Apenas he llegado y ya echo de menos mis cuadernos, mis pequeñas anotaciones en papeles o servilletas de cafeterías, la absurda costumbre de comenzar relatos que van quedando amontonados en los bolsillos de las cazadoras, en los libros que a veces leo o en cualquier rincón de mi casa.
Si, en Mar de Beaufort me siento una persona de otra época. Hasta ahora mis pensamientos quedaban plasmados en la página en blanco de un modo lento, con una caligrafía fea, a veces ilegible incluso para mi. Pero era algo propio y característico, original si me permitís. Mi letra es mía, durante años ha ido cambiando conmigo. Tengo viejos cuadernos que lo atestiguan. Es cierto que hay cosas que no recuerdo haberlas pensado, y mucho menos haberlas escrito, pero esa escritura única me delata. Fui yo.
Pero en este mar todo es diferente. Veo mis pensamientos en una pantalla y se que no son palabras sino simple combinación de unos y ceros. Información y nada más. Y tú, que navegas ahora en el Mar de Beaufort, estás leyendo una parte de mi, accedes a un cuaderno que antes era íntimo y personal, y sin embargo desconoces todo lo demás, lo ignoras todo sobre mi. Aquí, en los hielos perpetuos, sólo hay lugar para la palabra y su significado. Todas las connotaciones, recuerdos o sentimientos que ahora te asalten los pones tú pues como bien puedes suponer, Mar de Beaufort es un vacío blanco y nocturno la mayor parte del año.
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