domingo, 29 de julio de 2012

El chupete y la metamorfosis de los placeres.

Siempre resulta agradable meterse de nuevo en cama después de haberse levantado para beber un vaso de agua, para miccionar o para cerrar esa ventana que inexplicablemente estaba abierta. Es una sensación muy placentera sentir que nuestra cama conserva ese calor humano tan característico y que nuestros pies, algo fríos por haber caminado descalzos, se encuentran de nuevo entre las sábanas aún calientes. Volvemos a tumbarnos y nos estiramos para sentir de nuevo el peso de las mantas sobre nuestro cuerpo. Pensamos que aún nos queda mucha noche por dormir y si tenemos pareja nos acurrucamos contra ella y a veces incluso decidimos arriesgar un buen abrazo con intenciones que de madrugada y en la cama siempre resultan un poco ambiguas.

Sin duda, volver a meternos en nuestra cama suele ser una grata sensación, sobre todo cuando no tenemos problemas para volver a conciliar el sueño o cuando sugen otras posibilidades. Pero como ocurre con la mayoría de los placeres de esta vida, la capacidad de deleite de una acción se ve reducida con la repetición.

Volver a acostarse una o dos veces en una noche puede estar bien, pero si cuando nos acostamos tenemos la certeza de que dentro de unos minutos tendremos que levantarnos de nuevo el placer de volver a estirarnos y sentir las sábanas calentitas se reduce considerablemente. Sentimos que la manta está toda en el otro lado y las suaves telas de antes se convierten en un incómodo rebujo que envuelve nuestras piernas. Refunfuñando intentamos taparnos los hombros y destapamos los pies; utilizamos nuestras posaderas para intentar que nuestra pareja nos deje más espacio en el centro de la cama; nos ponemos de un lado, después del otro y finalmente decidimos que lo mejor será dormir boca abajo; oímos extraños ruidos, arañazos en la ventana, pequeños golpes en el piso de arriba; nos molesta el cuello de la vieja camiseta que utilizamos para dormir y comenzamos a preguntarnos si debemos cortarnos las uñas de los pies. En definitiva, que todo nos molesta y todo nos impide volver a dormirnos. 



Y en el preciso momento en el que el sopor vuelve a apoderarse de nosotros escuchamos un golpe seco en la habitación de al lado. Sabemos perfectamente de lo que se trata y tenemos la certeza de que en breve comenzará el berrinche. Aún así intentamos disimular y hacernos los dormidos con la esperanza de que nuestra pareja acuda antes que nosotros pero como no responde a nuestros codazos decidimos levantarnos por enésima vez en la noche. Y cuando volvemos a meternos en cama ya no nos importa lo más mínimo que las sábanas estén calentitas y nuestros pies fríos. Ni siquiera estamos seguros de que valga la pena acostarse de nuevo. De este modo, lo que unas horas antes fue una agradable sensación se convierte así en una mezcla de malestar e desasosiego que nos hace temblar ante la sola idea de tener que volver a levantarnos.



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