Como la historia es larga y complicada y el tiempo escasea iré por partes. El bar de Toño tiene al fondo un pequeño almacén con un ventanuco. Si una persona apilase un par de cajas de cervezas contra la pared podría colarse por este ventanuco. Ricardo lo hizo con unos cuantos cubatas encima cuando le dijeron que su mujer venía a buscarlo, pero no le sirvió de mucho. Ese ventanuco da a un sótano en el que Toño guarda, entre otras muchas cosas, su querida moto. Esto lo sabemos nosotros y lo sabía la mujer de Ricardo, que acostumbrada como estaba a las fugas etílicas de su marido decidió tomarse un café mirando hacia el viejo portalón por el que al cabo de unos minutos salió Ricardo. Su cara al regresar al bar y descubrir a su mujer esperándolo era simular a la que se me quedó a mí cuando salí del WC. Irene tenía un sobre en una mano y una pistola encima de la mesa. De pronto escuchamos el sonido de un frenazo y de un BMW salieron dos tipos con pinta de rusos. Irene se levantó mientras guardaba el sobre y empuñaba la pistola como si fuese lo más normal del mundo. Por el ventanuco, nos gritó Toño al tirarme las llaves de la moto. Irene miró a Toño, después me miró a mí y al ver que por la acera del viejo barrio se acercaban dos tipos trajeados caminando sospechosamente detrás de Hilario decidió seguirme. Obviamente, el sonido de una Harley al arrancar no pasa desapercibido para nadie y no me extrañó ver a los mejicanos corriendo hacia nosotros en cuanto abrí el portalón. Como la cosa no tenía nada que ver conmigo supuse que mi parte en esta historia habría acabado, pero Irene no opinaba lo mismo y antes de disparar contra los mejicanos me gritó que me subiera a la moto si quería vivir. Si, ya se que es una frase de Terminator, pero ya os dicho que Irene se había pasado unas cuantas semanas viendo la tele en mi piso.
Ya que estás aquí...
No dudes en preguntar, si tienes dudas, y en regresar siempre que quieras .
Bienvenido a Mar de Beaufort.
Bienvenido a Mar de Beaufort.
lunes, 12 de julio de 2010
viernes, 25 de junio de 2010
Las dudas de Irene
El sobre estaba encima de la mesa. Instintivamente metí la mano en el bolsillo interior de la cazadora. Mi seguro de vida continuaba allí, aunque a estas alturas no podría asegurar si las fotos y los documentos servirían para salvarme o iban a significar mi perdición. Todo había sido una locura desde el principio. Ahora mismo no puedo decir en qué momento comencé a implicarme en asuntos que siempre me habían importado más bien poco. Digámoslo claro, siempre he sido una persona concupiscente. Ganarme mi dinero para pagarme mis vicios. No aspiraba a nada más. Sólo tenemos una vida y lo único que podemos decidir es cómo vivirla. Nunca he tenido grandes pretensiones ni inquietudes, y por mi cabeza no pasaba involucrarme en ningún tipo de cruzada contra las injusticias o contra los malvados. Por eso me resulta tan difícil saber por qué un buen día me dejé convencer por Raquel para buscar en la embajada aquellos documentos. Tal vez la sensación de peligro, el subidón que nos provoca el sabernos sobrepasando ciertos límites. O simplemente fue para asombrar a aquella morena recién llegada a México, con su cara angelical y su ingenua creencia en que en el mundo acaban ganando los buenos. Te puedo asegurar que ese tipo es cualquier cosa menos solidario, le dije con ese tono típico de los que están de vuelta de todo. Aquel rollo de persona enterada, con un trabajo peculiar y con muchas anécdotas que contar siempre me había servido para llevarme a la cama a universitarias ansiosas de descubrir cómo funciona el mundo. Pero Raquel fue diferente, Raquel no quería saber, quería actuar. Y el lugar de acabar en la cama con ella me encuentro en un bar cutre, en una ciudad extraña, hermosa y fea a un tiempo, a un tiempo apetecida y detestada cual ser que nos atrae y nos desdeña. Esperando a que vengan a buscarme y con un sobre encima de la mesa que al final decido abrir para descubrir que el asunto parece mucho más complicado de lo que yo creía.
martes, 22 de junio de 2010
Lo que ve Hilario.
Las cosas comenzaron a complicarse cuando a los pocos minutos Irene entra en el bar. Hasta entonces había pensado que Hilario se proponía vacilar a los desconocidos y que al rato vendría contando que los había dejado llamando al timbre del piso vacío que hay en nuestro edificio. Todos sabemos que Hilario tiene un extraño sentido del humor. Pero de pronto Irene entra en el bar, habla con Toño y este le da un sobre. Al principio pensé que mi lamentable estado etílico me estaba jugando una mala pasada. Nunca había visto a Irene con gafas, pero sus largas piernas y su melena rubia eran demasiado inusuales como para poder disfrazarse con unas simples gafas de sol. No se si lo que más me asombró fue que hablase en castellano con Toño o que Toño me dijese que me quedase quieto cuando intenté levantarme para ir a saludar a mi extraña compañera de piso. Creo que es mejor que te tomes un café bien cargado, me dice mientras retira la cerveza que estaba a medio beber. La noche va a ser larga. Como Toño es la típica persona que siempre sabe de qué va la historia decido dejarle hacer y me voy al WC. La verdad es que no estaba preparado para ver lo que vi. Lo que vi al salir del WC, quiero decir, que lo mio ya estoy acostumbrado a verlo.
domingo, 20 de junio de 2010
El sobre de Irene.
Un tono. Dos tonos. Un tono. Esta era la señal convenida. Sabía perfectamente que no tenía tiempo que perder. Rápidamente metí toda mi ropa en la mochila, guardé el sobre en el bolsillo interior de la cazadora de cuero y me puse las gafas para salir a la calle. Sabía perfectamente a dónde tenía que ir y por quien tenía que preguntar. Si en una hora no venían a recogerme tendría que huir y buscarme la vida sola. Lo que no esperaba era aquel encuentro. La verdad es que lamentaba un poco no haberle dicho una sola palabra en todas estas semanas, pero era mejor así. Cuanto menos supiese de mí sería mejor para él. El problema es que ahora estaba apoyado en la barra del bar y tarde o temprano se daría cuenta de mi presencia. Las instrucciones eran claras y precisas. Simplemente debía decir que venía de parte de Raquel a buscar un paquete. Al poco rato tenía delante de mí un gran sobre acolchado con un número de teléfono anotado a lápiz. Después de llamar decido pedir un café y sentarme en la mesa más cercana a la puerta. Él seguía allí, mirándome con una extraña expresión en la cara y comencé a pensar que no me había reconocido. Al fin y al cabo nunca había oído mi voz ni me había visto con gafas.
Llega el deshielo. Con el verano en el hemisferio norte se abren todas las rutas a través del Mar de Beaufort. Después de tantas semanas de soledad se agradece ver algún vestigio de vida humana. Tal vez algún navegante sin rumbo fijo, tal vez alguna viajera que ha oído rumores en algún puerto lejano y decide acercarse por pura curiosidad... Ignoro las razones por las que una persona se acerca a este solitario lugar, pero agradezco la visita y sólo espero que haya encontrado algo interesante y el viaje no haya sido en vano.
miércoles, 16 de junio de 2010
Camas deshechas.
viernes, 28 de mayo de 2010
Chupitos de tequila.
Un par de tipos entran en el bar y se acomodan en la esquina de la barra. Yo estoy leyendo tranquilamente el MARCA, un poco aburrido ya del Mourinho y con ganas de que la Roja gane el mundial. Levanto la vista cuando el más alto de los dos le pregunta a Toño si conoce a un tal Hilario.
Si has leído lo anterior comprenderás que el Hilario nos resulta a veces tan incómodo como un grano en el culo, pero al fin y al cabo el grano y el culo es nuestro, y no estamos dispuestos a enseñárselo a cualquier desconocido que aparezca por el barrio. Supuse que el Toño le diría simplemente que no, que no conocía a ningún Hilario, pero olvidaba que eran las ocho de la tarde y que ya había empezado la fase gin-tonic.
Si has leído lo anterior comprenderás que el Hilario nos resulta a veces tan incómodo como un grano en el culo, pero al fin y al cabo el grano y el culo es nuestro, y no estamos dispuestos a enseñárselo a cualquier desconocido que aparezca por el barrio. Supuse que el Toño le diría simplemente que no, que no conocía a ningún Hilario, pero olvidaba que eran las ocho de la tarde y que ya había empezado la fase gin-tonic.
Con total seriedad el Toño le pregunta si Hilario con hache o Hilario sin hache. Los tipos se miran perplejos y al unísono le dicen que con hache, que Hilario se escribe con hache pero el Toño les dice que eso será en su país (los dos tienen acento extranjero), que aquí se puede escribir con hache o sin hache, igual que Helena o Elena.
Suele ocurrir en los bares que de pronto surgen tendencias pedagógicas en los clientes por lo que el más bajo de los desconocidos explica que no es lo mismo, que hasta dónde él sabe Hilario sólo admite la forma con hache, que deriva del término latino Hilaris, que viene a ser sonrriente o alegre, y que desde siempre ha sido con hache. Toño lleva toda la vida detrás de una barra y sabe escuchar, pero sobre todo sabe callar por lo que cuando el desconocido ilustrado termina su disertación vuelve a llenar su vaso de ginebra con un poco de tónica, me pone una cerveza y nos ofrece tabaco a los tres.
Yo ya sé que me va a meter en la conversación y después de la primera calada me pregunta si mi tío-abuelo, el que murió en América, no se llamaba Hilario sin hache. Yo le digo que sí, que es verdad, que el tío Hilario escribía su nombre sin hache pero que como decía mi abuela, su hermano menor era vago incluso para escribir.
Mientras doy un trago a la cerveza uno de los hombres me pregunta que en qué país estuvo mi pariente. Toño comprende que hay que ponerles otra ronda a los curiosos mientras que yo les digo que mi tío-abuelo estuvo treinta años en su país. En México? Me responden. Efectivamente, les digo, mientras me pregunto qué demonios querrán dos mejicanos trajeados de Hilario.
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