Delante de mí caminaba una muchacha con medias negras y minifalda azul aunque lo que yo miraba disimuladamente era la bonita bufanda a cuadros con la que se guarecía del frío seco de principios de octubre. Extrañas señales en el cielo me habían despertado de un sueño inquieto y pegajoso en el que soñé que soñaba con un tiempo remoto en el que un hombre extraño y solitario me hablaba sin hablar. Busqué a tientas las gafas en la mesilla de noche, me incorporé empapado en sudor y comprobé que un gato vidrioso me observaba desde el otro lado de la ventana. -Pasa ghato!- le grité a modo de ensalmo, turbado todavía por las extrañas imágenes que no me dejaban pensar con claridad.
Después de un desayuno completo a base de frutos secos, zumo de tomate y zanahoria y tres rebanadas de pan integral con queso fresco salí a la calle. Ya en la acera no tenía claro hacia donde caminar (total, para lo que tenía que hacer...) y al verlas piernas de aquella morena aquella bufanda tan bonita decidí caminar hacia la zona vieja para hacer un poco de tiempo antes de acercarme a la Taberna de Beaufort para tomar unos albariños con Ramón y hablar sobre la crisis de la izquierda y sobre el montón de setas que habían dejado las últimas lluvias.
Después de un desayuno completo a base de frutos secos, zumo de tomate y zanahoria y tres rebanadas de pan integral con queso fresco salí a la calle. Ya en la acera no tenía claro hacia donde caminar (total, para lo que tenía que hacer...) y al ver
Iba distraído, la verdad. Tarareaba la musiquilla de una canción de los años ochenta mientras seguía cavilando sobre el absurdo sueño de la noche pasada cuando de pronto la chica de la minifalda desapareció. No, no me entiendan mal. No quiero decir que se metiera en algún comercio o que tomara alguna de las callejuelas que hacen del casco antiguo de Compostela un sitio ideal para deambular sin rumbo y sin prisas. Cuando digo que la muchacha desapareció quiero decir que dejó de estar, que caminaba tranquilamente a unos escasos dos metros por delante de mí cuando de pronto desapareció, dejó de existir, se esfumó ante mis ojos. Me detuve en seco y miré a mi alrededor, esperando encontrarme a un par de cretinos con una cámara haciendo uno de esos estúpidos programas de cámara oculta de la telegaita*. Todo parecía normal. Nadie se había detenido, salvo yo, y nadie parecía haberse percatado ni de la presencia ni de la posterior desaparición de la joven de la bufanda a cuadros.
A punto estaba de seguir mi camino cuando descubrí en el suelo un extraño libro. Su color era indefinido, diríase que cambiante y su título estaba escrito con unos caracteres que para un ignorante iletrado como yo parecían medievales, pero vaya usted a saber. Las crónicas del astillero, ponía, memorias de un futuro olvidado. Supuse que era una de esas novelas fantásticas para adolescentes que no te tienen otra cosa que hacer que leer sobre amores entre vampiros y lobishomes. Debo confesar que ante los libros tengo la misma actitud que ante el trabajo, cuanto más lejos mejor. Por eso ni siquiera me incliné a recoger aquel extraño volumen sino que disimuladamente le propiné una patada para ocultarlo debajo de un contendor mientras que miraba hacia las extrañas señales que seguían prendidas en el cielo.
A punto estaba de seguir mi camino cuando descubrí en el suelo un extraño libro. Su color era indefinido, diríase que cambiante y su título estaba escrito con unos caracteres que para un ignorante iletrado como yo parecían medievales, pero vaya usted a saber. Las crónicas del astillero, ponía, memorias de un futuro olvidado. Supuse que era una de esas novelas fantásticas para adolescentes que no te tienen otra cosa que hacer que leer sobre amores entre vampiros y lobishomes. Debo confesar que ante los libros tengo la misma actitud que ante el trabajo, cuanto más lejos mejor. Por eso ni siquiera me incliné a recoger aquel extraño volumen sino que disimuladamente le propiné una patada para ocultarlo debajo de un contendor mientras que miraba hacia las extrañas señales que seguían prendidas en el cielo.
* Telegaita: f. coloq. En determinados ambientes reivindicativos, forma sarcástica de referirse a la Televisión de Galicia.


