Ocurre a veces que me veo a mí mismo en los demás. Un grupo de amigos en un bar, universitarios estudiando en la biblioteca, jóvenes que todavía creen que cambiarán el mundo por no querer parecerse a sus padres. A poco que me fije identifico a mis propios amigos en otros rostros (a veces incluso hay similitudes físicas) y cada vez me sorprendo menos al comprender que todo son roles. Van cambiando los actores, pero las relaciones permanecen. En todo grupo hay un líder, un gracioso, un tímido, un incomprendido. Eso lo veo ahora, claro. Pensamos que somos únicos, que somos originales y que nuestros amigos son auténticos, que no existen otros como ellos. Después vamos tropezando con personas que nos recuerdan a tal cual conocido, y en alguna conversación nos cuentan historias que son idénticas a nuestras propias historias. Es por eso que a veces veo reflejado en otros el joven que yo fui y tengo la impresión de que las historias se repiten. Tal vez cambien las formas, las modas y los contextos, pero creo que en el fondo las relaciones dentro de los grupos permanecen más o menos igual. Tal vez aquellos pitufos de nuestra infancia eran algo más que unos tipos azules que cantaban. No tenían nombre propio sino que se caracterizaban por el rol que desempeñaban dentro del grupo.
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