A veces la tentación de saltarnos un semáforo es muy fuerte, sobre todo cuando apenas es de día, la calle desierta y la noche ideal.
Miras hacia un lado, miras hacia otro y la ausencia de otros vehículos y de testigos inoportunos te anima a ir pisando poco a poco el acelerador, como quien no quiere la cosa...
Y de pronto caes en la cuenta de que te vigilan, te observan desde las alturas de manera discreta, pero inequívoca.
Es que ese semáforo, por increíble y poco útil que parezca, tiene vigilancia reforzada y saltártelo resulta casi imposible.
Te pillarían al vuelo.

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