domingo, 20 de junio de 2010

El sobre de Irene.

Un tono. Dos tonos. Un tono. Esta era la señal convenida. Sabía perfectamente que no tenía tiempo que perder. Rápidamente metí toda mi ropa en la mochila, guardé el sobre en el bolsillo interior de la cazadora de cuero y me puse las gafas para salir a la calle. Sabía perfectamente a dónde tenía que ir y por quien tenía que preguntar. Si en una hora no venían a recogerme tendría que huir y buscarme la vida sola. Lo que no esperaba era aquel encuentro. La verdad es que lamentaba un poco no haberle dicho una sola palabra en todas estas semanas, pero era mejor así. Cuanto menos supiese de mí sería mejor para él. El problema es que ahora estaba apoyado en la barra del bar y tarde o temprano se daría cuenta de mi presencia. Las instrucciones eran claras y precisas. Simplemente debía decir que venía de parte de Raquel a buscar un paquete. Al poco rato tenía delante de mí un gran sobre acolchado con un número de teléfono anotado a lápiz. Después de llamar decido pedir un café y sentarme en la mesa más cercana a la puerta. Él seguía allí, mirándome con una extraña expresión en la cara y comencé a pensar que no me había reconocido. Al fin y al cabo nunca había oído mi voz ni me había visto con gafas.

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