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Bienvenido a Mar de Beaufort.
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lunes, 1 de octubre de 2012
Retazo autobiográfico.
Hoy, como ayer, son malos tiempos para la lírica, pero hay días en los que amanezco inspirado y revolotean por mi cabeza palabras como si fuesen mariposas amarillas. Si, amigas, yo también he sido joven una mañana de abril, buscando rimas, contando sílabas para completar los endecasílabos sonoros de un soneto mal rimado. Y la cosa poética me duró hasta bien entrada la veintena, aunque ya no perdía el tiempo golpeando con los dedos la mesa sino que me convertí al verso libre, con sus pequeños renglones henchidos de instantes y sus largas frases encadenadas que al fin y a la postre no decían casi nada.
O decían demasiado.
Detrás de mis versos poco poéticos había una voz que luchaba por contar, un narrador incapaz de someterse a la exigencia de cargar cada palabra de fuerza y trascendencia. -Aquí no hay poesía, me dijo mi amigo Iván, aquí hay un relato, un fabulador más que un bardo. Apesadumbrado y quejumbroso me fuí distanciando de mis orígenes celtas, en lugar de intentar plasmar en pocas palabras la esencia última de la naturaleza y de los tiempos comencé a inventar nuevas realidades, con sus tramas y con sus personajes que no por ficticios son menos reales.
Lamentablemente para todos, estuve cinco años en una facultad de filología, rodeado de malos profesores que intentaban enseñarnos a leer buenos libros. Modernos docentes que te decían que valoraban más tus pensamientos y razonamientos que los conocimientos adquiridos en los manuales, siempre y cuando razonaras siguiendo sus siempre deslumbrantes explicaciones (y con deslumbrantes quiero decir que al acabar las clases quedabas tan ciego y confundido que te veías en la obligación de leer los manuales para saber qué demonios habían intentado decirte).
Vinieron después largos años de trabajos y sacrificios, de lluviosas mañanas otoñales a merced de los vientos y veranos de interminables paseos por los jardines. Ruidos de diversas máquinas me impedían escucharme a mí mismo y poco a poco mi espíritu creador fue dejando paso al dejarse llevar del adicto. Porque yo también sufrí periodos de adicción, épocas raras y borrosas en las que no puedo asegurar si pasaba más tiempo en los bares o en los épicos mundos virtuales.
Y pasaron los años.
Cansado de este continuo ir y venir de ningún sitio, de este estatismo absurdo e improductivo decidí establecerme aquí, en Mar de Beaufort, para reencontrarme a mí mismo y a mi voz interior. Y como soy un tipo parco en palabras este sitio tenía que ser un sitio de escasas entradas y calidad dudosa. Pero aquí estamos. Y si has llegado hasta el final de esta entrada escrita sin pensar y que en realidad no dice nada será porque siempre hay alguien dispuesto a escuchar. Por eso, aunque sean malos tiempos para la lírica vale la pena detenerse a escribir, a contar y a compartir.
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