Mostrando entradas con la etiqueta Esbozos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Esbozos. Mostrar todas las entradas

sábado, 14 de febrero de 2015

San Valentín.





Infructuosamente se afanaba todos los domingos y los jueves sobre el hermoso cuerpo de Janet. Él sabía perfectamente que aquel no era su verdadero nombre, y ella, que apenas hablaba castellano, no entendía el motivo por el cual aquel hombre la escogía siempre a ella y después de manosearla un poco en un reservado del local le pedía que buscase las llaves de la habitación mientras él le daba los billetes de rigor al tipo gordo de las escaleras.

Desde hacía cuatro meses la visitaba dos veces por semana, sobre las diez y media de la noche los jueves y a las ocho los domingos. Siempre solo y recién duchado, pedía zumo de melocotón para él y pagaba sin inmutarse los veinte euros de la consumición de ella. Si estaba con un cliente esperaba a que terminase y, según le contaban más tarde las chicas, muy educadamente les decía que prefería esperar y no subir con ninguna otra.

Janet no era de las chicas más solicitadas en aquel local. Su piel era demasiado negra y su acento demasiado áspero para los hombres de la zona, acostumbrados como estaban a las mulatitas brasileñas y a la empalagosa zalamaría de las caribeñas. Ella era una auténtica africana, una negra Guineana nacida en la aldea cercana al rio Tinkkiso, a quinientos quilómetros de Conakry, veinticuatro años antes. Su padre era un hombre importante pero como ya tenía cinco bocas que alimentar a ella la mandaron a la ciudad prometiéndole un futuro mejor. Después de ocho meses de viaje descubrió que "la ciudad" era un local con luces y música, y veinte chicas más que daban placer a los que tuviesen dinero para pagar.

Él vivía sin demasiadas complicaciones. Llevaba veinte años trabajando en la misma empresa, viviendo en el mismo piso de alquiler y tomando el café de las ocho en la cafetería de la esquina. Los viernes tomaba unas cañas con los compañeros de la fábrica y los sábados se iba a la finca a cuidar sus tomates y sus árboles. Cuando sus amigos se fueron casando él pensó que sería menos complicado plantearse el sexo como un gasto mensual, como si fuese la factura de la luz o el agua, y estableció unos días de visita al prostíbulo de la autovía.

Sus años de experiencia le habían enseñado a diferenciar cuando una chica fingía y cuando disfrutaba con el sexo, y sabía que en los últimos meses ni una sola vez había hecho disfrutar a Janet. Por eso volvía cada semana y quería que disfrutase, que la pobre chica bastante tenía con estar allí encerrada como para no merecer una alegría de vez en cuando. Pero no llegaba, nunca conseguía que llegase, y ya habían probado de todo. A Janet le extrañaba que perdiese tanto tiempo en los preliminares, que la acariciase tiernamente y que le susurrase palabras dulces e incomprensibles para ella. No comprendía que fuese él, y no ella, el que recorriese con su lengua sus intimidades y buscase algo que él sabía que tenía que estar por allí, pero que no aparecía.

Y así pasaron los meses.

Él nunca llegará a entender qué pasa con el cuerpo de Janet y Janet nunca podrá imaginar que lo que infructuosamente busca aquel hombre dos veces por semana en lo más oculto de su cuerpo es lo mismo que a los seis años su padre le había cortado con una cuchilla de afeitar mientras su abuela le sujetaba fuertemente los brazos y su madre gimoteaba al abrirle las piernas.


viernes, 11 de julio de 2014

O pequeno vicio do incansábel e obsesivo Braulio Mackenzie


Braulio Mackenzie tiña un gran problema coa súa vida íntima. Agora que o seu grupo triunfara mundialmente co seu último disco “Pasando de castañas e pandeireteiras”, os xornalistas e os fans queríano saber todo sobre as súas vidas. Sempre fora un tipo normal, o máis natural do grupo. Nada que ver co Richard, sempre provocador e exhibicionista e sen reparos á hora de contar ou inventar todas as súas intimidades. Ou mesmo co insulso Ramón, o guitarrista, que o máis atrevido que fai nos concertos é berrarlle ao público arriba arriba arriba.

Non. El era o tipo no que todos se recoñecen, un rapaz normal, coa súa moza de toda a vida, coas súas ganas de pasalo ben pero sen ningún afán de protagonismo. El púñase detrás da batería e veña música. Se había que saudar saudaba, e se tiña que adoptar unha pose de tipo duro pois puña ás gafas de sol e cara de malo e veña, que ao fin e ao cabo eran o grupo heavy de moda e había que manter certa estética rompedora e malhumorada, que de todos é sabido que os heavyes son rapaces malos falando de cousas lindas.

Pero Braulio Mackenzie tiña un vicio oculto que moi poucos coñecían. Non facía dano a ninguén, non atentaba contra a dignidade de persoa algunha e tampouco supuña un dano para a súa saúde ou para a dos demais, pero sabía que de chegar a coñecerse, a súa carreira como rockeiro tería rematado. Nalgunha ocasión, estando de xira co grupo, o Richard xa lle tiña avisado que aquilo non era normal, que esa teima súa ía traerlles problemas, que calquera podía tirar un fotografía e que comprometería a imaxe do grupo.

Pero Braulio non podía remedialo, era un impulso superior a el. En canto entraba na habitación do hotel ou mesmo no camerino comezaba a pensar en facelo, e ao pouco xa estaba cambiándose de roupa e dándolle ao tema. Nalgunha ocasión chegou a botar fora ao servizo de habitacións berrando “Deixádeme só, deixádeme só que podo facelo eu todo!!”

E agora, con todo o rebumbio provocado polo novo disco a cousa estaba complicándose de máis. A súa moza xa lle advertira que non podían seguir así, que non podían ausentarse nas entrevistas ou nas roldas de prensa para encerrarse nos cuartos de baño. Que na casa estaba ben, non molestaban a ninguén, pero nos lugares públicos era moi arriscado, sobre todo tendo en conta que os xornalistas andaban detrás deles todo o tempo. Por iso estaba visitando a un famoso psicólogo da conduta que lle explicou que era unha unha protección da súa mente para non ter que recordar algún episodio traumático na súa infancia e lle marcara unha terapia que consistía en asubiar un tema de Manolo Escobar cada vez que sufrise un ataque obsesivo.


Todo era inútil. Braulio Mackenzie non era quen de controlarse. Era ver un inodoro e sentir unha irrefreábel necesidade de limpar. E non so era iso, senón que tiña que vestirse como Freddy Mercury no famoso vídeo de “I want to break free”. E dáballe igual que fose na súa casa, na casa dalgunha amizade ou nos baños de calquera hotel. A Braulio gustáballe limpar os baños, pasarlle unha baeta aos azulexos e deixar o chan como unha patena.





martes, 8 de julio de 2014

Tres segundos e un sorriso.


Ela ía dicir que era a súa primeira vez, pero non dixo ren e el sentíase nervioso como se fose a súa primeira vez.

Ela puxera os pantalóns curtos que mercara o día anterior nas rebaixas, que por algo viña de aprobar a selectividade, e saíra da casa disposta a saborear estes días de vacacións como se fosen un premio merecido despois de moitos meses de estudo. El vestírase de maneira cómoda e informal para comezar o seu período de probas naquela empresa de neuromarketing, recortara a barba o día anterior como Orlando Bloom en Piratas del Caribe e sentíase guapo guapo.

A ela sorprendéralle que entre tanta xente como alí había aquel rapaz tivera reparado nela. A el tremíalle un chisco a man, pero disimulaba debuxando pequenas flores cun lapis HB nº2.

Ela non se atrevía a mirarlle aos ollos e descubriu que tiña unhas mans pequenas e fermosas e el non puido deixar de pensar que aqueles esquivos ollos melosos eran o mais lindo de aquel soleado día de primeiros de xullo.

A ela gustoulle que aquel rapaz que parecía Orlando Bloom en Piratas del Caribe lle preguntara se tiña uns minutos para contestar a unha enquisa e a el gustoulle que ela lle confesase, cun tímido sorriso, que aínda tiña dezasete anos.

Ela non sabía que aquel día saíra da casa con propensión ao namoramento e el descoñecía que fose posible namorarse en tres segundos e un sorriso.


jueves, 1 de diciembre de 2011

La mano imposible.

Que me crean o me dejen de creer no tiene para mí la menor importancia. Nada tiene ya importancia. Después de los acontecimientos de esta madrugada nada será lo mismo para nosostros, y probablemente tampoco ustedes podrán dormir tranquilos cuando lleguen al final de este relato. Como cada noche nos acostamos a eso de las doce. Yo a la derecha y mi marido a la izquierda, como la mayoría de los matrimonios. Por motivos de espacio la cuna de la niña está en mi lado de la cama, y sólo tengo que alargar un poco mi mano para ponerle el chupete o acariciarle la cara cuando se sobresalta por algún motivo.

Recuerdo perfectamente que a las dos y veintisiete la niña se despertó.  Metí mi mano entre los barrotes de la cuna y no me resultó difícil acercarle el chupete a la boca. Después de un par de gemidos volvió a dormirse y la habitación quedó en silencio. Un perro ladraba al otro lado del río y me entretuve escuchando el ruido de la lluvia contra los critales mientras aguardaba por las dos campanadas que indicaran las dos y media en el reloj de la iglesia.

Sonó una campanada y de pronto la niña volvió a llorar. Intenté repetir la maniobra del chupete pero mi mano se topó con algo. Asustada encendí la luz. Mi hija se había puesto de pie y señalaba hacia la ventana mientras gritaba e intentaba colarse entre los barrotes de la cuna. El viento había subido de intensidad y eso la habrá sobresaltado, supuse. Me levanté para acostarla de nuevo mientras su padre, aletargado por el sueño, me decía que primero el huevo y después el pan rayado.

Tardé unos minutos en volver a dormirme. Comencé a soñar con un perro cojo caminando bajo la lluvia y un camión sin luces que venía hacia mí. El conductor tocaba insistentemente el claxon pero yo no podía apartarme, permanecía de pie en medio de la carretera y mirando para aquel perro que de pronto comenzaba a ladrarme furiosamente con la boca llena de espuma y los ojos ensangrentados... Empapada en sudor me incorporé en la cama. La lluvia y el viento habían cesado y el silencio era ensordecedor. Volví a tumbarme.

Eran las cuatro de la mañana cuando la niña volvió a gritar. Esta vez mi mano se coló entre los barrotes sin ninguna dificultad, pero en la cuna no había nada. Palpé con mis dedos el vacio, busqué hacia un lado y hacia otro pero debajo de las sábanas no había ni rastro de mi hija. De pronto sentí algo frío sobre mi brazo. Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando una mano grande y helada agarró con fuerza mis dedos. Aterrada intenté zafarme mientras comenzaba a gritar. Al encender la luz descubrimos a nuestra hija acurrucada en una esquina de la habitación, con el pijama empapado y jugando alegremente con sus manos. Un pequeño reguero de agua se extendía desde la cuna hacia la ventana.