Hoy hace tres años que comenzó todo. Aquel domingo del mes de julio ninguno de nosotros se percató de la magnitud del problema. Cada uno buscó una explicación individual pues todos pensamos, obviamente, que lo que sucedía nos sucedía solamente a nosotros. La juventud, tan dada a los excesos etílicos, pensó que se trataba de los efectos del alcohol y las bebidas carbonatadas; las parejas sin hijos buscaron una explicación en la cena en casa de los amigos y en ese vino tinto que tan bien entraba; los padres y madres se acordaron de las palomitas y los refescos que compartieron con sus hijos en la sesión de las seis; las viudas lamentaron haber terminado esa tableta de chocolate que secretamente saborean cada sábado mientras ven el programa de cotilleos de la tele y los miembros de la corporación municipal sonrieron de satisfación al pensar en la mariscada con la que habían celebrado su primer año de gobierno, sobre todo teniendo en cuenta que la factura había ido a parar al capítulo de gastos de representación del ayuntamiento.
Resumiendo, que aquella mañana del año 2008 cada uno de nosostros tenía una explicación lógica para lo que nos estaba sucediendo y durante unos días a nadie le extrañó que a fulanito o a menganita le pasara lo mismo desde el mismo día. Y esto continúo así hasta que algunos decidieron ir al Centro Médico y el Dr. Cospedal comenzó a hablar de epidémia vírica y de dietas blandas a base de patata cocida, zanahoria y pollo, que además de ser muy beneficiosa para la salud permitía un considerable ahorro en la economía familiar. Todos sabemos la desmesurada afición del Dr. Cospedal por adelgazar a sus pacientes mientras él luce una hermosa y cuidada panza.
Fue en aquel momento cuando se crearon los primeros CCBE (comités ciudadanos para la búsqueda de explicaciones), que en un principio se dedicaron a entrevistar a los vecinos para saber exactamente cómo comenzaron los primeros síntomas y qué posibles coincidencias existían entre todos nosotros. Todavía conservo algunos de los informes redactados por los CCBE y la única conclusión a la que llegamos en aquel momento es que a todos los vecinos nos ocurrió lo mismo la misma noche, independientemente de la edad o el sexo. Únicamente los menores de cinco años no parecían afectados por el extraño suceso, y meses después, cuando el pequeño Matías cumplió los cinco años, descubrimos que a esa edad se manifestaba el problema de forma irreversible y sin ningún tipo de solución.
Mi mujer se pasó dos días llorando. Después de tres meses de gimnasio y operación bikini (no recuerdo haber pasado tanta hambre en mi vida) amaneció un día con una barriga tan voluminosa como cuando estaba embarazada de nuestra segunda hija. A mí no se me notaba tanto pues como bien saben los que me hayan visto en la tele, siempre fuí un poco barrigón. Debo confesar que al principio me burlé de ella pues estaba convencido de que todo se debía al fin de semana en casa de mi suegra, pero con el paso de los días comencé a preocuparme ante la idea de que se tratase de alguna enfermedad rara provocada por el agua o por alguna sustancia utilizada en las granjas de avestruces que el alcalde había construído a las afueras del pueblo.
Finalmente nadie supo darnos una explicación. De la noche a la mañana los doce mil quinientos treinta y dos vecinos del pueblo aparecimos con una barriga cervecera, proporcional a nuestro peso y altura y de forma esférica. Análisis posteriores demostraron que no se trataba ni de tejido adiposo ni de alguna formación quística o tumoral. Simplemente nuestros cuerpos desarrollaron una especie de balón relleno de una sustancia acuosa que todavía no ha sido identificada. Mientras tanto en mi pueblo hemos hecho de nuestras prominentes panzas un signo de identidad y no nos importa que nos llamen Los Barrigolas. Estamos orgullosos de ser como somos pues nos sabemos únicos y observados por científicos, médicos e incluso por un par de agentes del FBI que llegaron hace un par de semanas y parece que han decidido quedarse a vivir entre nosotros.
Fue en aquel momento cuando se crearon los primeros CCBE (comités ciudadanos para la búsqueda de explicaciones), que en un principio se dedicaron a entrevistar a los vecinos para saber exactamente cómo comenzaron los primeros síntomas y qué posibles coincidencias existían entre todos nosotros. Todavía conservo algunos de los informes redactados por los CCBE y la única conclusión a la que llegamos en aquel momento es que a todos los vecinos nos ocurrió lo mismo la misma noche, independientemente de la edad o el sexo. Únicamente los menores de cinco años no parecían afectados por el extraño suceso, y meses después, cuando el pequeño Matías cumplió los cinco años, descubrimos que a esa edad se manifestaba el problema de forma irreversible y sin ningún tipo de solución.
Mi mujer se pasó dos días llorando. Después de tres meses de gimnasio y operación bikini (no recuerdo haber pasado tanta hambre en mi vida) amaneció un día con una barriga tan voluminosa como cuando estaba embarazada de nuestra segunda hija. A mí no se me notaba tanto pues como bien saben los que me hayan visto en la tele, siempre fuí un poco barrigón. Debo confesar que al principio me burlé de ella pues estaba convencido de que todo se debía al fin de semana en casa de mi suegra, pero con el paso de los días comencé a preocuparme ante la idea de que se tratase de alguna enfermedad rara provocada por el agua o por alguna sustancia utilizada en las granjas de avestruces que el alcalde había construído a las afueras del pueblo.
Finalmente nadie supo darnos una explicación. De la noche a la mañana los doce mil quinientos treinta y dos vecinos del pueblo aparecimos con una barriga cervecera, proporcional a nuestro peso y altura y de forma esférica. Análisis posteriores demostraron que no se trataba ni de tejido adiposo ni de alguna formación quística o tumoral. Simplemente nuestros cuerpos desarrollaron una especie de balón relleno de una sustancia acuosa que todavía no ha sido identificada. Mientras tanto en mi pueblo hemos hecho de nuestras prominentes panzas un signo de identidad y no nos importa que nos llamen Los Barrigolas. Estamos orgullosos de ser como somos pues nos sabemos únicos y observados por científicos, médicos e incluso por un par de agentes del FBI que llegaron hace un par de semanas y parece que han decidido quedarse a vivir entre nosotros.

