miércoles, 3 de febrero de 2010

Hay personas que necesitan convencerte de sus bondades. Te dicen que no les gusta hablar mal de nadie, pero que tengas cuidado con este o con el otro. Te halagan diciéndote que tú eres como ellos, y no como los otros, y acaban utilizando el nosotros para incluirte en un grupo en el que tú no quieres estar. Cuando trabajaba tenía que oír muchas veces el mismo discurso. Gente que no me conocía de nada comenzaba diciéndome que se notaba que yo no era como los demás para a continuación poner verde a cualquier compañero. Siempre terminaban diciendo que ellos no eran así, que es una forma de decir que son mejores que los demás y que lógicamente, como yo tampoco era como los demás pues era como ellos. Nunca me han gustado las tribus y sin embargo reconozco que a veces es mejor no aclarar las cosas. Dejar que cada cual te encasille donde le parezca y tú tener claro cuál es tú lugar. Al fin y al cabo, nunca conseguirás que te mantengan al margen pues incluso cuando te ignoran no hacen más que reafirmarse como miembros de un grupo en el que no eres admitido.
Pero hablaba sobre los que intentan convencerte de lo buena gente que son a fuerza de halagos. A veces te hacen sentir un poco ingenuo pues casi todo el mundo tiene una opinión sobre las cosas y sobre las personas que nos rodean. Puedes estar equivocado, es cierto, pero siempre que una persona insiste en convencerme de sus bondades comienzo a sospechar e intento mantener cierta distancia para poder formarme una idea propia. Por experiencia puedo afirmar que aquellos que están continuamente “vendiendo” sus bondades intentan, más que nada, ocultar sus defectos. Y siempre me ha gustado la gente íntegra y completa. Con sus virtudes y con sus pequeños defectos.

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