Perdonen mi ausencia, han sido tiempos complicados. En las últimas semanas he dedicado el poco tiempo del que dispongo a crearme un perfil en internet. Yo, que nunca me he preocupado demasiado por las apariencias me descubro buscando un perfil adecuado que mostrar. Como saben, no tengo muy claro que esto de internet y las redes sociales sirva para unir a los pueblos del mundo, pero entre el "+Tú" de google y la constatación, día tras día, de que Mar de Beaufort recibe escasas visitas pues me he dicho que tengo que intentar participar un poco más la red, darme a conocer, no se si me entienden.
Y lo primero que me planteo es si debo descubrir mi verdadera indentidad y poner mi foto o seguir con ese cachorrillo de oso polar que hace referencia al osezno que tengo en casa, pero que también está muy acorde con el título de este diario. La verdad, es que me da un poco de vergüenza que mi cara aparezca por ahí, aunque pensándolo bien, la mayoría de lectores de este blog saben perfectamente quien soy y no se sorprenderán al verme la cara y desubrir que tengo menos pelo que hace quince años y que mi rostro se ha redondeado un poco.
Después está lo de facebook, el twiter y la participación activa en algunos blogs que me gustan y que sigo. Y aquí vuelven las dudas sobre el anonimato o la indicación clara de quien soy. Tal vez se trate de un problema de autoestima. A veces tengo la sensación de que lo que me gustaría decir o escribir es irrelevante, y decido mantenerme en silencio. Y si en la vida real el silencio es simplemente una característica que algunos valoran y otros no, en el mundo virtual de internet el silencio significa ausencia. Creo que por eso hay tantos comentarios en ciertos blogs que sin aportar nada, quieren dejar constancia de que alguien ha pasado por allí, de que tenemos presencia en la red, de que formamos parte de algo.
Pero estabamos con mi perfil. ¿Qué puedo escribir sobre mi? Para cada unos de mis seguidores soy alguien distinto. Incluso puede suceder que sea un auténtico desconocido. Puedo poner en mi perfil que me gusta el cine, pasear y escuchar música, que es lo que pone todo el mundo. Pero, ¿pondré algo sobre mí, algo que me identifique como persona única e inconfundible?
No lo se ni me importa. La verdad es que no sabía que escribir y me puse a improvisar. Tal vez mañana pueda retomar alguna de las historias que quedan a medio contar. Al fin y al cabo, he creado este sitio para contar historias.
Ya que estás aquí...
No dudes en preguntar, si tienes dudas, y en regresar siempre que quieras .
Bienvenido a Mar de Beaufort.
Bienvenido a Mar de Beaufort.
jueves, 22 de septiembre de 2011
jueves, 25 de agosto de 2011
Los chicos del aeropuerto.
Yo estaba en el aeropuerto con la Jenifer y el Chetos cuando aquel tipo medio calvo se me acercó y comenzó a susurrarme con acento guiri aquello de “un sabor auténtico de puro maíz”, “un sabor auténtico de puro maíz”. Pensé que se trataba de una broma de los de la telegaita o de un anuncio de Matutano, pero cuando se me acercó aquella pedazo morena y me dijo que eran los agentes de no se qué me acojoné un poco, la verdad. Estábamos esperando a la Janet, que venía de Lanzarote a pasar dos semanas de vacaciones y como el avión llegaba con retraso habíamos estado haciendo el tonto por el aeropuerto. La Jenifer estaba preguntándole a una azafata a qué hora salía el avión para Betanzos y nosotros nos partíamos de risa. Después yo me acerqué a un alemán y le pregunté Where are the big church? y el tipo me contestó con cara extrañada The cathedral is in the town!.
De pronto descubrí que en una de las mesas del restaurante estaba el profe de latín con la madre del Jonatan, y como el Jonatan es nuestro colega comencé a llamar al Chetos para que se acercara. Pero el que se acercó fue el tipo raro y la morena cachonda y enseñándome una tarjeta de la pasma comenzaron a decirme que eran los agentes que venían a investigar el suceso. Yo estaba flipando por colores cuando de pronto se acerca un vendedor del cupón diciendo “Chetos chetos chetos”. Yo le digo que el Chetos está con la Jenifer en la otra esquina del aeropuerto pero el tipo medio calvo comienza a decir otra vez lo de “un sabor auténtico de puro maíz”, “un sabor auténtico de puro maíz”.
- ¿Y tú quién eres?-me pregunta el vendedor del cupón subiéndose las gafas hasta la frente y mirándome directamente a los ojos.
- ¿Tú no eres ciego, verdad?- le respondo siguiendo la costumbre local de responder con otra pregunta.
- ¡Veo que tienes buen ojo!- me contesta el falso ciego con un tonillo burlón que me altera un poco. Por eso, cuando se acerca una señora y le pide un cupón para hoy comienzo a gritar que no se fie, que el tipo no es ciego y que seguramente todos los cupones son falsos. La señora mira desconfiada el billete que el falso vendedor le entrega y se lo devuelve, pero uno de los Guardias Civiles que están en la puerta del aeropuerto ha sentido curiosidad por el jaleo que se está montando enfrente de la puerta de llegadas. Como no podía ser de otro modo, me pide a mí el DNI y mientras intento explicarle lo sucedido veo como el falso ciego y la pareja de guiris se dirigen a la salida.
lunes, 22 de agosto de 2011
Restos en la nieve.
Llegaron un par de días después que nosotros. Veinte tipos que parecían Rambo se bajaron de dos helicópteros y nos encerraron en el comedor mientras hablaban con el Director Gerente de la planta de gas. Aparte de los cuatro que habíamos llegado en el camión de Duane, había siete operarios, un técnico de telecomunicaciones, un cocinero y un encargado de mantenimiento. Nos habían advertido que intentarían que ninguno de nosotros resultase herido, pero que nuestra seguridad no era una prioridad para ellos y si surgía algún problema no dudarían en utilizar la fuerza para solucionarlo.
Quisieron saber de quién era el propietario de la extraña máquina que había estado provocando interferencias las últimas semanas. El Director Gerente les explicó que según el artículo 37, párrafo 4 bis del Tratado Internacional sobre Personas y Cachivaches Deambulando por el Ártico él era el responsable de los humanos, animales, objetos y similares que se encontraban en ese momento en la planta de gas y que tenía el derecho a ser informado de cualquier circunstancia que pudiese afectar a la integridad física o legal de las cosas.
- Who are they?- le preguntó uno de los soldados con una pistola en la mano cuando el Director Gerente iba a continuar enumerando el párrafo 5 del artículo 37. Después todo sucedió muy rápido. Duane intentó explicarles que no tenía nada que ver con todo aquello, que él sólo me conocía a mí, que venía de Dawson City y que era un simple camionero que se encargaba de abastecer a la planta de gas. No le sirvió de nada. Tampoco le sirvió de nada a los soldados comenzar a interrogar a Juanciño y a su acompañante, que se llamaba Mariano. Ellos no entendían nada de lo que les estaban preguntando y los soldados no entendían nada de lo que les estaban respondiendo. Como mi historia sobre la caza de osos utilizando medios magnéticos no convenció a nadie acabamos los cuatro en uno de los helicópteros, sobrevolando el Delta de Mar de Beaufort a unos treinta pies de altura y dirección norte.
Y entonces los ví. Como si de mojones se tratase comencé a vislumbrar, sobre el hielo del ártico, lo que parecían restos de animales, alguna manta, un trineo y finalmente un cadáver humano. Supe que se trataba de Harry y que la historia del viejo Bob era verdad. Ahora sólo era necesario encontrar el modo de regresar y recuperar las bolsas llenas de oro.
---Para saber más:01: Dawson City
02: O'Kandeken05: La máquina del magnetismo.
03: La historia de Duane
04: Encuentros en el Círculo Polar Ártico.
---Para saber más:01: Dawson City
02: O'Kandeken05: La máquina del magnetismo.
03: La historia de Duane
04: Encuentros en el Círculo Polar Ártico.
jueves, 18 de agosto de 2011
El agente Weird.
Hasta veinte había contado esta mañana. Resultaba bastante incongruente aplicarse una loción anticaída en el cuero cabelludo y después de un masaje de dos minutos retirar la mano llena de pelos. En los últimos meses esa había sido su gran preocupación. Incluso podemos afirmar que era su única preocupación hasta que el Director Genereal del FBI lo citó hace tres días. Le daban un caso en España y aún encima le decía que serían una especie de vacaciones. Malditas las ganas que tenía ahora de viajar, y mucho menos para ocuparse de uno de aquellos sucesos que tanto le entusiasmaban hace años.
Mientras el Director General le explicaba que todos los habitantes de un pueblo habían desarrollado una extraña protuberancia abdominal, él comenzó a mirarse su propia barriga y pensó que se estaba abandonando. Ya no recordaba la última vez que había hecho deporte y su reciente afición por la Busweiser y por los cheetos de maíz se estaban convirtiendo en una auténtica obsesión. Nada le apetecía más que tumbarse en su sofá a ver series de televisión de los años ochenta y dar buena cuenta de una bolsa de cheetos tamaño familiar. Esa sensación grasienta en los dedos y ese tono anaranjado en la boca era un pequeño placer que le gustaba disfrutar en la intimidad. La culpa era de la publicidad. No podía sacarse de la cabeza la imagen de esa joven en una bañera llena de cheetos. Sabía que se trataba de algo subliminal, que ese anuncio había tocado algunha fibra dormida desde hacía años, tal vez desde la más tierna infacía, pero no podía evitarlo. Era adicto a los cheetos.
- Agente Weird, ¿está usted de acuerdo?
- Por supuesto que si -respondió sin saber exactamente lo que le habían preguntado.
- Entonces saldrán dentro de tres días hacia España. Se pondrán en contacto con nuestro hombre en Compostela. Y recuerde, la contraseña será Cheetos cheetos cheetos...
- Un sabor auténtico de puro maiz - respondió el agente Weird automáticamente.
Mientras el Director General le explicaba que todos los habitantes de un pueblo habían desarrollado una extraña protuberancia abdominal, él comenzó a mirarse su propia barriga y pensó que se estaba abandonando. Ya no recordaba la última vez que había hecho deporte y su reciente afición por la Busweiser y por los cheetos de maíz se estaban convirtiendo en una auténtica obsesión. Nada le apetecía más que tumbarse en su sofá a ver series de televisión de los años ochenta y dar buena cuenta de una bolsa de cheetos tamaño familiar. Esa sensación grasienta en los dedos y ese tono anaranjado en la boca era un pequeño placer que le gustaba disfrutar en la intimidad. La culpa era de la publicidad. No podía sacarse de la cabeza la imagen de esa joven en una bañera llena de cheetos. Sabía que se trataba de algo subliminal, que ese anuncio había tocado algunha fibra dormida desde hacía años, tal vez desde la más tierna infacía, pero no podía evitarlo. Era adicto a los cheetos.
- Agente Weird, ¿está usted de acuerdo?
- Por supuesto que si -respondió sin saber exactamente lo que le habían preguntado.
- Entonces saldrán dentro de tres días hacia España. Se pondrán en contacto con nuestro hombre en Compostela. Y recuerde, la contraseña será Cheetos cheetos cheetos...
- Un sabor auténtico de puro maiz - respondió el agente Weird automáticamente.
sábado, 30 de julio de 2011
M.V. Compostizo (II)
El plan era sencillo. Pasaría el invierno en la casa de un amigo y al llegar la primavera se encerraría en la vieja casa de sus abuelos y comenzaría a escribir La mujer temerosa, la novela con la que cerraría la tetralogía que su editor había bautizado como “Cuatro mujeres en apuros”. A María este título le parecía una auténtica memez, pero hacía años que había renunciado a buscar títulos para sus novelas. Siempre le daba la impresión de que no tenían absolutamente nada que ver con la historia que contaba por eso agradeció enormemente que Marcelo comenzase a poner títulos “más comerciales” a sus novelas.
Pero el invierno acabó, llegó la primavera y cuando los ingleses comenzaron a invadir Albufeira María Visitación pensó que no tenía ganas de encerrarse a escribir en un pueblo perdido al norte de Lugo. Su padre había sido uno de los marineros que habían sobrevivido a la galerna del año 61, pero la experiencia había sido tan horrible que nunca pudo volver a faenar. Como tantos otros, se trasladó a la ciudad y comenzó a trabajar en una taberna en la Rúa do Franco de Santiago de Compostela. Allí conoció a María Visitación madre y allí pasaría su hija gran parte de su infancia, intentando comprender a los peregrinos alemanes e ingleses que nunca sabían qué era el “pulpo á feira”. Por eso una de las primeras palabras que la pequeña María aprendió a decir fue octopulus, y de tanto escuchar las historias que le contaban sobre el Camino y sobre países y lugares tan distintos y lejanos decidió que ella quería dedicarse a contar cuentos.
Y así, durante los últimos veinte años se había dedicado a hacerse un hueco en la escena literaria y ahora que era una escritora de renombre empezaba a pensar que eso no era lo que esperaba de la vida. Necesitaba un poco de acción, vivir una aventura, enamorarse de nuevo, hacer algo peligroso. En definitiva, después de haber inventado historias y de haber creado personajes quería ser ella la protagonista.
Obviamente, a su editor sólo le dijo que estaba terminando el primer borrador y que en breve comenzaría a escribir. Para qué preocupar al muchacho, se dijo, si ya tiene bastante con su atormentada vida sentimental. Le diré que voy a estar aislada en Celeiro y que necesito intimidad total. Siempre ha respetado bastante mis momentos creativos.
Por este motivo, cuando aquellos hombres comenzaron a hacer preguntas nadie supo darles una respuesta clara sobre el paradero de M.V. Compostizo. Su marido manifestó su gran ignorancia y su resentida indiferencia con un lacónico "Ni lo se ni me importa". Su editor comenzó una amplia disertación sobre la apremiante necesidad de soledad que puede experimentar una escritora cuando está a punto de concluír una novela y sobre las posibilidades de serenidad emocional que ofrece un lugar tan alejado del ajetreo de las ciudades como el pueblo marinero en el que estaba recluída la autora de éxitos como La mujer alevosa o Los pequineses de la señorita de Meirás para terminar la que sin duda será su obra maestra y el éxito editorial de la década. Sin embargo, cuando tres días después los hombres volvieron para decirle que en Celeiro no estaba comenzó a contar una extraña historia del hombre que M.V. Compostizo conoció en una noche de vino verde y calor, en una fiesta en el pueblo portugués de Albufeira.
Pero el invierno acabó, llegó la primavera y cuando los ingleses comenzaron a invadir Albufeira María Visitación pensó que no tenía ganas de encerrarse a escribir en un pueblo perdido al norte de Lugo. Su padre había sido uno de los marineros que habían sobrevivido a la galerna del año 61, pero la experiencia había sido tan horrible que nunca pudo volver a faenar. Como tantos otros, se trasladó a la ciudad y comenzó a trabajar en una taberna en la Rúa do Franco de Santiago de Compostela. Allí conoció a María Visitación madre y allí pasaría su hija gran parte de su infancia, intentando comprender a los peregrinos alemanes e ingleses que nunca sabían qué era el “pulpo á feira”. Por eso una de las primeras palabras que la pequeña María aprendió a decir fue octopulus, y de tanto escuchar las historias que le contaban sobre el Camino y sobre países y lugares tan distintos y lejanos decidió que ella quería dedicarse a contar cuentos.
Y así, durante los últimos veinte años se había dedicado a hacerse un hueco en la escena literaria y ahora que era una escritora de renombre empezaba a pensar que eso no era lo que esperaba de la vida. Necesitaba un poco de acción, vivir una aventura, enamorarse de nuevo, hacer algo peligroso. En definitiva, después de haber inventado historias y de haber creado personajes quería ser ella la protagonista.
Obviamente, a su editor sólo le dijo que estaba terminando el primer borrador y que en breve comenzaría a escribir. Para qué preocupar al muchacho, se dijo, si ya tiene bastante con su atormentada vida sentimental. Le diré que voy a estar aislada en Celeiro y que necesito intimidad total. Siempre ha respetado bastante mis momentos creativos.
Por este motivo, cuando aquellos hombres comenzaron a hacer preguntas nadie supo darles una respuesta clara sobre el paradero de M.V. Compostizo. Su marido manifestó su gran ignorancia y su resentida indiferencia con un lacónico "Ni lo se ni me importa". Su editor comenzó una amplia disertación sobre la apremiante necesidad de soledad que puede experimentar una escritora cuando está a punto de concluír una novela y sobre las posibilidades de serenidad emocional que ofrece un lugar tan alejado del ajetreo de las ciudades como el pueblo marinero en el que estaba recluída la autora de éxitos como La mujer alevosa o Los pequineses de la señorita de Meirás para terminar la que sin duda será su obra maestra y el éxito editorial de la década. Sin embargo, cuando tres días después los hombres volvieron para decirle que en Celeiro no estaba comenzó a contar una extraña historia del hombre que M.V. Compostizo conoció en una noche de vino verde y calor, en una fiesta en el pueblo portugués de Albufeira.
viernes, 29 de julio de 2011
La agente Ginger.
Cuando el Director Adjunto le dijo que la destinaban en misión especial a Europa pensó que por fin podría visitar París, pasear al atardecer por las orillas del Sena y visitar los museos y los cementarios en los que descansaban poetas y artistas. Nunca pudo explicarlo, pero para ella pensar en Europa era pensar en París.
Cuando le advirtieron que en realidad se iba a España recordó las historias que le contaba su madre sobre su abuelo, que había llegado a Nueva York en el año 54 en un barco que había zarpado un mes antes de una pequeña ciudad llamada Vigo. Incluso le parecía recordar que todavía tenía algunos parientes en un lugar llamado Vilanova do Frondoso. Sin duda, su dominio del español había sido decisivo para elegirla para esta misión.
Sus compañeros del Departamento de Investigaciones Extraoficiales le habían recomendado que se lo tomase como unas pequeñas vacaciones por sus siete años de servicio ininterrumpido al lado del viejo George. Muchos pensaban que era una especie de venganza del Director Adjunto. Ella había ganado el puesto al que también aspiraba su sobrino. Destinar a una novata de veinticuatro años con un cascarrabias como George no parecía lo más adecuado, pero ella supo adaptarse muy bien a las manías del más veterano de los agentes del FBI en el cuartel general de Nueva York, y a los pocos meses se había ganado el respeto de todos sus compañeros, incluido George, que comenzó a sentir por ella un afecto similar al que sentía por sus nietas.
Por eso, cuando le anunció que se iba de misión especial a España con el agente Weird, el viejo George la miró sorprendido y le preguntó si sabía lo que iban a investigar exactamente. Ella le explicó que se trataba de un caso de epidémia vírica en un pequeño pueblo donde todos sus habitantes desarrollaron una extraña protuberancia acuosa en el abdomen. El gobierno negaba todo conocimiento, pero había recomendado que se investigaran los orígenes del virus y sus posibles aplicaciones para la investigación médica.
-Be careful, be careful...- le pidió George- el gobierno no suele invertir sus recursos en investigaciones médicas a no ser que existan otras aplicaciones para sus descubrimientos. Además, el agente Weird no es un cualquiera. Hace doce años consiguió destapar una serie de experimentos con humanos que se habían desarrollado durante la guerra fría. No conozco los detalles exactos, pero se que se enfrentó a personas muy poderosas y que incluso puso en riesgo su vida. Ten cuidado con él y sobre todo ten en cuenta que es posible que no investiguéis lo mismo.
En todo esto iba pensando mientras el avión atravesaba el Atlántico. Su compañero dormía a su lado y lo primero que había pensado al verlo es que era un tipo de lo más corriente. Un hombre que a los cuarenta años se mantenía en forma, de pocas palabras y que comenzaba a manifestar una calvicie incipiente.
Cuando le advirtieron que en realidad se iba a España recordó las historias que le contaba su madre sobre su abuelo, que había llegado a Nueva York en el año 54 en un barco que había zarpado un mes antes de una pequeña ciudad llamada Vigo. Incluso le parecía recordar que todavía tenía algunos parientes en un lugar llamado Vilanova do Frondoso. Sin duda, su dominio del español había sido decisivo para elegirla para esta misión.
Sus compañeros del Departamento de Investigaciones Extraoficiales le habían recomendado que se lo tomase como unas pequeñas vacaciones por sus siete años de servicio ininterrumpido al lado del viejo George. Muchos pensaban que era una especie de venganza del Director Adjunto. Ella había ganado el puesto al que también aspiraba su sobrino. Destinar a una novata de veinticuatro años con un cascarrabias como George no parecía lo más adecuado, pero ella supo adaptarse muy bien a las manías del más veterano de los agentes del FBI en el cuartel general de Nueva York, y a los pocos meses se había ganado el respeto de todos sus compañeros, incluido George, que comenzó a sentir por ella un afecto similar al que sentía por sus nietas.
Por eso, cuando le anunció que se iba de misión especial a España con el agente Weird, el viejo George la miró sorprendido y le preguntó si sabía lo que iban a investigar exactamente. Ella le explicó que se trataba de un caso de epidémia vírica en un pequeño pueblo donde todos sus habitantes desarrollaron una extraña protuberancia acuosa en el abdomen. El gobierno negaba todo conocimiento, pero había recomendado que se investigaran los orígenes del virus y sus posibles aplicaciones para la investigación médica.
-Be careful, be careful...- le pidió George- el gobierno no suele invertir sus recursos en investigaciones médicas a no ser que existan otras aplicaciones para sus descubrimientos. Además, el agente Weird no es un cualquiera. Hace doce años consiguió destapar una serie de experimentos con humanos que se habían desarrollado durante la guerra fría. No conozco los detalles exactos, pero se que se enfrentó a personas muy poderosas y que incluso puso en riesgo su vida. Ten cuidado con él y sobre todo ten en cuenta que es posible que no investiguéis lo mismo.
En todo esto iba pensando mientras el avión atravesaba el Atlántico. Su compañero dormía a su lado y lo primero que había pensado al verlo es que era un tipo de lo más corriente. Un hombre que a los cuarenta años se mantenía en forma, de pocas palabras y que comenzaba a manifestar una calvicie incipiente.
miércoles, 27 de julio de 2011
Las ideas se multiplican con el uso.
Si algo me aterraba hasta hace unos días era quedarme sin ideas. Guardaba celosamente cada ocurrencia pensando en qué novela podría encajarla, o incluso con la vana esperanza de que podría convertirse en una historia completa, ya sabéis un par de detalles por aquí, alguna que otra trama paralela y al final tendría un buen trabajo para presentar a cualquier premio literario.
Temía sobre todo que las ideas se perdieran y que no volvieran, o incluso que me las robaran! Y tenía la extraña creencia de que existía un límite creativo, que mi cerebro sería capaz de generar un número finito de ideas y que depués se cerraría el grifo. Por eso me sentía incómodo alguna que otra mañana, cuando me despertaba con la sensación de que antes de dormirme se me había ocurrido algo, pero al no haberlo apuntado se me había olvidado, y seguramente era esa idea que nos hace comenzar a escribir sin pausa hasta que tenemos trescientas páginas a doble espacio.
TONTERÍAS.
Las ideas de multiplican con el uso. El acto creativo aflora a partir del segundo folio, comienzan a surgir personajes, relaciones, tramas y casi puedo decir que el problema entonces es el exceso creativo. No hay espacio para tantas cosas que se me van ocurriendo a medida que escribo. Surge un personaje que va creciendo, adquiriendo matices, dotándose de un pasado, de un padre con una historia singular o de un acontecimiento de su infancia que marcará toda su vida. ¿Qué hacer con él?(con el personaje, no con su padre, aunque también) ¿Merece ser protagonista o un simple secundario?
Las ideas se multiplican con el uso, y lo hacen de un modo tan extraño que al final la historia tanto podría ir por un camino como por otro, y descubro que muchas veces no importa lo que quiero contar. Una vez que te pones a escribir no sabes a dónde te llevarán tus propias palabras. Algo parecido le ocurría al viejo Bilbo Bolsón, (al que ya trajimos una vez a este Mar de Beaufort), cuando decía que es peligroso poner el pie en el camino, pues comienzas a andar y nos sabes a dónde te llevarán tus pasos.
Por eso he tomado la determinación de escribir una hora cada día. No importa a dónde me lleven los personajes que surjan ni las relaciones o lugares que puedan aparecer. Lo importante es que las ideas se vayan multiplicando con el uso y cuando tenga algo que contar pueda usarlas como relleno, igual que reservamos la grasilla que el lacón suelta en el horno para darle sustancia a las patatas asadas.
Temía sobre todo que las ideas se perdieran y que no volvieran, o incluso que me las robaran! Y tenía la extraña creencia de que existía un límite creativo, que mi cerebro sería capaz de generar un número finito de ideas y que depués se cerraría el grifo. Por eso me sentía incómodo alguna que otra mañana, cuando me despertaba con la sensación de que antes de dormirme se me había ocurrido algo, pero al no haberlo apuntado se me había olvidado, y seguramente era esa idea que nos hace comenzar a escribir sin pausa hasta que tenemos trescientas páginas a doble espacio.
TONTERÍAS.
Las ideas de multiplican con el uso. El acto creativo aflora a partir del segundo folio, comienzan a surgir personajes, relaciones, tramas y casi puedo decir que el problema entonces es el exceso creativo. No hay espacio para tantas cosas que se me van ocurriendo a medida que escribo. Surge un personaje que va creciendo, adquiriendo matices, dotándose de un pasado, de un padre con una historia singular o de un acontecimiento de su infancia que marcará toda su vida. ¿Qué hacer con él?(con el personaje, no con su padre, aunque también) ¿Merece ser protagonista o un simple secundario?
Las ideas se multiplican con el uso, y lo hacen de un modo tan extraño que al final la historia tanto podría ir por un camino como por otro, y descubro que muchas veces no importa lo que quiero contar. Una vez que te pones a escribir no sabes a dónde te llevarán tus propias palabras. Algo parecido le ocurría al viejo Bilbo Bolsón, (al que ya trajimos una vez a este Mar de Beaufort), cuando decía que es peligroso poner el pie en el camino, pues comienzas a andar y nos sabes a dónde te llevarán tus pasos.
Por eso he tomado la determinación de escribir una hora cada día. No importa a dónde me lleven los personajes que surjan ni las relaciones o lugares que puedan aparecer. Lo importante es que las ideas se vayan multiplicando con el uso y cuando tenga algo que contar pueda usarlas como relleno, igual que reservamos la grasilla que el lacón suelta en el horno para darle sustancia a las patatas asadas.
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