miércoles, 9 de abril de 2014

Bu

Discutía acaloradamente con Ramón sobre si las uñas de los pies deben cortarse antes o después de darnos una ducha cuando la muchacha de la bufanda a cuadros entró en La Taberna de Beaufort. Ramón, que siente una enfermiza atracción por las minifaldas, paseó con deleite su mirada por las macizas piernas de aquella morena mientras que yo, siempre atento a las nuevas tendencias que marca la moda, no podía dejar de preguntarme si la bufanda estaba tejida con dos palillos, crochet o aguja circular.

Pasados los primeros segundos de curiosidad Ramón decidió ejercer sus funciones como responsable de ventas y relaciones públicas de La Taberna de Beaufort  y le preguntó a la joven si quería tomar algo. Yo disimulaba mi interés por el arte de la calceta hojeando el Marca sin demasiado entusiasmo cuando la muchacha se acercó a mi diciendo que lo que quería era el libro.

- Libros, lo que se dice libros no tenemos- contestó Ramón algo confundido - Pero tenemos algún suplemento dominical que tiene mucho para leer.

La muchacha miraba para mi, Ramón miraba para mi y dos clientes que compartían su pasión por el albariño también comenzaron a mirarme. Como bien sabéis, soy un tipo tímido y poco acostumbrado a ser el foco de atención. Apuré mi cerveza de un sorbo y comencé a tarear una vieja cancioncilla de Sabina para disimular, pero cuando volví a mirar, la muchacha seguía allí.

Avergonzado tuve que confesar que el libro seguiría debajo del contendor al que había llegado después del puntapié que le propiné. Iba a disculparme asegurando que no sabía que era suyo, pero la muchacha ya me había agarrado la mano y me ordenaba que le indicase inmediatamente la posición exacta del libro en cuestión.

Y fué en ese preciso momento cuando lo sentí. Me había enamorado.











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