M. A. Barranco era un muchacho de buena familia que no estaba orgulloso de serlo. Su abuelo era un nazi que encontró refugio en la España de los años cincuenta y su padre un franquista reconvertido en diputado en los setenta. Como venganza, en los noventa se afilió a Izquierda Unida, y en lugar de hacer carrera diplomática, como le recomendaba su padre, decidió dedicarse al mundo literario. Pero antes de mostrar su rechazo al pasado familiar terminó sus estudios universitarios, hizo un máster en Ginebra y otro en Berlín y se pasó dos años viajando por el mundo, todo a cargo del erario familiar.
M. A. Barraco era una de esas personas con más voluntad que talento. Después de intentar sin éxito publicar su primera novela decidió pasarse al otro lado y creó su propia editorial, especializada en la edición en español de autores europeos, sobre todo alemanes y suizos. La fortuna quiso que los primeros títulos publicados fuesen un auténtico bombazo y en un par de años recibió una oferta millonaria de un gran grupo editorial para que vendiese su pequeño negocio. A cambio, pasó a ocupar un cargo de directivo en la gran empresa y con el tiempo que le sobraba, que era mucho, decidió representar a unos cuantos escritores nacionales cuya fama iba en aumento y que le reportaban un quince por ciento cada vez más jugoso.
M. A. Barranco era la demostración empírica del dicho popular que dice que dinero llama dinero, aunque a él le gustaba pensar que era un hombre hecho a sí mismo, orgulloso de romper con la tradición familiar consistente en convertir el dinero público en patrimonio propio y sin ningún prejuicio a la hora de de declarar su homosexualidad e irse a vivir con un muchacho de familia pobre del que se enamoró en un mitin de Gaspar Llamazares.
M. A. Barranco le sorprendió recibir una llamada de H. Ramírez. Tenía su número de teléfono grabado porque María Visitación se negaba a tener un teléfono móvil y a veces era imposible localizarla en su casa. Pero lo que más sorprendió a M. A. Barranco fue oír la voz de su compañero de piso y compañero sentimental desde hacía cuatro meses.
- Pero desde qué teléfono me estás llamando?
- Nada, desde el móvil de un tipo al que acaban de abrirle la cabeza. Intento llamar a su casa y nadie contesta, y como no tengo saldo aprovecho para decirte que hoy no iré a comer a casa.

