jueves, 14 de febrero de 2013

La cansina aurora boreal.



Querida Sally:

aburrido como estoy de la cansina aurora boreal me decido a escribirte de nuevo. Ya se que hace unos meses me despedía de tí para siempre, pero después de pasar más de cien días viendo fenómenos luminiscentes en el cielo no pude evitar recordar el brillo de tus ojos cuando me decías que me amabas. Se que en su momento te escribí algún verso comparando tu mirada con las estrellas o con el replandor del amanecer sobre las verdosas aguas del Estrecho de Shelikof. Ahora que habito en la soledad puedo asegurarte que el simple recuerdo del abrazo meloso de tus pupilas hace que me sienta menos incomprendido y menos desamparado de lo que es costumbre en mí.

Digámoslo claro, esta misión es un desastre, una auténtica chapuza. Llevamos meses navegando en círculo dentro del Círculo Polar Ártico, si me permites la redundancia. Nuestro objetivo era recoger los restos de un satélite que se estrellaría en el Mar de Beaufort el 21 de diciembre. Lamentablemente, nuestro técnico de telecomunicaciones se equivocó de ruta y acabamos entrando en aguas rusas. Obviamente, a las autoridades rusas no podiamos contarles qué demonios haciamos navegando por sus mares por lo que fingimos no comprender nada de lo que nos decían, lo cual era cierto en parte, y nos fuimos por donde habiamos llegado.

Por si fuese poco, uno de los marineros  no hace más que hablar y su acento cantarín hace que piense en tí, pero su conversación es tan excesiva que a veces tengo que hacer un gran esfuerzo para no tirarlo por la borda. Insiste en la necesidad de pescar uno de los pulpos gigantes que nos rodean desde hace unas semanas. Él dice que tenemos que analizar si su tamaño desmesurado y su capacidad para cruzar sus patas formando una especie de figura ancestral son signo de una inteligencia desarrollada. Me cuenta que en su pueblo natal consideran que los pulpos son los animales más inteligentes que existen y que una prueba de ello es que se niegan a reproducirse en cautividad. Que son capaces de abrir cualquier tipo de envase, ya sean tapones de rosca o latas con abre-fácil, pero que lo único que beben es la Estrella Galicia, siempre que sean botellines de un tercio. Y cuando le pregunto si no les da cierta pena comerse animales tan inteligentes me responde que es una especie de rito ancestral y que el conocido Pulpo á Feira no es más que un rito iniciático en el se puede conocer la personalidad de los comensales según mojen o no mojen el pan en el aceite.

En fin, no quiero aburrirte con nuestras conversaciones, que bastante nos aburrimos nosotros en este extraño mar en el que nunca llega a ser de día, en este Mar de Beaufort en el que un servidor está dando vueltas continuamente en torno a una idea que no termina de llegar a puerto. Te diré que esto de las auroras boreales está sobrevalorado. Al fin y al cabo, son unas luces que vienen y van. Para un rato está bien, pero pasarte tres meses con esas sombras luminosas apareciendo cuando menos te lo esperas cansa un poco, la verdad. Por eso tengo ganas de volver. Esto de navegar y vivir aventuras y sentir el riesgo en cada poro de tu piel está bien, pero no hay nada como llegar a casa, ponerse las zapatillas y tumbarse tranquilamente en el sofá a ver el rosco de pasapalabra.





martes, 5 de febrero de 2013

El final de cielo y sal.


Cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Recordaba perfectamente que un desconocido la había llevado al hospital, pero no podía explicar quien era o cómo había entrado en su casa. Estaba confusa y asustada, tal vez algo arrepentida por haber deseado con tanta intensidad que todo terminase de una vez.  Por eso no dijo nada cuando le preguntaron sobre los golpes que tenía en la cara. Se limitó a decir que se había caído por las escaleras.

Él jamás pudo explicar por qué era otro el que conducía su coche en el momento del accidente ni qué hacía en la casa del fallecido. Recuerda vagamente que regresaba a casa y que sufría un terrible dolor de cabeza, pero aún hoy es incapaz de saber en qué momento le había dejado su coche a un extraño ni cómo había entrado en su casa. Al ver a aquella mujer tendida en el suelo se asustó un poco y no dudó en llamar al 091 para que enviasen una ambulancia, pero como aquella noche había huelga en los servicios de ambulancia tuvo que buscar un taxi y llevarla él mismo al hospital.

Ella contestó que se trataba de un amigo de la familia que estaba pasando unos días en casa. El policia anotó en su libreta mientras le decía que su marido había fallecido en el acto y que se desconocían las causas del accidente. Él no mostró la menor preocupación por el coche, lo que el policia interpretó como una prueba del estado de shock en el que ambos se encontraban. Les dijo que lo sentía mucho y cerró la puerta de la habitación 745 en la que ella estaba ingresada.

Durante unos minutos permanecieron en silencio. Él le preguntó si había sido su marido, ella lo miró a los ojos y supo que algo comenzaba en ese preciso instante. Él le confesó que lo último que recordaba era el silencio, ella le contó que por unos segundos se había sentido parte de la oscuridad. Ninguno de los dos merecía morir de aquel modo. Esto es lo que se repiten una y otra vez cuando se atreven a profundizar un poco más en lo que sucedió aquella noche.

Por eso, cuando le comunicaron que su marido había muerto en un accidente de tráfico fue incapaz de llorar. Sabía que las lágrimas saladas escocerían en su labio partido.



miércoles, 30 de enero de 2013

El final oscuro.


Comenzaron siendo imágenes difusas, paisajes totalmente desconocidos que aparecían en su mente como aparecen los recuerdos de la infancia cuando menos lo esperamos. Cíclicamente se repetía la misma escena: en el horizonte se vislumbraba el perfil de una masa informe a la que se iba acercando para descubrir que se trataba de un bosque de otras latitudes, con pequeños árboles sin hojas y grandes postes que sostenían gruesos cables de alta tensión.

Su marido había vuelto a casa después de tres días sin saber nada de él. Como siempre, regresaba borracho y desaseado, y comenzaba la retahíla de criticas y reproches con las que intentaba justificar sus ausencias, culpándola a ella de falta de comprensión y desisterés total por sus necesidades. Después comenzaría a recriminarle que ya no se cuidaba como antes, que vestía como una vieja  y que cada vez estaba más gorda  para terminar diciendo que él no se merecía esto y que no sabía para qué se molestaba en volver a casa, que estaba harto de su cara de estúpida y de su silencio.

Ella nunca decía nada. Sabía que era mejor dejar que gritase y con algo de suerte se iría para cama sin más. La última vez que intentó defenderse de sus críticas terminó con la nariz rota y con una sensación de irrealidad semejante a la que ahora estaba experimentando. Mientras él gritaba y la zarandeaba ella veía cada vez con más nitidez una especie de autopista rodeada de bosques y tenía la impresión de estar dentro de un coche. Decidió concentrarse en lo que veía y no prestar atención ni a los empujones ni a los insultos que rápidamente iban subiendo de tono.

De pronto sucedió. El sabor metálico y dulzón de la sangre llenó su boca y supo que tenía el labio roto. Una bofetada certera hizo que su cabeza golpease contra la esquina de la puerta. Mientras él la agarraba por los pelos e intentaba ponerla de nuevo en pie ella se concentraba en lo que veía a su alrededor, en los árboles que pasaban a gran velocidad y en el paisaje que parecía tan real que casi podía sentir la brisa en su cara.

La segunda bofetada hizo que le reventara el tímpano. Sintió que algo estallaba dentro de su cabeza y de repente todo se convirtió en un doloroso silencio. Tardó unos segundos en comprender lo que había pasado y no tuvo fuerzas para seguir viviendo. En su cabeza solamente veía un gran camión al que irremediablemente se iba acercando. Lo último que sintió fue un golpe seco en los riñones. De pronto, todo fue oscuridad.




sábado, 19 de enero de 2013

El final silencioso.



Comenzaron siendo murmullos en una lengua desconocida, sílabas inconexas carentes de todo significado, tal vez palabras. Como esa musiquilla pegadiza y machacona que a veces se nos mete en la cabeza sin que podamos evitarlo. Cíclicamente se repetía la misma secuencia: un zumbido que poco a poco se convertía en una voz humana que pronunciaba tres o cuatro sílabas. Después silencio.

Como regresaba a casa después de pasar el fin de año en casa de sus padres no quiso darle demasiada importancia. Tal vez el exceso de alcohol y de dulces, o las pocas horas de sueño. Siempre le pasaba lo mismo al dormir en una cama distinta a la suya, tardaba mucho en conciliar el sueño y despertaba varias veces durante la noche.

Pero al entrar en la autopista la voz se hizo más nítida y pudo distinguir claramente que se trataba de un hombre hablando en inglés. Quiso pensar que se trataba de un fragmento de algún diálogo de las series que últimamente veía en versión original. O tal vez alguna canción de la que había olvidado la música. Quiso buscar una explicación racional, pero sobre todo quería quitarse de la cabeza esa voz que cada pocos minutos repetía las mismas palabras.

A mitad del camino se sobresaltó al descubrir que el tono de la voz se hacía cada vez más áspero y lo que en un principio eran simples murmullos se convirtieron en gritos airados y llenos de ira. Pudo escuchar claramente como un hombre insultaba y amenazaba a una mujer. Comenzó a sentirse mareado y decidió detenerse en la la próxima área de servicio. A medida que el coche iba reduciendo su velocidad la voz se fue convirtiendo nuevamente en murmullo, y mientras tomaba un café con leche y un bollo de chocolate no escuchó nada más que la conversación la mujer sentada en la mesa de al lado recriminándole a su esposo que la noche anterior bebiese él solo tres botellas de ese nuevo vino espumoso elaborado en las Rías Baixas.

Al subir de nuevo al coche y emprender la marcha la voz volvió, cada vez más iracunda y más amenazante. Intentó distraerse mirando por la ventanilla, concentrándose en el atardecer que teñía de naranja el horizonte. Pero los gritos continuaban repitiéndose cada vez con más intensidad. Por un instante creyó escuchar golpes, apagados lamentos de mujer suplicando y el inquietante sonido de la carne al desgarrarse y del hueso al fracturase. Apenas tuvo tiempo para girar la cabeza y ver como el motor de su coche se iba destrozando debajo de aquel camión. De pronto todo fue silencio.

domingo, 30 de diciembre de 2012

Feliz 2013 desde Mar de Beaufort.

Anochece.
Apenas unas horas para que termine este 2012 y nada nuevo que contar.
Si hace tres años estaba solo ante la inmensidad helada del Mar de Beaufort ahora son un par de docenas las visitas que recibe a diario este sitio, según las estadísticas que me proporciona el blogger.


Hace un par de meses que a estas costas llegan cada vez más visitantes, navagantes curiosos tal vez, buscadores de relatos o simplemente viajeros que han equivocado el rumbo. No descarto que se trate de un error de la página y que las nuevas visitas no sean tantas, pero de todos modos tengo la certeza de que hay nuevas personas que me leen aquí o en la página de facebook y que incluso comentan de vez en cuando.

Debo confesar que también yo he comenzado a salir más y a la derecha encontrareis las indicaciones necesarias para llegar a otros puertos en los que me siento como en casa. No conozco a ninguno de sus creadores y creadora personalmente, pero considero que son compañeros de búsqueda, habitantes de este cambiante e inabarcable mundo de internet que, como yo, necesitan un espacio propio en el que plasmar sus opiniones, sus creaciones o simplemente sus reflexiones sobre esta realidad que nos ha tocado vivir. CrisSBarbarroja, Antonio, Pascual, Joan,  muchas gracias por vuestras visitas y vuestros comentarios. Espero que estas rutas que hemos abierto entre nuestros lugares sean igual de enriquecedoras para vosotros como lo son para mí.

No me olvido de aquellos que me conocéis de hace años, de antiguos compañeros de estudios a los que ya no veo pero que gracias a las redes sociales también leen este blog y le dan difusión a través de facebook o de twiter. Alex, Isabel, Antón, Ana ... muchas gracias por seguirme y por los "me gusta". A mí también me gusta que os guste. Los que estáis aquí y ahora no necesitáis que os lo diga, pero muchas gracias por estar y por soportar mi tendencia asocial. Deberiamos vernos más, ya lo se, pero desde Mar de Beaufort no siempre hay buenas comunicaciones con el mundo exterior. Gema, Sonia, Juan Carlos, Iván, Sara, Simón, Xosé Manuel, Carlos, Cristina, Sergio, Manel, Diana, Bea, Pili... muchas gracias por venir. Y muchas gracias a Ferrolm por seguir.

Y por último un saludo a todos los que según este mapa llegáis desde el continente americano. Desconozco las rutas que os han llevado hasta mi humilde sitio, pero muchas gracias por las visitas y espero que por lo menos haya sido un momento agradable, que no hayáis perdido el tiempo leyendo lo que escribo y que tengáis ganas de regresar.


Anochece.
Los inquilinos de este blog se han ido de vacaciones, celebran estas fiestas con sus familias o simplemente están aclarando sus ideas y sus objetivos para el próximo año. Algunas quieren volver, otros buscan desesperadamente una salida para el embrollo en el que ahora mismo se encuentran y hay uno en concreto que amenaza con hacerse un blog para él solito si no lo convierto desde ya en novela. Majaderías de personas sin vida propia, ya me entendéis. Las criaturas que merodean por Mar de Beaufort son bastante caprichosas y fanfarronas. Amenazan con marcharse pero al final van apareciendo una y otra vez. En el fondo son buena gente.

Tal vez por eso me han convencido para que escriba esta entrada y os desee a todas y a todos un feliz año 2013. Espero que me acompañes en el año que está a punto de comenzar y que encuentres en este sitio algo interesante que te haga regresar. Yo intentaré ir cerrando algunas historias y seguramente abriré otras, aunque la historia más hermosa espero contarla cuando llegue la primavera y pueda hablaros de nuevas llegadas. Sin duda el año 2013 será un año de bienes para nosotros, espero que también para tí, y que podamos disfrutarlo juntos.

Nevaba en Compostela cuando comencé a escribir este Diario. Ahora anochece, y a escasas horas para que termine el 2012 no hay nada nuevo que contar.

Simplemente, FELIZ 2013.



jueves, 20 de diciembre de 2012

Nociones de Astronomía IX: el mundo no se acabará mañana.


La luna sonríe tímidamente a un casi imperceptible Venus mientras se difuminan en el cielo las estelas de los aviones más madrugadores. A lo lejos, O Pico Sacro aguarda la ardiente visita del sol. Altivas farolas se burlan del malhumorado despertar de los habitantes de las ciudades, siempre conduciendo con prisas para llegar a la rutina diaria. A través de los cables de la ciudad fluye la energía y la información que nos hará sentir que somos invencibles, que somos los reyes de la creación.




Amanece un día más en Compostela, un día cualquiera, un día como será el día de mañana y que no aportará demasiadas novedades a lo que fue el día de ayer. Amanece. Un silencio luminoso invade las calles, las aceras y los jardines mientras que en el cielo aparecen las brumas que nos recuerdan que no todo será luz este día. Amanece. Un fuego inmenso comienza a abrazar el horizonte y algunos árboles parecen inmensos y cercanos, gigantes en llamas en batalla constante con el infinito que amenaza con devorarnos cualquier día.



Pero hoy no será ese día. Un sol como un mundo nos anuncia que la vida comienza su ciclo por estos lares. La montaña sagrada de nuestros antepasados se deja querer como todos los inviernos, preparada para ser la frontera, el límite a partir del cual el astro Rey tendrá que volver sobre sus pasos y regresar. Crecerán los días, celebraremos el triunfo de la luz disfrazando de falsas creencias lo que ya los antiguos veneraban sobrecogidos: el creador del mundo y de la vida es aquel que se manifiesta cotidianamente ante nosotros. Tendremos la evidencia de que nos somos más que una casualidad, un pequeño destello de grandeza condenado a integrarse en la inabarcable rueda del tiempo. Seremos simplemente una minúscula pieza en este presente que nos ha tocado vivir, en este día que avanzará sin que el resto del universo se percate tan siquiera de nuestra presencia.



Bajo este sol que ahora nos ilumina nacerán generaciones enteras, afortunados humanos que nunca pasarán hambre o tristes niños que nunca llegarán a ser adultos, hombres malos, mujeres desgraciadas... Nacerán generaciones enteras, diferentes en sus herencias y tan opuestas en sus intereses que solamente la muerte los igualará un día. Somos miles naciendo cada día, abriendo los ojos a un mundo injusto y diverso, llenos de vida y de fuerza, aunque las esperanzas no sean las mismas aquí que el desierto. Y sin embargo nacemos en el mismo mundo y somos hijos del mismo tiempo. Es el mismo sol el que cada día nos ilumina a todos e incluso aquellos que según lejanas noticias son perseguidos, torturados y asesinados nacieron como nosotros un día y tienen el mismo derecho a ser felices y a vivir que nosotros tenemos.


El mundo no se acabará mañana, aunque cada segundo se acabe trágicamente para miles de personas sin que ni siquiera sintamos una punzada de dolor. Como siempre, me enredo en cuestiones banales, vivo a diario encerrándome en burbujas de indolencia y desconocimiento, esforzándome para creer que el mundo es así y que no tiene remedio. Intento proteger mi felicidad atribuyendo al azar la fortuna de mi nacimiento, subestimando mi capacidad para cambiar las cosas y culpando de las grandes injusticias del mundo a personas malvadas y sin escrúpulos.


No. El mundo no se acabará mañana, aunque tal vez mañana tengamos que comenzar a luchar por un mundo en el que el sol brille para todos con la misma dureza y con la misma suavidad. El mundo no se acabará porque a los planetas, a las galaxias y a los agujeros negros les tiene sin cuidado lo que hayan escrito en piedras hace siglos unos tipos que pasaron por el mundo como nosotros pasaremos: obsesionados por un mañana incierto y lejano cuando tenemos el presente a nuestra entera disposición. Solo de nosotros depende saber aprovecharlo en lo realmente importante.


viernes, 30 de noviembre de 2012

Las reglas del R9.

Pocos de vosotros sabréis lo que significa conducir un R9, elegido mejor coche del año en europa en 1982. Muchos ni siquiera lo reconoceréis si lo veis por la calle, o giraréis la cabeza al descubrir un coche que parece de otro tiempo. Lo es. Os aseguro que conducir el R9 es una experiencia religiosa, algo que solamente algunos inciados podemos disfrutar plenamente. En estos tiempos absurdos de dirección asistida y faros de xenon, con lucecitas de colores en el salpicadero y señales acústicas para todo sentarse al volante del R9 significa aceptar ciertas reglas.



La primera de ellas, de obligado cumplimiento, es tirar de la palanca del aire cuando intentas arrancarlo. Si no hay palanca, no hay encendido. Por eso, cuando el agente Weir intentó sentarse al volante argumentando que era lo más parecido al sedán del FBI que solía conducir en Wisconsin, tuve que hacer pequeños chasquidos con la lengua moviendo mi índice de un lado a otro.
- No, my friend, no. My car is only for me- le dije mientras amablemente le señalaba el asiento de atrás. No tanto por su desconocimiento de la primera regla, sino porque la segunda regla del R9 es que sólo yo conduzco el R9.

A pesar de su tamaño, el agente Weir parecía el típico bonachón despistado que es capaz de preguntarte dónde está la Catedral el la mismísima Praza do Obradoiro. Por eso se metió en el coche refunfuñando algo que no comprendí, pero que provocó que su compañera se riese con ganas mientras me guiñaba maliciosamente un ojo.

-Venga, arranca ya, que el camino es largo y el tiempo apremia.
Hilario utilizaba estas expresiones solemnes cuando no tenía ganas de dar explicaciones. Quería llegar lo antes posible y sabía que a estas horas el peaje de la autopista se ponía imposible. Tal vez por eso comenzó a impacientarse al descubrir que no pasabamos de noventa y que todo el mundo nos miraba al adelantarnos. Si su intención era pasar desapercibido se había equivocado de coche. Un R9 a 90 km/h por la autopista, con una pareja bien vestida en el asiento de atrás, un tipo con una camiseta de Los Suaves de copiloto y un barbudo muy feo conduciendo.

Por eso no me extrañó lo más mínimo que al salir de la autopista nos estuviera aguardando una patrulla de la Guardia Civil. Pero en lugar de pedirme los papeles del vehículo nos dijeron que llegábamos con retraso, que el concierto estaba previsto para las diez y media y que el alcalde estaba esperando por nosotros para entregarnos la llave de oro de la ciudad.

No pudimos negarnos. El agente Weir demostró ser un auténtico maestro con la guitarra y yo siempre me he defendido bien con el bajo. Hilario se sabía algunas canciones y el resto es Rock&Roll.