Hilario nunca tuvo demasiados problemas de conciencia. Tan pronto dice esto como hace lo otro, y aunque todos lo conocemos y a ninguno nos resulta grata su absurda conversación lo soportamos como se soporta llevar un paraguas en un día de lluvia. Al fin y al cabo es vecino y está en el grupo desde el principio. Y su presencia es inevitable pues la vida en un pueblo pequeño es lo que tiene, todos acabamos en los mismos bares y en los mismos actos sociales. Es cierto que a veces alguno de nosotros se ofende con sus comentarios y la velada acaba en discusión, pero al día siguiente ya está todo olvidado. Podríamos optar por el ostracismo, pero en nuestra tribu no se estilan esas maneras. Por eso todos escuchamos atentamente la historia sobre el tabaco que nos contó ayer. Conviene aclarar que Hilario es uno de esos fumadores ocasionales que nunca compran tabaco diciendo que no quieren coger el vicio pero en cuanto ven una cajetilla encima de una mesa no pueden resistir la tentación y antes de que te des cuenta te está pidiendo fuego. Es posible que comenzara a hablarnos de la nueva ley antitabaco para que a alguno nos entrara ganas de fumar y poder así gorronearnos un cigarro. Con Hilario todo es posible. Lo cierto es que comenzó a hablarnos de una noticia ocurrida hace años en algún lugar de Estados Unidos. Nos dijo que en un pueblo comenzaron a aparecer personas asesinadas con extrañas heridas en la garganta. La policía pensaba en un principio que se trataba de algún tipo de ritual ya que a las víctimas les arrancaban la lengua y partes de la mandíbula, pero las autopsias demostraron que en realidad se trataba de una putrefacción que literalmente hacía desaparecer los tejidos blandos. Después de investigar a cada una de las víctimas lo único en común que se encontró entre ellas era que todos eran fumadores empedernidos de la misma marca de tabaco. Como dos o tres de nosotros ya teníamos un cigarro en la boca comenzamos a argumentar que eso era una leyenda urbana, que si esto fuera así las autoridades sanitarias ya lo habrían utilizado para una campaña antitabaco, pero Hilario nos contó que en realidad lo que había ocurrido es que en uno de los lotes de tabaco que había llegado a aquel pueblo había una especie de cucaracha en forma de larva que conseguía sobrevivir al proceso de quemado y se alojaba en los pulmones del fumador. Que tardaba un par de días en desarrollarse y que después salía del cuerpo comiéndose al huésped. Todos estallamos en una sonora carcajada, pero al poco todos habíamos apagado nuestro cigarro. Todos menos Hilario, claro, que seguía riendo mientras tarareaba la musiquilla de Expediente X.
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