Pasados los primeros segundos de curiosidad Ramón decidió ejercer sus funciones como responsable de ventas y relaciones públicas de La Taberna de Beaufort y le preguntó a la joven si quería tomar algo. Yo disimulaba mi interés por el arte de la calceta hojeando el Marca sin demasiado entusiasmo cuando la muchacha se acercó a mi diciendo que lo que quería era el libro.
- Libros, lo que se dice libros no tenemos- contestó Ramón algo confundido - Pero tenemos algún suplemento dominical que tiene mucho para leer.
La muchacha miraba para mi, Ramón miraba para mi y dos clientes que compartían su pasión por el albariño también comenzaron a mirarme. Como bien sabéis, soy un tipo tímido y poco acostumbrado a ser el foco de atención. Apuré mi cerveza de un sorbo y comencé a tarear una vieja cancioncilla de Sabina para disimular, pero cuando volví a mirar, la muchacha seguía allí.
Avergonzado tuve que confesar que el libro seguiría debajo del contendor al que había llegado después del puntapié que le propiné. Iba a disculparme asegurando que no sabía que era suyo, pero la muchacha ya me había agarrado la mano y me ordenaba que le indicase inmediatamente la posición exacta del libro en cuestión.
Y fué en ese preciso momento cuando lo sentí. Me había enamorado.
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