H. Ramírez tardó más de dos meses en salir del hospital y casi seis para volver al trabajo. Estrés postraumático, le diagnosticaron, y su médico de cabecera le recomendó que retrasase alguna semanas más su regreso a la vida laboral. A la dificultad para dormir y el miedo irracional a conducir había que añadir los ataques de pánico en los que volvía a revivir el desagradable suceso, y lo experimentaba tan vívidamente que de pronto se echaba al suelo gritando na cabeza non, na cabeza non.
Pero H. Ramírez quiso regresar a la oficina, y no por su desmedido amor al trabajo sino para burlarse de su compañero R. Cortés, que además de ser el más eficiente de todos sus subordinados, era guapo y simpático y tenía la extraña manía de ser aficionado del Real Club Deportivo de Coruña. Y como todos sabemos, desgraciadamente el Dépor descendió de categoría en la pasada temporada. No entraremos en detalles sobre la retorcida psicología de algunos jefes que tienden a sentir unos celos terribles y destructivos por algunos de sus empleados, sobre todo si son hombres y tienen un extraordinario éxito entre la mujeres de la empresa, como era el caso de R. Cortés. Diremos simplemente que el único placer que le quedaba a H. Ramírez era el mezquino placer de los mediocres, esto es, joder al prójimo, ya que la prójima se había ido hacía meses dejando una nota en la que le decía que "el problema soy yo, cariño, y necesito tiempo para encontrarme".
Conviene señalar en este punto que las secuelas psicológicas que le habían quedado a H. Ramírez no eran tanto debidas a la agresión en si como al hecho de que después de las tres operaciones maxilofaciales a las que le habían sometido a H. Ramírez no lo conocía ni su madre. Siempre había tenido una expresión bobalicona en la mirada y una sonrisa estúpida, de persona cretina que aún por encima se cree el más simpático de su clase, de la facultad, de la oficina, del club de amigos del vino tinto del Sigüerzo de los Peregrinos, pero después de la operación su nariz había quedado ligeramente torcida hacia la derecha, el pómulo izquierdo claramente hundido y el labio inferior, reconstruido mediante implantes de tejido vacuno, solía caer sobre sí mismo dejando al descubierto los dientes postizos que le habían puesto, tan grandes y tan blancos que uno terminaba por preguntarse si en lugar de tejido vacuno no le habían puesto los dientes de una vaca lechera.
Así pues, una hermosa mañana del mes de julio H. Ramírez volvió al trabajo. Aparcó su coche en el reservado para directivos, saludó amablemente al guardia de seguridad y con una gran sonrisa entró en su despacho mirando a izquierda y derecha e inclinado de cuando en vez la cabaeza. Qué pasa Jorge! Cuánto tiempo Maite, qué bien te veo. Alguien sabe dónde está el Koruño??. Algunos, más por educación que por sentimiento, se levantaron de sus asientos para interesarse por su salud y para mentir descaradamente diciéndole que casi no se notaba nada de nada. Otros simplemente dijeron buenos días y siguieron a lo suyo.
A media mañana se acercó el jefe de personal para presentarle al nuevo encargado de mantenimiento. Lleva con nosostros cuatro meses, le dijo, y forma parte de un convenio de colaboración que la empresa firmó con la Consellería de Traballo e Benestar. Ya sabes, ellos nos dan dinero y nosotros contratamos a personas en riesgo de exclusión. Pero el jefe de personal no pudo seguir con las explicaciónes. H. Ramírez se había tirado al suelo gritando na cabeza non! na cabeza non! mientras intentaba ocultarse detrás de su ergonómica silla de directivo.
Conviene señalar en este punto que las secuelas psicológicas que le habían quedado a H. Ramírez no eran tanto debidas a la agresión en si como al hecho de que después de las tres operaciones maxilofaciales a las que le habían sometido a H. Ramírez no lo conocía ni su madre. Siempre había tenido una expresión bobalicona en la mirada y una sonrisa estúpida, de persona cretina que aún por encima se cree el más simpático de su clase, de la facultad, de la oficina, del club de amigos del vino tinto del Sigüerzo de los Peregrinos, pero después de la operación su nariz había quedado ligeramente torcida hacia la derecha, el pómulo izquierdo claramente hundido y el labio inferior, reconstruido mediante implantes de tejido vacuno, solía caer sobre sí mismo dejando al descubierto los dientes postizos que le habían puesto, tan grandes y tan blancos que uno terminaba por preguntarse si en lugar de tejido vacuno no le habían puesto los dientes de una vaca lechera.
Así pues, una hermosa mañana del mes de julio H. Ramírez volvió al trabajo. Aparcó su coche en el reservado para directivos, saludó amablemente al guardia de seguridad y con una gran sonrisa entró en su despacho mirando a izquierda y derecha e inclinado de cuando en vez la cabaeza. Qué pasa Jorge! Cuánto tiempo Maite, qué bien te veo. Alguien sabe dónde está el Koruño??. Algunos, más por educación que por sentimiento, se levantaron de sus asientos para interesarse por su salud y para mentir descaradamente diciéndole que casi no se notaba nada de nada. Otros simplemente dijeron buenos días y siguieron a lo suyo.
A media mañana se acercó el jefe de personal para presentarle al nuevo encargado de mantenimiento. Lleva con nosostros cuatro meses, le dijo, y forma parte de un convenio de colaboración que la empresa firmó con la Consellería de Traballo e Benestar. Ya sabes, ellos nos dan dinero y nosotros contratamos a personas en riesgo de exclusión. Pero el jefe de personal no pudo seguir con las explicaciónes. H. Ramírez se había tirado al suelo gritando na cabeza non! na cabeza non! mientras intentaba ocultarse detrás de su ergonómica silla de directivo.

