viernes, 18 de febrero de 2011

Encuentros en el círculo polar ártico.

Duane era un buen tipo. Se dedicaba al transporte de mercancías sobre el Río Mackenzie por lo que sólo trabajaba siete u ocho meses al año. Me contó que hubo un verano en el que el Río no llegó a descongelarse y los patronos quisieron que el transporte continuara. Era la época en la que estaban montando las tres grandes plantas de gas en el Delta de Beaufort y había mucho dinero en juego. Los camioneros más veteranos dijeron que era una locura, que el hielo no sería lo suficientemente duro y en cualquier momento se rompería. Los jóvenes comenzaron a dudar y los patronos comenzaron a pagar el doble por viaje. Así pude comprar este tráiler, me confesó, pero tuve mucha suerte. Hubo tres muertos aquel verano y casi una docena de camiones se fueron al fondo del río. Fue Henrry el que me indicó la ruta que debía seguir para que el hielo no estallara con las casi quince toneladas de tubería que yo transportaba.

Llevábamos tres días en ruta y todavía no había conseguido explicarle cómo había llegado a Dawson City. Tampoco yo lo tenía muy claro, la verdad. Mi padre se había puesto muy pesado con lo de aprender inglés en el extranjero. Día tras día llegaba con los catálogos que le daban en la universidad y al final decidí que si quería pagarme los estudios me iría al lugar más lejano. Me decidí por Vancouver, pero me equivoqué al poner el código y acabé en una ciudad llamada Kelowna, a cuatrocientos kilómetros al este.

-Pero Tonio- dijo Duane- Kelowna está a tres mil kilómetros de aquí!

-Ya, pero cuando estás a casi diez mil kilómetros de tu casa te dan igual las distancias.

Por mi acento, Duane estaba convencido de que era mejicano. Nunca había oído hablar de España y no hubo manera de explicarle donde quedaba Compostela. Ni siquiera conocía el Camino de Santiago por lo que simplemente le dije que conocí a una chica que me dijo que estaba de fin de semana en Kelowna, pero que vivía en Dawson City y que podría pasarme por su casa cuando quisiera.

Duane comenzó a reirse y me explicó que se trataba de una frase hecha, que cuando dices que vives en Dawson City estás diciendo que vives en un lugar lejano. Algo así como decir que vives en la Conchinchina o en el culo del mundo. Cuánta razón tenía mi padre al decirme que para aprender una lengua hay que relacionarse con los nativos.

De pronto las luces se apagaron y el motor dejó de funcionar. Duane me miró y yo miré a Duane. Acabábamos de entrar en el cículo polar ártico y todo estaba sucediendo tal y como Duane lo describía. Al intentar salir del camión comencé a escuchar un extraño zumbido, el paisaje comenzó a teñirse de un blanco brillante que me obligó a entornar los ojos.

- Lo oyes?- me dijo Duane- Están intentando comunicarse con nosotros!

Efectivamente, a nuestro alrededor sonaban una serie de voces que para Duane podían estar hablando extrañas lenguas antiguas pero que sorprendentemente yo entendía perfectamente

-Ai qué carallo, Juanciño, xa escarallamos outro camión coa merda do magnetismo...

-Cala, ho, cala, e dalle máis lus co grupo electróxeno a ver se non baixan do camión e volven a arrincar.

-Cajoental! Levo tres semanas disíndoche que isto do magnetismo non serve para casar osos...




--- Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken
03: La historia de Duane

domingo, 13 de febrero de 2011

La historia de Duane.

-Maldita sea, Duane, es la cuarta vez que cuentas esa historia en lo que va de semana! Si tenemos que soportar tus desvaríos podrías al menos inventar nuevas batallitas.

-Déjanos en paz, Henrry. Nosotros también estamos cansados de escucharte hablar de la longevidad de tu perro y no te decimos nada.

-Duane tiene razón, Henrry. Además, el muchacho tiene derecho a saber lo que puede encontrarse si quiere seguir avanzando hacia el norte- dijo el otro viejo desde la otra esquina de la barra.

-Por Dios, Fred, no me dirás que te crees las tonterías que cuenta Duane!

-Yo no creo ni dejo de creer, pero hay que reconocer que haberlas hailas...

Todo había comenzado con la historia de Henrry y de su perro. Yo le pregunté si los 25.000 dólares seguían en Mar de Beaufort y si se conservarían en buen estado. Él contestó que no se trataba de billetes sino que eran cinco bolsas con pepitas de oro. En aquella época y en aquellos territorios los pagos se hacían mediante pepitas de oro y como todos sabemos, el oro lleva siglos revalorizándose sin parar. Calculé que si era cierto lo que me estaban contando, en algún lugar del delta de Beaufort había una fortuna. Les propuse ir a buscarlo pero dijeron que se trataba de oro maldito y que nadie del territorio del Yukón se atrevería a tocarlo.

Fue entonces cuando Duane se unió a la conversación. Me explicó que en dos días saldría hacia el norte para aprovisionar la planta de gas de Mackenzie y que tenía sitio libre en su camión, pero que antes debería saber a lo que me enfrentaba.

Todos sabéis que al cruzar el círculo polar ocurren cosas extrañas, no soy el único que ha visto las luces en el cielo. Durante los últimos tres años recorro la misma ruta y puedo deciros el lugar exacto en el que la emisora del camión deja de funcionar y los aparatos eléctricos se vuelven locos. La semana pasada, justo al cruzar el paralelo 66, comencé a escuchar un zumbido y pude ver un resplandor que poco a poco iba cubriendo todo lo que me rodeaba. De pronto algo estalló y el motor dejó de funcionar. Salí de la cabina, el silencio era tan profundo que tuve la sensación de quedarme sordo. Todo a mi alrededor estaba iluminado por una extraña luz y todo era nítido y a la vez parecía cubierto de una niebla brillante que parecía penetrar en mis ojos y llegar hasta el centro de mi cabeza. Y entonces comencé a escuchar voces en mi interior, miles de voces que luchaban por hacerse oír y que parecían hablarme en extrañas lenguas antiguas...

- Extrañas lenguas antiguas? Vamos Duane, qué demonios quiere decir eso?

- Tienes que dejar de consumir la Ayahuasca de Joao Velho.

Pensad lo que queráis, pero estoy seguro de que intentan comunicarse con nosotros. Su intención la desconozco, pero si Tonio quiere ir hacia el norte en busca del oro debe saber que no sólo se enfrentará al frío y a los hambrientos osos salvajes. Hay fuerzas desconocidas en los márgenes del Mackenzie que tal vez no estamos preparados para descubrir.

--- Para saber más:
01: Dawson City
02: O'Kandeken

lunes, 7 de febrero de 2011

M. A. Barranco.

M. A. Barranco era un muchacho de buena familia que no estaba orgulloso de serlo. Su abuelo era un nazi que encontró refugio en la España de los años cincuenta y su padre un franquista reconvertido en diputado en los setenta. Como venganza, en los noventa se afilió a Izquierda Unida, y en lugar de hacer carrera diplomática, como le recomendaba su padre, decidió dedicarse al mundo literario. Pero antes de mostrar su rechazo al pasado familiar terminó sus estudios universitarios, hizo un máster en Ginebra y otro en Berlín y se pasó dos años viajando por el mundo, todo a cargo del erario familiar.

M. A. Barraco era una de esas personas con más voluntad que talento. Después de intentar sin éxito publicar su primera novela decidió pasarse al otro lado y creó su propia editorial, especializada en la edición en español de autores europeos, sobre todo alemanes y suizos. La fortuna quiso que los primeros títulos publicados fuesen un auténtico bombazo y en un par de años recibió una oferta millonaria de un gran grupo editorial para que vendiese su pequeño negocio. A cambio, pasó a ocupar un cargo de directivo en la gran empresa y con el tiempo que le sobraba, que era mucho, decidió representar a unos cuantos escritores nacionales cuya fama iba en aumento y que le reportaban un quince por ciento cada vez más jugoso.

M. A. Barranco era la demostración empírica del dicho popular que dice que dinero llama dinero, aunque a él le gustaba pensar que era un hombre hecho a sí mismo, orgulloso de romper con la tradición familiar consistente en convertir el dinero público en patrimonio propio y sin ningún prejuicio a la hora de de declarar su homosexualidad e irse a vivir con un muchacho de familia pobre del que se enamoró en un mitin de Gaspar Llamazares.

M. A. Barranco le sorprendió recibir una llamada de H. Ramírez. Tenía su número de teléfono grabado porque María Visitación se negaba a tener un teléfono móvil y a veces era imposible localizarla en su casa. Pero lo que más sorprendió a M. A. Barranco fue oír la voz de su compañero de piso y compañero sentimental desde hacía cuatro meses.

- Pero desde qué teléfono me estás llamando?

- Nada, desde el móvil de un tipo al que acaban de abrirle la cabeza. Intento llamar a su casa y nadie contesta, y como no tengo saldo aprovecho para decirte que hoy no iré a comer a casa.

jueves, 3 de febrero de 2011

Nociones de astronomia IV: Estrellas fugaces

Pues lo primero que hay que decir es que no se trata de estrellas. Pensaban los antiguos que de la bóveda celeste se desprendía de vez en cuando alguna estrella y caía hacia un lado u otro, dependiendo del capricho de los dioses en aquel preciso momento. Ahora sabemos que lo que conocemos como estrella fugaz no es más que un pedazo de roca procedende de un cometa o de los restos de la formación de los planetas del Sistema Solar. En definitva, se trata de escombros siderales que al atravesar la atmósfera terrestre se incendian y acaban consumiéndose antes de llegar a la tierra, aunque a veces pueden impactar contra la superficie y crear un pequeño o un gran cráter, según el tamaño del meteoro en cuestión.



Cómo los seres humanos estamos programados para creer que las cosas pasan por algo, cuando vemos un pedazo de escombro atravesando la atmósfera solemos pedir un deseo, o anotar la fecha para recordarla toda nuestra vida o, si estamos con la persona amada, creer que se trata de una señal que nos indica que esa es la persona de nuestra vida. Somos así, nos gusta atribuir intenciones a lo que  nos rodea, solemos prejuzgar los acontecimientos según nos convenga en cada ocasión y nos cuesta ver los hechos sin tener la sensación de que están relacionados con nosotros.
Esta costumbre nuestra suele traernos muchos problemas en la relación diaria con los otros seres humanos, pero resulta divertida al contemplar las estrellas, sobre todo si son fugaces. Un fenómeno puede significar cosas distintas para personas distintas y sin embargo ser el mismo fenómeno. Eso debería hacernos más cautos a la hora de atribuir intenciones a los demás.

lunes, 24 de enero de 2011

M. V. Compostizo

M. V. Compostizo acababa de cerrar la puerta de su casa cuando el teléfono comenzó a sonar. El taxista esperaba en la calle y su marido estaba a punto de llegar. Decidió no perder el tiempo. No quería arriesgarse a que cualquier imprevisto alterara sus planes. En dos días estaría muy lejos, iniciaría una nueva vida y aquella casa formaría parte de un mal sueño, de una equivocación que duró más de quince años.

Su marido no era mala persona. Un tipo normal, con un trabajo normal y unos gustos normales. En la nota que acababa de escribir le contaba que el problema era ella y que necesitaba un tiempo para encontrarse a si misma. Era mentira. María Visitación sabía que nunca más volverían a verse, que su relación ya no le aportaba nada y que lo mejor era romper de manera brusca y sin vuelta atrás. Se iba para no volver.

A su representante le había dicho que después de publicar La mujer alevosa quería tomarse unos meses de vacaciones. Era el tercer volumen de la tetralogía y tenía más o menos decidido cómo cerrar la historia, se podía permitir descansar unos meses antes de volver a escribir. Estuvo a punto de confesarle que iba a cambiar de ciudad, que se trasladaba al sur de Portugal para dar largos paseos por las playas del Algarve pero no quiso preocuparle más. Su representante era un muchacho joven, pero no entendía eso de los paseos por la playa sin hacer nada más que pasear. Vivía con la obsesión de aprovechar el tiempo y si le confesaba que a ella lo que le pedía el cuerpo era perderlo durante una temporada comenzaría a presionarla para que terminara cuanto antes la cuarta novela.

El taxista arrancó el motor y puso rumbo al aeropuerto. María Visitación Compostizo se acomodó en el asiento de atrás y cerró los ojos. No quería pensar en nada, no quería hablar de nada y por eso no pudo ver al muchacho de la ambulancia que se desesperaba intentando contactar con número marcado con A/A en el teléfono móvil del tipo al que acababan de subir a la camilla.

viernes, 21 de enero de 2011

H. Ramírez.

H. Ramirez escogió un mal día para hacerse el valiente. Era el típico conductor de claxon fácil, dispuesto a mentar a tu madre, o a la mía, si por un casual te saltabas un ceda el paso o te retrasabas un poco al arrancar el coche ante un semáforo en verde. En fin, lo que llamamos un energúmeno al volante, pero uno de esos energúmenos cobardes que son todo furia dentro del coche pero que no pasan del insulto o de algún gesto procaz mirando por el espejo retrovisor.
Pero aquel día H. Ramirez quiso ser el más chulo de la clase. El otro tenía razón al protestar, pero decidió no tolerar que le llamasen sinverguenza. Calculó que el ofendido peatón tendría poco más de metro sesenta y eso le animó a detener el coche, desabrocharse el cinturón de seguridad y salir del automóvil gesticulando y gritando "pero qué pasa, pero qué pasa"
H. Ramirez se equivocó terriblemente.
M. T. Espeleta había salido de la cárcel después de cumplir dos años por agredir a los dos porteros de una famosa discoteca de Sanxenxo. Parece ser que aquella noche estaban dos famosos políticos gallegos tomándose unos cubatillas después de estar toda la tarde haciéndose fotos mientras apagaban un incendio en el chalet de un conocido constructor famoso por pagar generosas comisiones a cambio de obtener obras públicas de la administración autonómica. Los porteros creyeron que un tipo como M.T. Espeleta sobraba en el local. Sin mediar palabra un tipo de metro noventa le puso una mano en el pecho mientras el otro le indicaba con el dedo índice que no que no que no, que esa noche no podía entrar. Los médicos que atendieron a los dos empleados de la conocida discoteca no pudieron explicar cómo una persona de apenas sesenta quilos podía causar tantas lesiones a dos armarios de casi dos metros y tampoco pudieron recuperar nunca el dedo índice que le faltaba a uno de ellos. A M.T. Espeleta le cayeron veintiún meses de prisión por agresión con ensañamiento, intento de asesinato y mutilación.
Doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta, había madrugado mucho aquel día para acudir al centro penitenciario con la ropa de Zara que había comprado el día anterior para su hijo. Debido a las tres operaciones de cadera tenía que caminar con muletas, pero el esfuerzo valía la pena ya que estaba convencida de que su hijo era buena gente siempre que se le tratara con respeto.
Sin duda, lo que provócó el terrible equivoco de H. Ramírez fue ver a un tipo vestido como un monaguillo acompañando a una señora delante de la capilla de San Caetano. Por eso, aunque no se detuvo en el paso de cebra si frenó el coche al oír la palabra sinvergüenza y salió gritanto airadamente del vehículo, como ya se ha apuntado más arriba.
Lo último que recuerda H. Ramírez es a la anciana gritando Marcelino Tomás, Marcelino Tomás, que te pierdes. Boqueó como un besugo al horno cuando sintió un terrible mazazo en el estómago. Involuntariamente se dobló hacia delante hasta encontrarse con la rodilla de M.T. Espeleta que ascendía violentamente hacia su cara. Comenzó a sentir un sabor metálico en la boca, y pensó que era la sangre que salía a borbotones del hueco que había dejado el incisivo superiror izquierdo al caerse, pero en realidad era la chapa del capó contra la que su cabeza había tropezado una vez y otra vez y otra vez y otra vez, hasta que doña E. Palacios, viuda de M. Espeleta y madre del fornido Marcelino Tomás consiguió convencer a su hijo para que cejase en su empeño de enseñar educación al desafortunado H. Ramírez.

miércoles, 19 de enero de 2011

O'Kandeken.



No, un muchacho como tú, recién llegado de la ciudad, no puede entender lo que el Esponja quería decir cuando hablaba de jugar sucio. Ten cuidado con Harry, me repetía una una y otra vez, está dispuesto a jugar sucio para ganar esta carrera. El viejo Bob era un buen tipo, incluso cuando estaba sobrio. Ya no quedan tipos como él. En las ciudades no os hacen así. Llegáis aquí creyendo que sois aventureros o tipos duros por pasar cuatro días viviendo en las montañas del parque Fishing Branch o por practicar deportes de riesgo pero si las cosas se ponen feas pronto acude el helicóptero de la RCMP para rescatar a cuatro imbéciles antes de que se congelen.

El viejo escupió en el suelo de madera, acabó de un trago la jarra de la cerveza amarga que bebía y pidió otra para él y otra para mí. Simplemente le había preguntado si el husky que estaba tumbado a sus pies era suyo y había comenzado a hablarme de las carreras de trineo.

Tú aún no habías nacido cuando Dawson City era la ciudad del oro y las carreras de trineos la diversión preferida de todos aquellos que estaban dispuestos a gastar en una apuesta todo lo ganado en un mes. Había mucho dinero en juego y todos los meses llegaban trineos de Alaska, del territorio del Yukón e incluso de las tierras altas de Groelandia. Y creeme muchacho, aquella era la madre de todas las carreras. Veinticinco mil dólares para el ganador, y según las casas de apuestas de Londres el favorito era yo. Si, no me mires con esa cara de muchachita a la que le tocan el culo por primera vez. Este amigo y yo hemos ganado siete veces la mítica Inuvik-Mar de Beaufort, me dijo señalando al perro, y habríamos ganado aquella maldita carrera de no haber sido por el juego sucio de Harry.

Volvió a escupir al suelo, se giró hacia el otro viejo y le preguntó si recordaba a Harry. Lo único que recuerdo es que desapareció justo después de ganarte la carrera, contestó el otro.

-Maldita sea, viejo estúpido, Harry tuvo lo que merecía. Tú habrías hecho lo mismo!!

-Yo sólo se que desapareció después de la carrera, y tú harías bien en callarte de una vez. Al jovencito de ciudad no le importan tus batallitas de viejo borracho y nunca se sabe quién escucha...


-Al diablo quien escuche. Han pasado más de treinta años y nadie se va a preocupar por dónde están los huesos de aquel bastardo.


El viejo volvió a mirarme, levantó su jarra y señalándome con un dedo dijo que no tenía cara de andar hurgando en la vida de los demás. En ese momento no supe muy bien si se trataba de una advertencia o de un cumplido por lo que decidí levantar también mi jarra y hacer una especie de saludo antes de beber

Este que ves aquí se llama O'Kandequen, que en inuktitut quiere decir "el de larga vida". Su madre era una Malamute de Alaska y su padre un Samoyedo de Siberia que yo mismo rescaté en el Golfo de Alaska con una pata rota. Aunque no lo creas, tiene treinta y tres años y durante casi dos décadas fue el mejor perro de tiro del Ártico. Por eso aquella mañana, mientras nuestros trineos avanzaban emparejados, Harry intentó golpear a O'Kandequen con su látigo de cascabeles. Trabé la brida izquierda para proteger a mi guia, el trineo zigzagueó y una de las bolas se incrustó en mi ojo derecho, dijo el viejo mientras levantaba el parche que cubría su inexistente ojo.

Esta vez fuí yo el que pedí otras tres jarras. Bebimos en silencio.
- Yo habría hecho lo mismo, dijo el otro viejo al cabo de unos minutos.
- Perseguí a Harry durante tres semanas. Siempre hacia el norte. De los nueve perros que llevaba mi trineo sólo O'Kandequen sobrevivió. Harry me ofreció los veinticinco mil dólares a cambio de su vida. Yo me cobré mi venganza, dijo mientras clavaba un largo cuchillo en la barra de la taberna, su dinero está todavía en algún lugar del delta de Mar de Beaufort.
 
---- Para saber más:
01: Dawson City