jueves, 8 de marzo de 2012

Estelas de agua y hielo.



Querida Sally:


comprendo que estas letras, después de tanto tiempo, puedan resultar inesperadas, innecesarias e incluso un poco inoportunas. No tenemos demasiadas cosas que contarnos y cada vez hay menos espacios comunes en los que podamos sentirnos cómodos los dos. Sin embargo, en las últimas semanas he pensado mucho en ti.


De nada sirve ya recordar los buenos momentos que pasamos juntos o aquellos proyectos que con tanto optimismo íbamos tejiendo con los retales de colores que nos daba nuestra juventud y la ignorancia de un pasado que tarde o temprano abrirían entre nosotros un abismo imposible de franquear. Ni siquiera los puentes del amor sirvieron para mantener una relación condenada de antemano por los errores que otros habían cometido. En su momento decidimos no buscar culpables y esta carta no pretende reabrir aquella vieja polémica de la que ninguno de los dos saldríamos bien parados.


De nuestra relación no queda más que una estela de hielo semejante a la que va dejando tras de sí este pequeño barco en el que navego desde hace unos días. Fumando en la popa veo pasar las horas y los recuerdos acuden a mi memoria como gaviotas sobrevolando nuestro rumbo. No hay futuro para nosotros, lo se, sin embargo no quiero que queden cosas sin decir. Después de nuestra separación sabes que dejé de trabajar en el Complejo de Misiles de Kodiak. Ver a tu padre todos los días no era algo que me entusiasmase. Por eso pedí el traslado al Servicio de Guardacostas. Allí pasé los últimos cinco años, trabajando como técnico de telecomunicaciones, perfeccionando mis conocimientos de biotecnología y preparándome para un nuevo destino. Fue allí donde me reclutaron para la misión en la que actualmente participo.


Como bien puedes suponer, nada te puedo contar. Simplemente debes saber que estas serán las últimas letras que te escriba. Si tenemos éxito me darán una identidad nueva y un puesto de docente en la universidad de Yorktown. El fracaso supondrá nuestra muerte.


Por eso me siento totalmente libre para decirte que te he querido y te quiero mucho más de lo que yo pensaba. No hay espacio en esta vida para los amores imposibles, es verdad, pero siempre quedará un hueco en mi corazón para nuestro desafortunado amor. Espero que rehagas tu vida y consigas encontrar a alguien que te quiera como tu te mereces. Yo se que nunca encontraré a nadie como tú y no tengo la menor intención de ponerme a buscar.


Todo esto era lo que quería decirte. No intentes buscarme y no hagas demasiadas preguntas cuando te digan que morí. Lamento que nunca puedas saber si estoy muerto o si estoy vivo, pero esto es lo que tienen los amores desdichados. Me gustaría que hubiera una manera de saber cómo acabará esta aventura pero lo único que se es que todo lo vivido hasta ahora parece un suspiro, un extraño sueño del que tal vez pronto vaya a despertarme.



Si, amor mío, la vida se nos escapa y casi no nos enteramos. Pasan los buenos momentos, pasan las alegrías y sólo con el tiempo nos damos cuenta de que teníamos que haber disfrutado más de los pequeños detalles. Al final nos descubrimos en la popa del barco, mirando la estela de agua que va quedando atrás a medida que avanzamos en la vida. Disfruta, querida Sally, disfruta del tiempo y de la compañía y busca la felicidad. Es lo único que realmente importa.


Por cierto, ten cuidado con ese tipejo con el que andas últimamente, ese tal Ramón. Ya se que te recuerda a la tierra de tu madre, pero no te fies. Proviene de una tierra en la que comen cabeza de cerdo, encienden velas en honor a divinidades paganas y creen ver a sus muertos paseando a altas horas de la madrugada por las encrucijadas.



No hay comentarios:

Publicar un comentario