Surrealismo.
Lo
primero que me viene a la cabeza al leer “La espuma de los
días”, del francés Boris Vian es la palabra surrealismo y
todos los -ismos que marcaron las primeras décadas del siglo XX.
Futurismo, creacionismo, expresionismo, cubismo. Romper con los
convencionalismos artísticos, crear un poema como la naturaleza hace
un árbol, que diría Vicente Huidobro. Temporalmente no puede
incluirse dentro del movimiento vanguardista (la obra se publicó en
el año 1947), pero tanto por estética, con luminosas imágenes que
nos transportan a un mundo que mezcla lo onírico con extrañas
invenciones tecnológicas, como por su estilo, creando nuevas
palabras y jugando con los dobles sentidos, la obra de Vian podría
incluirse en cualquier antología poética de las vanguardias.
En
realidad se trata de una historia de amor, o más bien de dos
historias de amor que terminan mal. Boris Vian nos cuenta,
principalmente, una hermosa y trágica historia de amor, la devoción
de un hombre que necesita enamorarse y que ve cumplido su sueño, y
el paulatino deterioro de la relación, que no del amor. Ya sabéis,
la chica enfema, el chico hace todo lo posible para salvarla y al
final...
Pero
lo importante, como en la buena literatura, no es tanto lo que cuenta
sino la manera de contarlo. Las historias son siempre las mismas, los
temas se repiten desde las tragedias griegas. Las pasiones humanas,
el destino que siempre termina por cumplirse, amores, odios,
amistades. Pero Boris Vian nos lo cuenta a su manera, sumergiéndonos
desde la primera página en un mundo alucinado y extraño en el que a
pesar de que el entorno urbano es el propio de la mitad del siglo XX,
los objetos y las costumbres son muy distintas. Hay nubes rosas en
las que podemos viajar, casas que cambian de color, habitaciones que
se redondean por efecto de la música. Un ratón que nos acompaña
durante toda la narración, y profesiones totalmente descabelladas.
Por inventar, Boris Vian inventa incluso un baile.
Pero
si conseguimos adentrarnos en este mundo lisérgico y fantástico
podremos acompañar a Colin y a Cloé en su hermosa historia de amor.
Asistiremos al estallido de felicidad que supone para ellos encontrar
el amor, lo único verdaderamente importante en la vida de Colin.
"¿A
que se dedica usted en la vida?- preguntó el profesor.
Aprendo
cosas – dijo Colin- y amo a Cloé"
Este
es un buen resumen de la historia, y por eso no duda en gastar toda
su fortuna en flores para conseguir su recuperación y cuando sabe
que se queda sin dinero decide incluso trabajar para poder seguir
comprando flores. Las profesiones son otra de las grandes sorpresas
de esta obra. Desde cultivador de armas hasta anunciador de
tragedias. Y en ninguna de estas profesiones tiene éxito el
desdichado Colin. Los fusiles crecen defectuosos y a nadie le gusta
conoces las malas noticias antes de que sucedan, sobre todo cuando no
podemos hacer nada para evitarlas.
La
trama es rocambolesca,
pero no resulta inverosímil. Dentro del mundo propio de la novela,
todo lo que va sucediendo es lógico y previsible, y tal vez por eso
nos sumergimos en el juego que nos propone Boris Vian sin oponer
resistencia. Una vez que comprendemos que casi cualquier cosa puede
suceder aceptamos el reto y avanzamos, esperando tal vez, como el
poeta, algún milagro de la primavera. Si a esto unimos que la
narración es ágil y viva, y la extensión corta nos encontramos con
una lectura agradable y amena, que por una parte nos divierte por su
luminosa imaginación y su sentido del humor a la hora de inventar
palabras y objetos y por otra nos conmueve como nos conmueven todas
las historias de amor que no caen en la cursilería o el estúpido
arrobo de las emociones.
Por
último quiero señalar la importancia de la música, en concreto del
jazz. Boris Vian era un gran aficionado a este tipo de música, y
casi es obligado buscar la pieza llamada Chloé, de Duke Ellington, y
escucharla mientras leemos que esta música consigue que las paredes
de la casa se vuelvan redondas. Todo el libro tiene referencias a la
música, ya sea para describir nuevos tipos de baile como para hacer
funcionar el pianococtel, un invento de Colin que prepara combinados
de alcohol según las melodías que se toquen.
En
definitiva, “La espuma de los días”, de Boris Vian, no es
simplemente un original e imaginativo ejercicio de creación
artística. Esconde también una crítica al tiempo que le ha tocado
vivir, a la falta de esperanza que envolvía a toda una generación
que después de la barbarie de la segunda guerra mundial y el
comienzo de la época de las cadenas de montaje y el trabajo
deshumanizado se preguntaba si quedaba esperanza, si todavía había
espacio para las relaciones humanas como el amor o la amistad o estas
perdían importancia en un mundo rodeado de frías máquinas.


