miércoles, 27 de julio de 2011

Las ideas se multiplican con el uso.

Si algo me aterraba hasta hace unos días era quedarme sin ideas. Guardaba celosamente cada ocurrencia pensando en qué novela podría encajarla, o incluso con la vana esperanza de que podría convertirse en una historia completa, ya sabéis un par de detalles por aquí, alguna que otra trama paralela y al final tendría un buen trabajo para presentar a cualquier premio literario.




Temía sobre todo que las ideas se perdieran y que no volvieran, o incluso que me las robaran! Y tenía la extraña creencia de que existía un límite creativo, que mi cerebro sería capaz de generar un número finito de ideas y que depués se cerraría el grifo. Por eso me sentía incómodo alguna que otra mañana, cuando me despertaba con la sensación de que antes de dormirme se me había ocurrido algo, pero al no haberlo apuntado se me había olvidado, y seguramente era esa idea que nos hace comenzar a escribir sin pausa hasta que tenemos trescientas páginas a doble espacio.


TONTERÍAS.


Las ideas de multiplican con el uso. El acto creativo aflora a partir del segundo folio, comienzan a surgir personajes, relaciones, tramas y casi puedo decir que el problema entonces es el exceso creativo. No hay espacio para tantas cosas que se me van ocurriendo a medida que escribo. Surge un personaje que va creciendo, adquiriendo matices, dotándose de un pasado, de un padre con una historia singular o de un acontecimiento de su infancia que marcará toda su vida. ¿Qué hacer con él?(con el personaje, no con su padre, aunque también) ¿Merece ser protagonista o un simple secundario?


Las ideas se multiplican con el uso, y lo hacen de un modo tan extraño que al final la historia tanto podría ir por un camino como por otro, y descubro que muchas veces no importa lo que quiero contar. Una vez que te pones a escribir no sabes a dónde te llevarán tus propias palabras. Algo parecido le ocurría al viejo Bilbo Bolsón, (al que ya trajimos una vez a este Mar de Beaufort), cuando decía que es peligroso poner el pie en el camino, pues comienzas a andar y nos sabes a dónde te llevarán tus pasos.


Por eso he tomado la determinación de escribir una hora cada día. No importa a dónde me lleven los personajes que surjan ni las relaciones o lugares que puedan aparecer. Lo importante es que las ideas se vayan multiplicando con el uso y cuando tenga algo que contar pueda usarlas como relleno, igual que reservamos la grasilla que el lacón suelta en el horno para darle sustancia a las patatas asadas.

martes, 26 de julio de 2011

El suceso.

Hoy hace tres años que comenzó todo. Aquel domingo del mes de julio ninguno de nosotros se percató de la magnitud del problema. Cada uno buscó una explicación individual pues todos pensamos, obviamente, que lo que sucedía nos sucedía solamente a nosotros. La juventud, tan dada a los excesos etílicos, pensó que se trataba de los efectos del alcohol y las bebidas carbonatadas; las parejas sin hijos buscaron una explicación en la cena en casa de los amigos y en ese vino tinto que tan bien entraba; los padres y madres se acordaron de las palomitas y los refescos que compartieron con sus hijos en la sesión de las seis; las viudas lamentaron haber terminado esa tableta de chocolate que secretamente saborean cada sábado mientras ven el programa de cotilleos de la tele y los miembros de la corporación municipal sonrieron de satisfación al pensar en la mariscada con la que habían celebrado su primer año de gobierno, sobre todo teniendo en cuenta que la factura había ido a parar al capítulo de gastos de representación del ayuntamiento.

Resumiendo, que aquella mañana del año 2008 cada uno de nosostros tenía una explicación lógica para lo que nos estaba sucediendo y durante unos días a nadie le extrañó que a fulanito o a menganita le pasara lo mismo desde el mismo día. Y esto continúo así hasta que algunos decidieron ir al Centro Médico y el Dr. Cospedal comenzó a hablar de epidémia vírica y de dietas blandas a base de patata cocida, zanahoria y pollo, que además de ser muy beneficiosa para la salud permitía un considerable ahorro en la economía familiar. Todos sabemos la desmesurada afición del Dr. Cospedal por adelgazar a sus pacientes mientras él luce una hermosa y cuidada panza.

Fue en aquel momento cuando se crearon los primeros CCBE (comités ciudadanos para la búsqueda de explicaciones), que en un principio se dedicaron a entrevistar a los vecinos para saber exactamente cómo comenzaron los primeros síntomas y qué posibles coincidencias existían entre todos nosotros. Todavía conservo algunos de los informes redactados por los CCBE y la única conclusión a la que llegamos en aquel momento es que a todos los vecinos nos ocurrió lo mismo la misma noche, independientemente de la edad o el sexo. Únicamente los menores de cinco años no parecían afectados por el extraño suceso, y meses después, cuando el pequeño Matías cumplió los cinco años, descubrimos que a esa edad se manifestaba el problema de forma irreversible y sin ningún tipo de solución.

Mi mujer se pasó dos días llorando. Después de tres meses de gimnasio y operación bikini (no recuerdo haber pasado tanta hambre en mi vida) amaneció un día con una barriga tan voluminosa como cuando estaba embarazada de nuestra segunda hija. A mí no se me notaba tanto pues como bien saben los que me hayan visto en la tele, siempre fuí un poco barrigón. Debo confesar que al principio me burlé de ella pues estaba convencido de que todo se debía al fin de semana en casa de mi suegra, pero con el paso de los días comencé a preocuparme ante la idea de que se tratase de alguna enfermedad rara provocada por el agua o por alguna sustancia utilizada en las granjas de avestruces que el alcalde había construído a las afueras del pueblo.

Finalmente nadie supo darnos una explicación. De la noche a la mañana los doce mil quinientos treinta y dos vecinos del pueblo aparecimos con una barriga cervecera, proporcional a nuestro peso y altura y de forma esférica. Análisis posteriores demostraron que no se trataba ni de tejido adiposo ni de alguna formación quística o tumoral. Simplemente nuestros cuerpos desarrollaron una especie de balón relleno de una sustancia acuosa que todavía no ha sido identificada. Mientras tanto en mi pueblo hemos hecho de nuestras prominentes panzas un signo de identidad y no nos importa que nos llamen Los Barrigolas. Estamos orgullosos de ser como somos pues nos sabemos únicos y observados por científicos, médicos e incluso por un par de agentes del FBI que llegaron hace un par de semanas y parece que han decidido quedarse a vivir entre nosotros.

viernes, 22 de julio de 2011

Algo tienen los viernes...

Caminan los ciudadanos más felices por las aceras, con el rostro relajado y el caminar pausado. A veces algún desconocido te sonríe y tú, sin saber el motivo, también sonries, como si ambos supieseis que existe un pacto con la vida que hay que respetar, un día de tregua en la semana para serenarse y sonreír.

Algo tienen los viernes que incluso los ancianos caminan más felices hacia el Centro Médico, como si en lugar de ir a ver al doctor fuesen a la taberna a ver el partido del Dépor, aquel año que ganamos la liga. Incluso es posible que sea un viernes cuando algún conductor amablemente te cede el paso en un paso de cebra. Y tú sonríes.

Era un viernes cuando encontraste un billete de cincuenta euros al lado del contenedor azul (para papel y cartón) y aquella vez que acertaste cuatro en la primitiva estabas tomándote el café de los viernes y leyando el periódico cuando de pronto le dijiste al camarero Cóbrame lo de los señores al comprobar que te habían tocado 120 euros en el sorteo de la noche anterior.

Si, algo tienen los viernes. Los funcionarios dan los buenos días a los administrados y los administrados devuelven el saludo como si tal cosa, como si ya no fuese tan necesario echarlos a todos a la calle. Los jefes parecen personas normales y en la radio las noticias parecen menos trágicas. Muchos elegimos un viernes para comezar a cambiar el mundo y reunidos en el bar, con unas cervezas en la mesa, planeamos la estrategia adecuada para conseguir que todos los días sean viernes.

Si, algo especial tiene este viernes de julio. Camino empujando una silla de niño, con el niño dentro, claro. Compostela engalanada para celebrar las fiestas de Apostol y de pronto comienzo a sonreir de satisfacción y de alegría. Se acaba la semana, llegan tres días de descanso y en breve estaremos de vacaciones. Pero no es sólo eso. No, querido lector. Es viernes, y en mi interior se va formando un inmenso sentimiento de serenidad y plenitud. Llevo conmigo lo más importante y preciado que tengo. Va medio dormido y tranquilo pero cuando nos sonríe no hay problemas ni tristezas que puedan ensombrecer nuestros días. Cuando nuestro hijo nos mira y comienza a reirse tengo la sensación de que para él todos los días son viernes, de que es feliz con los padres que le han tocado y que incluso le resultamos simpáticos. Y eso mola.

viernes, 15 de julio de 2011

H. Ramírez.(II)

H. Ramírez tardó más de dos meses en salir del hospital y casi seis para volver al trabajo. Estrés postraumático, le diagnosticaron, y su médico de cabecera le recomendó que retrasase alguna semanas más su regreso a la vida laboral. A la dificultad para dormir y el miedo irracional a conducir había que añadir los ataques de pánico en los que volvía a revivir  el desagradable suceso,  y lo experimentaba tan vívidamente que de pronto se echaba al suelo gritando na cabeza non, na cabeza non.

Pero H. Ramírez quiso regresar a la oficina, y no por su desmedido amor al trabajo sino para burlarse de su compañero R. Cortés, que además de ser el más eficiente de todos sus subordinados, era guapo y simpático y tenía la extraña manía de ser aficionado del Real Club Deportivo de Coruña. Y como todos sabemos, desgraciadamente el Dépor descendió de categoría en la pasada temporada. No entraremos en detalles sobre la retorcida psicología de algunos jefes que tienden a sentir unos celos terribles y destructivos por algunos de sus empleados, sobre todo si son hombres y tienen un extraordinario éxito entre la mujeres de la empresa, como era el caso de R. Cortés. Diremos simplemente que el único placer que le quedaba a H. Ramírez era el mezquino placer de los mediocres, esto es, joder al prójimo, ya que la prójima se había ido hacía meses dejando una nota en la que le decía que "el problema soy yo, cariño, y necesito tiempo para encontrarme".


Conviene señalar en este punto que las secuelas psicológicas que le habían quedado a H. Ramírez no eran tanto debidas a la agresión en si como al hecho de que después de las tres operaciones maxilofaciales a las que le habían sometido a H. Ramírez no lo conocía ni su madre. Siempre había tenido una expresión bobalicona en la mirada y una sonrisa estúpida, de persona cretina que aún por encima se cree el más simpático de su clase, de la facultad, de la oficina, del club de amigos del vino tinto del Sigüerzo de los Peregrinos, pero después de la operación su nariz había quedado ligeramente torcida hacia la derecha, el pómulo izquierdo claramente hundido y el labio inferior, reconstruido mediante implantes de tejido vacuno, solía caer sobre sí mismo dejando al descubierto los dientes postizos que le habían puesto, tan grandes y tan blancos que uno terminaba por preguntarse si en lugar de tejido vacuno no le habían puesto los dientes de una vaca lechera.

Así pues, una hermosa mañana del mes de julio H. Ramírez volvió al trabajo. Aparcó su coche en el reservado para directivos, saludó amablemente al guardia de seguridad y con una gran sonrisa entró en su despacho mirando a izquierda y derecha e inclinado de cuando en vez la cabaeza. Qué pasa Jorge! Cuánto tiempo Maite, qué bien te veo. Alguien sabe dónde está el Koruño??. Algunos, más por educación que por sentimiento, se levantaron de sus asientos para interesarse por su salud y para mentir descaradamente diciéndole que casi no se notaba nada de nada. Otros simplemente dijeron buenos días y siguieron a lo suyo.

A media mañana se acercó el jefe de personal para presentarle al nuevo encargado de mantenimiento. Lleva con nosostros cuatro meses, le dijo, y forma parte de un convenio de colaboración que la empresa firmó con la Consellería de Traballo e Benestar. Ya sabes, ellos nos dan dinero y nosotros contratamos a personas en riesgo de exclusión. Pero el jefe de personal no pudo seguir con las explicaciónes. H. Ramírez se había tirado al suelo gritando na cabeza non! na cabeza non! mientras intentaba ocultarse detrás de su ergonómica silla de directivo.

viernes, 8 de julio de 2011

Nimiedades.

Retomar los viejos empeños, recuperar antiguos hábitos, abrir amarillentos cuadernos que un día quedaron a medio escribir. Volver a buscar respuestas a las dos de la madrugada, reflexionar delante del papel en blanco y acostarse con la sensación de haber avanzado, de que la esencia está al alcance de nuestro pensamiento. Refrescar el cuerpo con unas cervezas y al mismo tiempo rehidratar el cerebro para que no se convierta en una uva pasa, para que no se reseque y debilite demasiado. Reconstruir a fuerza de palabras y conversación aquello que pudo desaparecer y no lo hizo. Retener algunas ideas, regresar a nuestros afanes más íntimos, reunirse con nuestras ilusiones y decidir que vale la pena recomenzar.
Y descubrir una vez más que la vida es un regreso continuo a lo que una vez quisimos hacer y fuimos dejando aparcado. A esas pequeñas cosas sin importancia en nuestra vida diaria pero de gran trascendencia en nuestro periplo anímico. Esas nimiedades que son las que dan continuidad a nuestra existencia.

miércoles, 8 de junio de 2011

Despedida sen adeus.



Os gatos ían aparecendo ao pouco de chegar a furgoneta do pescado. Sabían que Carmen, a filla máis nova de Francisca, mercaría un quilo de parrochiñas para irllas botando, unha para cada un. Según a época había máis ou menos gatos, nunca menos de media dúcia e raramente máis de quince. Dáballe a todos, incluso a ese gato tan malo que acaneou ao pastor alemán e que entraba e saía da casa cando lle petaba.
Os gatos botarán de menos á filla máis nova de Francisca, a viúva de Eliseo, á miña tía de Mosteirón que en realidade era tía avoa.
E tamén a rumana que anda a pedir diante do Gadis de Sada vai botar en falta a Carmen, que en lugar de deixarlle unhas moedas lle deixaba dúas dúcias de ovos cada venres. É que ten tres fillos, me contaba, e o home nin traballa nin quere traballar. E aquela desamparada veciña á que sempre lle traía algo de roupa da feira dos domingos ou aquel vellote que andaba polas casas e que sabía que na porta da miña tía sempre había algo para él.

E aínda que xa pasaron tres meses todavía teño ganas de chorar, pero as bágoas xa non queren saír. Teño ganas de quedar acubillado en mín mesmo, deixar que pase o tempo e sentir a dor esvaecerse pouco a pouco e sen embargo cada recordo é un golpe máis, unha mistura de tristeza e serenidade. Como non recordar aquelas tardes de verán nas que nos comíamos unha caixa de cereixas ou un melón mentres viamos a telenovela. Ou aqueles bocadillos de nocilla que nos untaba cunha culler sopera mentres meus irmáns máis eu mirábamos asombrados e lle diciamos que un pouquiño máis, un pouquiño máis. Ou os grandes melocotóns aos que ela chamaba pelóns e que era capaz de ofrecerche catro veces seguidas en menos de dez minutos, e se non querías che dicía que había queixo na neveira, ou empanada na porta de abaixo, ou unha caixa de galletas na porta de arriba...

Marchou sen despedirse, sen deixar nin sequera que a coidáramos como ela coidou de nós cando fixo falta. E se algo me doe e me lastima é saber que non verá medrar ao meu fillo, e que o noso Lois non a coñecerá, non terá ningún recordo dela cando o único que me queda agora son recordos. Sorpréndome ás veces pensando no que lle vou a contar o próximo sábado, en que teño que chamala para saber qué tal vai todo sabendo que me responderá que todo vello. Descubro entón que xa non teño infancia á que volver, que con ela marchou a memoria familiar e o lugar no que me fixen como son. E quedaron tantas cousas por contar, tantas conversas, tantos momentos...

Díxome un día, fai máis de vinte anos, que agora xa podía vivir do conto. Viña de gañar o único premio literario que gañei. Deixeille a rosa que me deron e marchei gastar as vinte mil pesetas cun bo amigo. Lamentablemente non conseguín vivir do conto, máis ben ao contrario. Tanto esforzo e tanto sacrificio, Tía, tanto traballar e loitar polos nosos e seguir traballando e preocuparse polos demáis e volver a comezar. Arrincarlle aos días o sustento coa certeza de que é o que nos queda aos pobres, traballar sen descanso, erguerse cada mañán sen tempo para pensar demasiado no que a vida non nos regalou e ao final marchar un soleado día de marzo, sen tempo de dicir adeus.

viernes, 15 de abril de 2011

Nociones de astronomía V: enanas blancas.

Una enana blanca es el estado final en la evolución de una estrella, con menos de 8 veces la masa total del Sol. Estas estrellas pierden gran parde su masa por emisión de viento solar y se transformarán en pequeños objetos de enorme densidad. Podemos decir que es lo que queda de una estrella cuando agota  su combustible nuclear.

http://observatorio.info/2004/01/ngc-2440-el-capullo-de-una-nueva-enana-blanca/

Sucede muy a menudo que nos encontramos, después de muchos años, con un antiguo conocido y descubrimos que ha perdido todo su brillo de antaño y se ha convertido en una persona gris y anodina. Si amigos, al igual que en el divertido mundo de las estrellas, galaxias, agujeros negros y civilizaciones extraterrestres, en el mundo social de los humanos también existen las enanas blancas.


Aquel muchacho guapo y divertido del que todos querían ser amigos ha pasado a ser un tipo solitario que mendiga en los bares la conversación de cualquier borracho que al cabo de tres cervezas termina llamándole amigo. Aquella rubia en minifalda que coleccionaba versos de buenos estudiantes y soñaba con los besos de los chicos malos ha ganado un quilo por cada año que ha pasado y un hijo por cada lustro. Y qué decir del matón de la clase, que tenía el record de expulsiones en una semana y presumía de robar el cepillo de la iglesia para comprar tabaco y ahora acude todos los domingos a misa y presume de tener un hijo monaguillo.

Las enanas blancas nos rodean. Personas que brillaron en otro tiempo, que eran admiradas y a las que todos querían parecerse pasan ahora totalmente desapercibidas y cuando volvemos a encontrarnos con ellas nos preguntamos qué demonios tendrían de especial. Algo perdieron con el paso de los años, algo se quedó por el camino y lo peor no es que nosotros nos demos cuenta, lo más triste es que también ellos se dan cuenta de que tuvieron su tiempo y pasó.