Ecos de pasos cansados resonaban en las viejas piedras
y los jóvenes pensaban que ya lo sabían todo,
que nunca llegarían al final del camino.
Bordeábamos la vida y, ignorantes de su belleza,
las flores iban dejando su fragancia a nuestro paso
y fuimos reyes
y descubridores de tierras extrañas
y locos inventores del amor y de la lluvia.
Descansamos,
aprendimos a descansar en los bancos
o a la sombra de los pinos
y cada día era una aventura
y cada noche manteníamos una cruel batalla
a pluma y tinta contra la página en blanco.
Nuestra era siempre la última palabra,
el verso que lo decía todo
y la novela experimental que no nos decía nada.
Y suyos eran los ojos que nunca nos miraban.

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