martes, 19 de enero de 2010

Todas la ideas nos parecen buenas durante una noche de insomnio. Bien, todas las ideas literarias nos parecen buenas. La vida en general suele parecernos más difícil de lo que es, solemos dar vueltas y más vueltas a algún problema que nos preocupa y que durante el día, con las distracciones y el ritmo vital apenas llega a parecernos problema. Suele ocurrir también que comencemos pensando en una cosa y casi sin darnos cuenta nos encontramos girando en una especie de montaña rusa mental. Aparecen viejos recuerdos, alguna palabra que debimos silenciar y no hicimos o algo que nos quedó por recordarle a aquel cretino que aguantamos tanto tiempo. Y al final lo que era simple dificultad para conciliar el sueño se convierte en un auténtico repaso de pequeñas infamias o de arrepentimientos.
Cuando me sucede a mí decido pensar en historias, en posibles relatos para contar o simplemente me dedico a darle más vueltas a las que ya tengo en la cabeza. A veces incluso me levanto y escribo en un folio las ideas principales. Al principio era tan escueto que al despertarme por la mañana no tenía ni idea de lo que querían decir esas cuatro palabras anotadas en una cuartilla. Ahora no solo anoto la idea en cuestión, sino que incluso indico el tipo de narrador, el tiempo, la persona que narra y alguna pequeña sorpresa para el lector.
Absurdo. Al levantarme la idea ya no me parece tan buena, el narrador no acaba de saber qué debe narrar y la sorpresa resulta ser una auténtica obviedad. Es lo que tienen las noches, que todo lo magnifican. Lo bueno parece demasiado bueno y lo malo parece una auténtica tragedia.

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