jueves, 21 de enero de 2010

Para mi desgracia piso una caca de perro. Y lo peor no es eso, lo peor es que me entero cuando subo las escaleras de la biblioteca pública. Decido seguir el rastro que he ido dejando, salgo a la calle y en el jardín intento limpiarme la bota con el césped recién segado. Ya sabéis, adelante y atrás, de un lado y de otro lado. De pronto oigo ladridos a mi espalda y cuando me vuelvo veo a un perro (lógicamente, lo extraño sería ver a una vaca que ladre). El perro en cuestión es de una de esas marcas pequeñas pero ruidosas, famosos por tirarse a tus pies cuando vas en bicicleta o por ladrarte siempre a cinco metros de distancia. El caso es que al verlo no pude evitar susurrar que era lo que me faltaba, que un chucho me ladrará por intentar limpiar mi bota de los restos que un congénere suyo había olvidado en la acera. Obviamente, debí de ponerle cara de pocos amigos, o de malas pulgas para adaptarnos al medio, y su enfado fue en aumento. Pero lo peor no fue esto. Lo peor fue que el can estaba sacando de paseo a una señora que ni corta ni perezosa comenzó a gritarle “Cuidado, Pin, cuidado, que te va a morder!” Sorprendido miré para aquella señora para decirle que no, que en realidad lo que me pedía el cuerpo era morder al cerdo/a que sacó al animal para que hiciese sus necesidades en la acera. Pero un vistazo sirvió para comprender que sería inútil. Hay gente que prefiere justificar las molestias que causan sus perros antes que comprender el malestar que provocan en el resto de los humanos.

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