A
lo largo de mi vida siempre me he sentido un poco ninguneado por los
demás. Supongo que mi baja autoestima está en el origen de esta
pringosa sensación que me hace sentir excluido de los grupos y que
me mantiene casi siempre al margen de las conversaciones en las que
intervienen más de tres personas.
No
consigo recordar nada de mi infancia, pero si recuerdo que la primera
vez en la que sentí que no valoraban mi trabajo. Había estado la
tarde anterior contando los arbustos de mi casa (ahora lle llaman
seto) y recogía las últimas hojas que quedaban cuando unas vecinas
que pasaban por el camino vieron a mi hermano y comenzaron a
agradecerle que cortara el seto, que ellas eran mayores y como no
veían bien a veces tropezaban con las ramas, que había sido muy
amable y que esperara un momento, que iban a revisar sus monederos
para ver si encontraban algo para darle.
Mi
hermano no decía ni palabra, claro, y un ataque de timidez me
impidió acercarme y decirles que había sido yo el que había
cortado los arbustos. Aquel día perdí doscientas pesetas, y debí
aprender que no siempre el que trabaja es el que se lleva los
méritos.
Años
después estaba yo feliz con mis buenas notas en latín. Yo quería
hacer letras puras en tercero de bachillerato y era un buen alumno,
pero eso poco le importó al profesor de latín. Lo que él quería
era convencer a Carlos para que se matriculase en su asignatura.
Carlos no era bueno, era el mejor, y tenía muy claro que iba a ser
ingeniero de caminos , pero el profesor insistía una y otra vez que
el futuro estaba en el latín, y el muchacho que no y que no... y yo
esperaba para preguntarle qué podría traducir en el verano... Y ni
caso.
¿Y
qué contar de aquella vez que presenté mis poemas a un concurso
literario en el concello de Viveiro y declararon el concurso
desierto? ¿O cuando le pedía para bailar a aquella chica y ni
siquiera me contestaba?
Siempre
fui un hombre ninguneado. En las barras de los bares no suelen
percatarse de mi presencia y en las colas del supermercado siempre
tengo que estar atento para que no se me cuelen las señoras.
-Perdona hombre, no te había visto- me dicen.
Supongo
que será cuestión de envergadura, o algo relacionado con nuestra
aura que hace que algunos siempre pasemos desapercibidos y que no
importe mucho lo que digamos o lo que hagamos, ni nos escucharán ni
nos tendrán en cuenta.
Esto
es exactamente lo que suele pasarme en los trabajos por los que voy
pasando. Siempre son otros los que se llevan los méritos y las
prebendas, y no suelen ser los más capaces ni los más hacendosos.
Lo mío ni se tiene en cuenta, ni se valora. Soy un ninguneado
laboral. Y gracias.


