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jueves, 4 de febrero de 2021

Sueños




Soñé con la boda de un amigo. 

Soñé con los amigos de la infancia, con aquellos niños que compartiamos la calle, los prados donde jugábamos, los árboles en los que construíamos cabañas. 

Soñé con la boda de mi amigo, la fiesta no celebrada, las risas y la charla que sin yo saberlo tanto necesitaba. Lamento ahora haber sido tantas veces ese amigo tristón y enfadadizo, esa persona gris que para ser feliz necesitaba que las cosas no tuviesen peros, cuando raramente la realidad es plena e incuestionable. Siempre hay una incongruencia, una frase que sobra, una pregunta que falta. Y yo siempre me fijaba más en las pequeñas ofensas diarias que en las grandes alegrías y las grandes amistades que la vida me fue poniendo en el camino.

Soñé con la celebración y con la fraternidad de la adolescencia, con el deseo de estar con los nuestros, con la alegría de la tarde que se consumía alrededor de una mesa contando mil historias que ya no recuerdo. Y me sentí feliz y relajado, y al despertarme pensé que tal vez incluso para mi, que soy bastante introvertido, esta ausencia de contacto social se está haciendo demasiado larga. Yo, que durante años he descuidado totalmente a mis amistades, descubro que comienzo a necesitar algo más que un mensaje de texto o un emoticono en el teléfono. 

Tal vez la crisis de la mediana edad, sabiéndome ya en el camino de vuelta, me hace pensar en los viejos tiempos, en las noches perdidas que ya no volverán, en los momentos de amistad que se fueron con el viento como las canciones de aquel concierto. 







martes, 22 de abril de 2014

Las preguntas del guitarrista inseguro.






Era una especie de castillo medieval, tal vez un auténtico pazo gallego del siglo XIV. El escenario estaba situado en lo alto de una torre que me recordaba a la de los Andrade de Pontedeume. A mi derecha podía ver unas pequeñas ventanas con vidrieras de colores y a mi izquierda se abría una gran puerta de dos hojas. La madera de la puerta era de roble y estaba adornada con figuras vegetales en la parte inferior y pequeños monos y animales de tres cabezas en la parte superior.

No puedo explicarlo bien, pero no podía evitar mirar a través de una de las ventanas, extrañamente abierta, y dentro de la torre veía lo que parecía una fiesta infantil, con globos de colores y piñatas colgadas en las fuertes vigas de madera de castaño y una mesa en el medio con dulces, sándwiches de pan bimbo cortados en diagonal y otras golosinas. Esto, que ya de por si era un poco extraño, resultaba de todo incoherente con el resto de esta curiosa historia.

Porque lo realmente curioso del caso no es donde estaba, sino con quien y sobre todo que estábamos haciendo. Yo tenía una guitarra eléctrica y estaba hablando con Charli Domínguez sobre mis inexistentes conocimientos en el manejo de una Fender Stratocaster. Él me decía que no importaba demasiado, que entre tanto ruido nadie se iba a enterar de si tocaba o no tocaba la guitarra. Yo tenía dudas, muchas dudas, sobre todo teniendo en cuenta mi trastorno de ansiedad social. Y estaba claro que aquella multitud que se estaba aglomerando enfrente de nosotros creaba una situación socio-fóbica en la que me sería muy difícil sentirme ya no cómodo, sino capaz de articular una sola palabra. Esa era la razón por la que no me atrevía a subir.
- Pero por eso no te preocupes- dijo Yosi poniéndome un brazo encima del hombro- que ya hablo yo por todos. Tú solamente ponte delante de la batería y dale a la guitarra. Si te vas a sentir más tranquilo te la desconectamos y se encarga el Cereijo de todo.

Recordé aquellas tardes de sábado antes de salir en las que me plantaba delante del espejo del armario y tocaba esa guitarra imaginaria que muchos tocábamos en los 80. Ahora tenía la oportunidad de hacerlo con una guitarra de verdad y además tocando con Los Suaves. Reconozco que en aquel punto la idea ya me estaba gustando, pero aún así no salía de mi asombro. ¿Qué demonios hacía yo encima de un escenario? ¿A quien se le había ocurrido hacer un concierto en una torre del homenaje? Y lo más desconcertante de todo... ¿Qué hacíamos celebrando un cumpleaños minutos antes del concierto? ¿Desde cuando los del rock tomaban sándwiches de nocilla? 

Lamentablemente, todas estas preguntas quedaron en el aire. A las 6.47 el despertador anunció que el concierto había terminado y así me quedé sin saber de lo que soy capaz encima del escenario.