Podría ser en el segundo curso de Literatura Española, estudiando el Realismo y el Romanticismo del siglo XIX, o tal vez en COU, preparando la Selectividad. Era joven, de cualquier modo, y tenía ganas de saber más de lo estrictamente necesario y por eso ampliaba los contenidos obligatorios leyendo libros que a veces ni siquiera eran los que figuraban en las bibliografias.
Podría ser en el año 92, o en algún momento del curso 1993-94. No tiene ahora demasiada importancia, hace ya casi treinta años, y eso es mucho tiempo.
Y sin embargo recuerdo atardeceres sentado al pie del ahora viejo y seco manzano, leyendo una biografía de Bécquer de más de seiscientas páginas. Por supuesto, de aquella época lo he olvidado todo: lo leído y lo aprendido; las ilusiones y los deseos; lo que esperaba de la vida y lo que buscaba en los días y sobre todo en las noches.
Pero recuerdo la intensidad de aquellos minutos en los que levantaba la vista del libro para ver como el sol anaranjaba el cielo poco antes de ocultarse detrás de horizonte. Algo tenían las puestas de sol que me reconfortaban, tal vez la sensación de un día aprovechado, o la promesa de una noche con tiempo para ler y escribir, crear nuevos mundos y vivir otras vidas.
Y ahora, emprendiendo ya el camino de vuelta, descubro que me faltan horas en los días para detenerme a contemplar los anocheceres y me sobran noches de insomnio en las que las horas parecen estacarse sin atreverse a avanzar hacia un nuevo amanecer.
Volverán los viejos afanes y el entusiasmo de los días luminosos, volverá la voluntad y el deseo de los buenos tiempos, pero ya no será lo mismo. El futuro ha llegado, la ciudad lo ha engullido todo y ya no queda espacio para los árboles ni tiempo para dejarse acariciar por unos minutos por la dulce brisa del abandono.

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