miércoles, 11 de julio de 2012

Reencuentros en la Taberna de Beaufort.

Como ya nos vamos conociendo no os sorprenderá que Hilario reapareciera por La Taberna de Beaufort como si tal cosa, después de un año sin saber nada de él. Venía acompañado de  una pareja de extranjeros demasiado bien vestidos para ser peregrinos, pero con la cara de pánfilos que caracteriza a los teutones, ingleses y holandeses cuando comienzan a mirar el mapa y preguntar Where's the big church?

Estos eran distintos. El tipo parecía un armario y la morena vestía un traje chaqueta compuesto por americana de cuello chimenea, de esas que cierran por corchetes con detalle de grandes botones y con costadillos ajustados. No podría asegurarlo, pero me pareció que estaba forrada. 97% poliéster, 3% elastán y tendría un largo aproximado de  50 cm. La falda era de esas sin cinturilla, cerrada, y lo suficientemente ajustada como para realzar las caderas de la mujer que con tanta gracia entró en el local y me pidió A Coke, please. I'm very thirsty! Todos sonreimos al verla acercarse a la barra y poner cara de sorpresa cuando le expliqué que en nuestra taberna no vendemos Coca-Cola, que estamos boicoteando a las transnacionales y que nos oponemos a cualquier tipo de comida basura.  Iba a ofrecerle un bitterkas cuando escuché a Ramón al otro lado de la puerta decir aquello de A ver, kuntakinte, ou dentro ou fora, que para quedar no medio xa están os xoves! 

- Pero qué dices, Ramón, si kuntakinte era negro.
- Negro sería, pero tamén era grande como un mundo...
- Venga Ramón, dijo Hilario, deja a mis amigos tranquilos y entra de una vez, que vengo dispuesto a invitar a unas cervezas.

Hilario tenía estas cosas. Podían pasar meses sin que supiéramos de él que cuando regresaba siempre conseguía mostrarse tan próximo y cordial que daba la sensación de estar siempre con nosotros. Era un tipo curioso, sorprendente y enigmático. Todavía estaba yo esperando una explicación sobre el asunto de los rusos cuando aparecía con otro par de personajes que parecían sacados de una serie de televisión americana.

Nos contó que tenía que llevar a sus acompañantes a un pueblo del norte en el que había tenido lugar un suceso un poco extraño. Nadie preguntó nada. Sabiamos que si Hilario quería contar más, lo contaría, y si no pues por mucho que insistíeramos no soltaría prenda. Yo me quedé con ganas de saber algo de Irene y de Raquel, pero decidí que sería mejor esperar a un momento en el que hubiese menos gente en el bar.

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