miércoles, 16 de junio de 2010

Camas deshechas.

Cuando Hilario entró en el bar los muchachos de Tijuana ya se habían bebido dos botellas de tequila, pero el que estaba borracho era yo. Debo aclarar que mi capacidad para articular palabras disminuye a medida que bebo cervezas. Con la tercera comienzan a resistirse las erres y las des, con la quinta la pronunciación en general se hace relajada y un poco ininteligible y al pasar de la media docena suelo repetir la misma frase un par de veces sin saber muy bien lo que quiero decir. Cuando Hilario entró en el bar estaba con la décima, por lo que nadie se enteró cuando le dije “Ostias, Hilario, que estos tipos preguntan por ti!” De hecho, hacia un buen rato que los mejicanos pasaban bastante de mí y discutían quien ganaría el Mundial. Afortunadamente, la capacidad de Toño para asimilar la ginebra era similar a la de los dos tipos para filtrar tequila, por lo que con la mayor naturalidad del mundo le preguntó a Hilario si conocía a algún Hilario, ya que nuestros dos acompañantes estaban buscando a uno. Parece ser que la noticia no sorprendió a nuestro amigo, que sin dudarlo dijo que el único Hilario que conocía era su nuevo vecino, y que si querían les acompañaba allí ahora mismo. Yo había comenzado a reírme ante lo absurdo de la situación, pero creo que buena parte de la borrachera se me esfumó cuando me di cuenta de que a dónde iban Hilario y los dos desconocidos era a mi casa. Pero en lugar de preocuparme por Irene o por las intenciones de nuestros acompañantes lo que realmente me puso nervioso fue que esa mañana no había hecho la cama. Tal vez era la borrachera, pero comencé a escuchar a mi madre diciendome que antes de salir de casa había que dejar la habitación recogida y los platos fregados.

No hay comentarios:

Publicar un comentario