domingo, 12 de marzo de 2023

A chave máxica.

 


Ao sur das Montañas Biruxe, entre o río Bolb e o lago Oreta había unha pequena vila na que a vida era moi divertida e agradable. Non facía moita calor no verán nen moito frío no inverno. Nevaba de cando en vez, e sempre chovía o suficiente como para que non houbese sequía e nunca tanto como para provocar innundacións. 

Era, en definitiva, unha vila perfecta para vivir, pero moitas mañáns todo o mundo parecía alterado e podíanse oír berros e enfados por todas partes. Nas tendas e nas casas aparecía todo revolto, coas cousas cambiadas de lugar ou mesmo escondidas debaixo das mesas ou metidas en lugares nos que non deberían estar. 

Así, cando o zapateiro chegaba ao seu taller e descubría que todo estaba desordenado comenzaba a rosmar e pensaba que foran os fillos da viciña os que entraran pola noite a xogar coas súas cousas, e a viciña, que tamén tiña a casa desordenada, pensaba que foran os fillos do zapateiro. E o mesmo pasaba co froiteiro e co pescadeiro, e co taberneiro. Todos chegaban pola mañá aos seus traballos e o tiñan todo desordenado.

Como a situación se repetía unha e outra vez, os viciños reuníronse e decidiron tomar medidas. Ao principio botábanse as culpas uns a outros, pero cando comezaron a vixiar polas noites e a facer quendas para descubrir aos culpables de tanto desorde nocturno descubriron que algunhas noites baixaban das montañas tres luces que vagaban polas rúas do pobo e entraban en todas as casas e en todos os comercios. 

Non tardaron en decatarse de que eran tres pequenas fadas pero cando quixeron falar con elas e preguntarlles porqué facían o que facían non puideron entenderse con elas. Como todos sabemos, as fadas son moi reservadas e só falan con quen elas queren e cando lles peta.

Unha noite na que estaban na panadería espertaron a Violet, a filla da panadeira, e cando a nena se achegou, elas non marcharon senón que lle explicaron que o que andaban buscando era a chave do portal que había no lago Oreta. Era unha chave máxica que só se podía ver polas fadas nalgunhas noites e por iso, de cando en vez, baixaban a rebuscar polo pobo. 

A partir dese día todos quixeron axudar ás fadas. Deixábanlles vasiños de auga e froitos secos, e moitos nenos e nenas quedaban espertos polas noites agardando a visita das fadas para axudarlles a buscar a chave máxica. Ata que un día, na casa de Violet, a chave apareceu. 

As fadas quixeron agradecerlle a Violet a axuda, e por iso lle regalaron un colgante con forma de gato e lle dixeron que cando chegara o verán fose a visitalas ao lago Oreta co colgante posto.

Dende aquel día Violet foi riscando no calendario os días que ían pasando antes das vacacións de verán.  

 (Like para a segunda parte)




sábado, 11 de marzo de 2023

El loro de Flaubert. Julian Barnes.

 


Exclusiva.

Sin duda gran parte del éxito de críticas que tuvo esta novela en su momento se debe a que parece una obra escrita para críticos literarios y profesionales de la literatura. No en vano, el protagonista es un especialista en la vida y obra de Flaubert que está obsesionado con saber que fue del loro disecado que el autor de Madame Bovary tuvo en su poder mientras escribía un relato corto llamado "Un corazón sencillo".Y la historia de este loro tiene su miga, sobre todo porque existen dos o tres lugares que dicen tener el verdadero loro que inspiró a Gustave a escribir su obra.

Sin duda, Julian Barnes se divirtió bastante escribiendo esta novela, sobre todo por la libertad con la que pasa de un estilo a otro, empleando sin ningún pudor un estilo más propio del ensayo para explicarnos un sinfín de anécdotas sobre el loro y sobre Flaubert, los contactos que mantuvo con sus coetáneos y las rarezas del escritor. No me extrañaría que parte de esta novela formase parte de algún tipo de tesis o trabajo universitario del autor.

A pesar de que la trama no llega a ser demasiado interesante en ningún momento, la novela está muy bien escrita y ofrece algunas reflexiones sobre la condición humana y sobre las obsesiones que a veces se apoderan de nosotros. Acompañamos al doctor Braithwaite en su búsqueda y compartimos sus inquietudes y sus vicisitudes, y por momentos llega a parecernos interesante ese halo de misterio que nos hace dudar de sus verdaderas intenciones. Acaso no hay ciertos aspectos de su personalidad que parece compartir con Flaubert; algunas taras en sus relaciones personales, sobre todo en sus relaciones con su mujer, que parecen indicar que también el protagonista es una persona de carácter complicado y a veces caprichoso.

De todos modos, el protagonista de la novela es la obra de Flaubert, ya no tanto el loro o el propio escritor, sino más bien su vida, cómo influyeron las relaciones que mantuvo con otros intelectuales y escritores de su época en su personalidad y en sus escritos. Y aquí es donde el estilo a veces algo intrincado y oscuro se adapta perfectamente a la narración. No es fácil comprender una personalidad como la de Flaubert del mismo modo que a veces no es fácil la lectura de El loro de Flaubert. Hay numerosos matices que seguramente se nos escapan, reflexiones vitales y filosóficas que hacer que esta novela requiera cierto esfuerzo intelectual por parte del lector. No se trata de una novela complicada ni con un lenguaje rebuscado o demasiado académico, pero hay algunos tramos en los que el contexto es mucho más importante que la trama y el autor, más que el protagonista, emplea páginas y páginas en describir alguna batalla o algún suceso de la época.

Y este es otro punto en el que la novela, desde mi punto de vista, no llega a ser creíble de todo. Demasiadas veces escuchamos al autor en lugar de al narrador. Tal vez por tener tantas páginas en las que no sucede nada, o por el exceso de datos históricos y académicos. Lo cierto es que el narrador no llega a convencernos, se nota cierto artificio en su discurso y esto no estaría mal si al final hubiese algo más, un descubrimiento que diese sentido a las decenas de páginas que parecen formar parte de un trabajo académico; una relación directa entre el narrador y el loro; que al final el loro fuese una cacatúa... Me esperaba algo así, la verdad.

En definitiva, El loro de Flaubert es una novela bien escrita y entretenida que hay que leer si estás interesada en la vida y obra de Flaubert y en el contexto social, cultural y político en el que vivió (la Francia de la mitad del Siglo XIX). 


viernes, 10 de marzo de 2023

Gominolas

 


Son las pequeñas cosas de cada día las que endulzan las vidas. Un buenos días con una sonrisa en la boca; doble de galletas con el café; el amable conductor que nos cede el paso en la rotonda; la dependienta que nos ayuda con un libro que parece esconderse de nosotros...

Son pequeños detalles que van iluminando nuestro camino como las lejanas estrellas iluminan el firmamento nocturno. Quizás su influencia no es imprescindible para vivir, pero si hacen que todo tenga un color distinto, que el mundo sea más agradable.

Y así, un día cualquiera nos pillamos unas chuches y caminamos bajo la lluvia compartiendo esa pequeña alegría que da el azúcar y su cara de plenitud. Tal vez el truco está en centrarse en ese preciso  momento, en hacer que todo gire en torno a esa gominola que ahora están comiendo. 

Sin duda, si nos centrásemos más en esas pequeñas cosas que nos hacen felices todo giraría mejor y el mundo sería un lugar más dulce. 






jueves, 9 de marzo de 2023

Las primeras trescientas una!!

 



que La del alba sería cuando don Quijote salió de la venta tan contento, tan gallardo, tal alborozado por verse ya armado caballero, que el gozo le reventaba por las cinchas del caballo.*

Todo está inventado ya, y aunque no todo lo inventó Cervantes, hay que reconocer que el tipo sabía contar historias y entrelazar capítulos. Pasar de 300 a 301 no fue fácil, diré incluso que fácilmente podría no haber ocurrido, pero nos atrevimos a dar un pasito más y como la mañana invita a pasear seguiremos el camino y tal vez lleguemos a algún lugar. 

Siempre llegamos a algún lugar, aunque no siempre estemos en el lugar adecuado. 

Pero ahora estoy aquí, y como me quedan aún muchas lecturas por delante y algunos pensamientos que vendrán pues seguiremos adelante un poco más. 

Pero basta ya de retruécanos, pleonasmos y perogrulladas, que no estamos para juegos de palabras aunque sea en las palabras donde quiero yo fijar mi propósito vital. 

En definitiva, y como decíamos ayer (para seguir con los clásicos del Siglo de Oro) todo lo que tengo que deciros es que aún tengo que deciros todo lo demás. Y lo demás, además, no importa, que ya lo dijo Machado, y a Machado, queridas lectoras, amigo lector, siempre hay que escucharlo con atención y cariño, que además de profesor era buena gente. 

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya
-así en la costa un barco- sin que el partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.

 

Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguardar sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

Antonio Machado 




* Don Quijote de la Mancha, capitulo III de la Primera parte. Edición del Instituto Cervantes del año 2004

miércoles, 8 de marzo de 2023

Las últimas trescientas!!

 


Las cien primeras fueron en abril del 2012, las doscientas primeras en enero del 2020 y ahora llegan las trescientas primeras!

No podemos negar que llegamos aquí por casualidad, que hace un año yo andaba a otra cosa y el blog estaba sin actividad, y sin muchas ganas de volver a activarlo pero comenzamos el 2023 con ganas y aquí estamos, con una buena racha de publicaciones y con un ritmo de publicaciones que nunca he tenido. 

¿Qué decir que no hayáis leído ya? Mi falta de constancia es de sobra conocida y de nada serviría ahora empezar a proyectar nuevos rumbos o intentar hacer cambios que no se mantendrán en el tiempo. 

Son días complicados, buscando un nuevo equilibrio, ritmos distintos que nos hagan avanzar. Y tal vez, aprovechando que todas las historias que estaban a medio escribir están ya publicadas y que 300 es una buena cifra, sea esta entrada la perfecta para acabar. 

Me preguntaba en el año 2018 ¿cómo cerrar un blog? En aquella entrada me daba un plazo de un año para escribir 46 relatos y cerrar la puerta al salir. 

Y no os negaré que sería muy efectista dejarlo como una novela que leí una vez (y he olvidado) en la que la narración se interrumpía de manera abrupta en medio de una frase y así acababa.

No está mal, eh?

No es mala idea dar por finalizado este blog con una simple palabra, sin tanta explicación y sin pensarlo demasiado. Total, todo lo que tengo que deciros es 



 



martes, 7 de marzo de 2023

A boneca (e III)

 


(I)

(II)

(III)

A partir deste momento tranquilizouse. Ainda que aquela familia estaba sendo totalmente violentada na súa intimidade, non había nada que fixera pensar que corrían perigo algún. Para aqueles que estiveran analizando información a súa presenza sería simplemente o decorado no que aquela boneca actuaba. Supuxo que de todas as horas de grabacións que figuraban naqueles arquivos, só serían importantes aqueles nos que aparecía a boneca.


Xa case se esquecera de todo o asunto cando uns meses despois recibíu o encargo de desinstalar todo o sistema de vixiancia da casa. Empregaron o mesmo plan que cando procederon a instalar todas as cámaras e micrófonos, e igual que a outra vez, escolleron un xoves para introducirse na casa. Todo foi ben ao principio. O seu colega ocupouse da planta baixa mentres él subíu á planta de arriba e comezou a recoller todos os pequenos aparellos que instalarán uns meses antes. Foi ao chegar a habitación cando se lle ocorreu a idea.

En todas as semanas que pasaron dende que foi consciente do asunto non se lle ocorrera pensar no valor que podía ter aquela boneca, pero foi ao vela alí, enriba da cama a medio facer, cando pensou que igual podía sacar o suficiente para retirarse.


O asunto parecía bastante fácil. Coller a boneca e buscar alguén a quen venderlla. Estaba seguro de que movendo algúns fíos nos lugares axeitados conseguiría atopar a alguén interesado no tema.

Sen embargo alí mesmo rematou o seu intento. Antes mesmo de abrir a porta para saír da habitación coa boneca na man, escoitou un golpe seco. Non houbo tempo para máis nada. O último que viu antes de que o seu crania se quebrara foi un reflexo estraño nos ollos daquela boneca. 


Ao outro lado alguén ollaba para un monitor.



lunes, 6 de marzo de 2023

Mar de Beaufort: Os dous corvos.




Hoxe ides permitirme que repita unha publicación do ano 2019. 
Sen dúbida, volven voar xuntos.

Mar de Beaufort: Os dous corvos.


O autobús das once e media sube con atraso, pensou ela mentres intentaba ver a hora a través das vellas cortinas da cociña. Levaba un bo pedazo ao sol, á beira do pozo, mentres el ía da cancela ao cabazo, do cabazo ao vello alpendre onde gardaban o tractor e outra vez a empezar. A mesma historia de todos os días, semana tras semana e mes tras mes. Facía tempo que xa non tiñan presa. Que presa ían ter, con fillos convertidos en homes e as netas xa criadas e estudando na capital. A vida pasara como un suspiro e agora xa non tiñan nada que agardar, e sen embargo ela notaba nel a mesma inquedanza dos vinte anos, cando mercaran aquel terreo e cada día despois do xornal él ía arrombando pedra sobre pedra para ir facendo aquela mesma casa na que agora deixaban pasar as mañás ao sol.
Daqueles primeiros días recordaría ela as ganas que tiñan sempre de comerse, os encontros apurados e intensos en calquera lugar, donos como eran de si mesmos e do seu tempo. Mesmo cando a súa preñez xa era molesta para todo aínda lle quedaban ganas para arrimarse a él e deixalo facer. Agora mirábao e aínda podía ver nos seus ollos negros algo daquela fogosidade, unha necesidade de ocupar o tempo, de estar sempre facendo algo. Así fora toda a vida e así levantaran a casa e a familia. Volveu mirar para el. Agora entretíñase coas polas do vello carballo, o que plantara no fondal, á beira da pista da Igrexa Vella. Trouxérao coa carretada de leña que xuntara para acender o forno pola vez primeira. Ela recordaba aquel día porque fora cando nacera a maior das súas fillas, a que tan enfermiña estivera. Aquela árbore convertérase co tempo nunha parte moi importante da casa, de feito para os veraneantes e os da vila era coñecida como a casa do carballo. Aos indianos dáballes por plantar palmeiras ou pinos, pero el decidira plantar un carballo do monte. Daralle forza á terra, miña sogra, díxolle no momento de plantalo á nai da súa muller, que viñera pasar uns días na casa para atender no parto á súa filla. Canta vida pasara á sombra daquela árbore. Ela achegouse a el cun par de brincos e xuntos escoitaron as doce badaladas no reloxo do concello.
O atraso do autobús das once e media era xa moito. Nos últimos meses afixéranse a ver pasar o autobús cada mañá. Servíalles para marcar o tempo, para situarse no día. Media mañá ía fora e era o momento de saír voando cara os prados, no outro lado do Regato da Loba, onde o sol non chegaba até ben andando o día. Despois volverían polo alto do Muiño e atravesarían a aldea de Ferreira. Con algo de sorte poderían dar un pe de leria con algún que, coma eles, xa non levaba máis ansia que recordar os días pasados.
Os da guerra foran os peores. Ela preñada de novo e a meniña tan falta de todo. Aquel inverno pensou que lle marchaba, que Deus noso señor llela arrincaba das mans. E se lle cadra esa era súa intención, que ben sabían eles que Deus nunca os tivo en moita estima. E non foi Deus, senón a vella tola que vivía no Soutovello a que se ocupou da meniña, a que cada un dos días nos que o seu home estivo no fronte de guerra viña pola casa e sempre traía algo. Media de leite, unha bola de pan, un par de chourizos. Téñolle lei ao teu home, dicía aquela muller da que contaban que toleara ao nacer por un mal vento. Ao parecer sempre que baixaba do monte paraba na súa porta para deixarlle unha pouca leña de carballo para pasar o inverno ao quente, ou estrume para a corte da ovella ou simplemente para darlle conversa do que fora, que ben sabía ela que aquel mozo, que non a coñecía de nada, o que quería era saber se estaba ben ou se lle faltaba algo. Tes un bo home, diríalle un cento de veces, non o vaias deixar marchar. E ben sabía ela que tiña un bo home da casa, e por iso non lle importou cando volveu da guerra con media perna esnaquizada, que pouco faltou para que lla cortasen. E por iso non deixou de ir un só día a cidade a visitalo ao hospital no que estivo tantas semanas ingresado antes de poder traelo para casa. E por iso durante todos e cada un dos anos seguintes sentiuse feliz a carón daquel home co que sacou adiante a familia sen importarlle ren os comentarios da estirada xente da vila, que sempre había algunha que a miraba para ela con cara de pena. E ela sorría é pensaba que o que lle faltaba de perna non impedía que fose un home na cama, e aí estaban as cinco criaturas que criaron para demostralo. E cando lle dicían vaia muller, vaia pena o do teu home, con esa perniña que ten que da pena velo camiñar ela respondía que tiña as súas vantaxes, que así non apuraba as tardes dos domingos á Casa da Xenoveva, como facían os homes da vila despois do partido. Que a saber que era o que lles faltaba na casa para ter que buscalo fora.
Unha nube atravesa rapidamente o ceo e polo chan deslízase unha sombra. Sen pensalo van buscando a parte soleada da horta e chegan ao beiral de diante do arrimo. Naquel comareiro fixeran o cerrado para os ovellas e aínda agora notábase que o terreo era distinto, coma se a herba gardase memoria dos moitos anos de abono e pastoreo. Cando ampliaran a estrada da vila leváranlles unha boa parte de terra e quedara unha pequena franxa de terreo entre a casa e o asfalto. Moita carraxe tiveran que tragar, coñecedores como eran de que o aparellador do concello fixera e desfixera para que lles levasen a eles a maior parte do terreo. No outro lado estaban os montes dos da Piluca, os falanxistas da vila, e ben sabían que non valían papeis nin reclamacións. Era ela a que tiña que calmalo e convencelo de que non había nada bo para eles no Concello, que non había necesidade de volver por alí e que o mellor era deixar as cousas como estaban. Foi ela a que nas noites nas que viña bravo e rumiando calquera barbaridade lle poñía a unha das pequenas no colo e unha culler na man para que lle dera o caldo. E a que deseguida as metía na cama da habitación pequena para deitarse espida ao seu carón e irlle arrincando de vagar, con cariños e bicos, os malos pensamentos e a xenreira. Nunha desas noites foi cando fixeron os xemelgos. Ela non quixo saírse a pesar de que el a avisou repetidas veces, que lle deixara sacar o boi do xugo antes de que a carretada marchara polo camiño abaixo. O que teña que vir que veña, bisboulle ela mentres coa lingua lle percorría o borde das orellas e finalmente, debruzándose sobre el, sentiu no seu interior a intensidade daquel home, a forza e mesmo algo da rabia que fora acumulando durante aqueles meses de ir e vir ás oficinas do Ministerio na cidade. Aínda agora, ao recordalo, sente un pequeno estremecemento no seu interior, un movemento das ás da memoria que a fan voar a aqueles días, o parto no que a vella tola do Soutovello lle dixo que viñan dúas criaturas, e el respondeu que a vida tiña estas cousas, que agora que os do Ministerio lle levaban o terreo eles aumentaban a familia por partida dobre. Co paso dos anos, os dous saben que ao final os días van poñendo a cada un no seu lugar, e que non foi casualidade que fora un dos xemelgos o que lle gañou a praza de Arquitecto do concello ao menor dos da Piluca, co moito que alardearon na praza dos estudios que lle estaban dando aos fillos, que parecía que só os deles podía estudar e ao final todos foron estudando e todos foron facendo as súas cousas e tamén os fillos dos pobres chegaron a se profesores ou doutoras ou dentistas, como a súa pequena, a que veu porque lle cadrou, porque ela se despistou e a verdade é que pensou que aos seus anos xa non tiña o forno para máis bolos e como aos corenta case tiñan tanta fame como aos vinte pois comían de calquera maneira e pasou o que pasou. E ben que agradecen cada día a sorte que tiveron con eles, que as criaturas sempre son a alegría das casas, e se de algo están fachendosos é das mulleres e homes en que se converteron aquelas crianzas que entre os dous sacaron para adiante na mesma casa na que agora

Escorréntanse polo bruído dun camión pola estrada. O tempo foi pasando entre recordos e xa o día está mediado. O autobús das once e media debeu subir sen que se decataran e agora estaba a piques de volver para abaixo, coa pouca xuventude que aínda vive na vila e que fan o camiño de regreso a casa. Aquela vila sempre fora das máis poboadas da comarca, e mesmo na aldea había unha morea de crianzas facendo carneiradas polos prados e as leiras. E os seus igual que os outros, rompendo o que tiñan romper, meténdose en liortas de cando en vez e mesmo chegando co nariz roto por unha pedrada ou pola pancada dalgún con máis forza ou con máis xenio. E todo foi pasando tan rápido, o instituto na cidade, os estudos en Santiago ou na Coruña, ou a Madrid que se foi a máis nova a rematar, a as vidas que os foron separando, as parellas, os netos e a netiña que saíu cuspidiña a ela, cos mesmos ollos alegres e o pelo rizo que da gloria vela.

Vai anoitecendo e regresan con calma á súa casa. O tellado de lousa, paredes con verdosas marchas na fachada que mira ao norte, as marcas que deixou ao seu paso o furacán Hortensia cando levantou as uralitas do vello alboio e as espetou contra a casa.

A última raiola de sol ilumina o tellado. O sol escóndese por detrás da Serra da Capelada. Míranse unha vez máis e saben que é hora de recollerse. A vellez, cando vai acompañada de moitos anos de compaña fai que as persoas non precisen das palabras para comunicarse. Case á vez abren as ás e voan cara ao vello carballo. Póusanse na pola máis grosa e agardan, como fan todas as noites dende fai xa moitos anos, dende que o seu tempo foi pasado e escolleron regresar noutra forma ao lugar no que foron tan felices. Abeirados agardan a que chegue a noite e que un novo día lles permita recordar todo aquelo que foron, sabedores como son de que a vida pasa nun suspiro, pero algo dos amores serenos queda nos espazos que algún día habitaron.