribir esto que ahora mismo estás leyendo, pero al fin y al cabo este blog solo lo leéis cuatro o cinco, y nada de lo que os cuente será novedoso. En realidad, más que contar se trata de constatar un hecho, o más bien de rendir un pequeño homenaje a la amistad en general, y en concreto a mis amigos y amigas. No soy un tipo de amistad fácil, la verdad. Y con esto no me refiero simplemente a la facilidad para entablar amistades sino en lo complicado que era hace unos años aguantarme. Mi actitud a veces me recordaba a la táctica de tierra quemada que utilizaron los rusos contra Napoleón, o al caballo de Atila. Arrasarlo todo!!!

Y sin embargo hay veces en las que la amistad está tan arraigada en nosotros que vuelve a florecer donde solamente había cenizas y abandono. El silencio se convierte en conversación y aunque hayan pasado años descubrimos que todavía mantenemos esa complicidad que nos permite sincerarnos plenamente sabiendo que nos escuchan y que a veces incluso nos comprenden.

Te cuento esto porque con cuarenta años recién cumplidos descubro que mis amistades son prácticamente las mismas de hace más de veinte años. Son mis amistades veteranas, las que me conocieron con más pelo y menos barriga, las que ya estaban cuando no tenía siquiera ordenador y escribía en folios reciclados lo que ahora escribo en este blog. Son esas personas a las que alguna vez les he escrito cartas ininteligibles con una letra ilegible, a las que les mandaba postales de navidad personalizadas y con las que ahora apenas me comunico porque no tengo wasap. Y sin embargo se que están ahí, y como es improbable que leáis este blog decido ponerme cursi y deciros eso, que os quiero.


lunes, 5 de agosto de 2013

El hombre que asustaba a los caballos.


Algo falla.

Sonia me regaló un par zapatillas de las buenas para hacer frente al síndrome CCC que sufro desde hace unos meses. Cada dos días salgo a correr y hace ya unos meses que no consumo las cañas de chocolate de la máquina que hay en mi trabajo. Todo es inútil. No consigo perder los cinco quilos que me sobran ni superar los seis quilómetros en los que llevo atascado desde hace semanas.

Pensaba yo que esto de retomar la actividad deportiva sería algo progresivo, que cada día iría sintiéndome mejor y que al final miraría el reloj sorprendido al descubrir que llevo una hora corriendo. Imaginaba a las mujeres volviéndose al verme pasar tan atlético y a los jovencitos del monopatín envidiando mi estado de forma.

Qué va!! Cada vez me siento peor! Las señoras que están cortando la hierba me miran sorprendidas al verme pasar tan colorado "neno, descansa un pouquiño, que te vas poñer malo", me dijo ayer la vecina de la casa de enfrente. Los niños que sestean en los carritos de paseo se despiertan sobresaltados y comienzan a llorar al escuchar mis resoplidos e incluso los caballos levantan las orejas sorprendidos intentando descubrir a que animal corresponden los bramidos que están escuchando.

Creo que algunos vecinos se reúnen a media tarde para verme escucharme pasar y sospecho que las pintadas que han aparecido hace unas semanas dando ánimos a un tal boquerón se refieren a mi. La gente se está encariñando conmigo, sobre todo cuando ven que a pesar de todo intento dar las buenas tardes y me sale una especie de gemido que solamente el buen entendimiento de las personas interpreta como un saludo.

Y aún así hoy voy a salir de nuevo. Con mis zapatillas nuevas y mi pulsómetro no habrá camino que me baste ni caballo que se espante, como dicen en mi pueblo.