Era
una especie de castillo medieval, tal vez un auténtico pazo gallego
del siglo XIV. El escenario estaba situado en lo alto de una torre
que me recordaba a la de los Andrade de Pontedeume. A mi derecha
podía ver unas pequeñas ventanas con vidrieras de colores y a mi
izquierda se abría una gran puerta de dos hojas. La madera de la
puerta era de roble y estaba adornada con figuras vegetales en la
parte inferior y pequeños monos y animales de tres cabezas en la
parte superior.
No
puedo explicarlo bien, pero no podía evitar mirar a través de una
de las ventanas, extrañamente abierta, y dentro de la
torre veía lo que parecía una fiesta infantil, con globos de
colores y piñatas colgadas en las fuertes vigas de madera de castaño
y una mesa en el medio con dulces, sándwiches de pan bimbo cortados
en diagonal y otras golosinas. Esto, que ya de por si era un poco
extraño, resultaba de todo incoherente con el resto de esta curiosa
historia.
Porque
lo realmente curioso del caso no es donde estaba, sino con quien y
sobre todo que estábamos haciendo. Yo tenía una guitarra eléctrica
y estaba hablando con Charli Domínguez sobre mis inexistentes
conocimientos en el manejo de una Fender Stratocaster. Él me decía
que no importaba demasiado, que entre tanto ruido nadie se iba a
enterar de si tocaba o no tocaba la guitarra. Yo tenía dudas, muchas
dudas, sobre todo teniendo en cuenta mi trastorno de ansiedad social.
Y estaba claro que aquella multitud que se estaba aglomerando
enfrente de nosotros creaba una situación socio-fóbica en la que me
sería muy difícil sentirme ya no cómodo, sino capaz de articular
una sola palabra. Esa era la razón por la que no me atrevía a subir.
- Pero
por eso no te preocupes- dijo Yosi poniéndome un brazo encima del
hombro- que ya hablo yo por todos. Tú solamente ponte delante de la
batería y dale a la guitarra. Si te vas a sentir más tranquilo te
la desconectamos y se encarga el Cereijo de todo.
Recordé
aquellas tardes de sábado antes de salir en las que me plantaba
delante del espejo del armario y tocaba esa guitarra imaginaria que
muchos tocábamos en los 80. Ahora tenía la oportunidad de hacerlo
con una guitarra de verdad y además tocando con Los Suaves.
Reconozco que en aquel punto la idea ya me estaba gustando, pero aún
así no salía de mi asombro. ¿Qué demonios hacía yo encima de un
escenario? ¿A quien se le había ocurrido hacer un concierto en una
torre del homenaje? Y lo más desconcertante de todo... ¿Qué
hacíamos celebrando un cumpleaños minutos antes del concierto? ¿Desde cuando los del rock tomaban sándwiches de nocilla?
Lamentablemente,
todas estas preguntas quedaron en el aire. A las 6.47 el despertador
anunció que el concierto había terminado y así me quedé sin saber
de lo que soy capaz encima del escenario.

