martes, 20 de marzo de 2012

Asido a la felicidad.



Lentamente iban caminando de la mano, con cierta dificultad pero sin prisas. Él sostenía con la derecha un periódico gratuito que ojeaba mientras caminaban. Ella agarraba con la izquierda una moderna bolsa de la compra con ruedas. Él repetía los datos de una noticia, ella le decía que eso no podía ser. Entonces se detuvieron delante de mí, él acercó la página del diario a su cara y repitió el párrafo que acababa de leer, ella ladeó la cara y por un instante se miraron. Yo tuve que pasar de largo, pero de refilón pude ver como ella sonreía satisfecha y él le decía que era verdad, que no eran cien millones, que sólo eran diez y ella, supongo que para disimular los problemas de visión de su marido, le dijo que de todas formas eran todos unos ladrones y sinvergüenzas.

No quise detenerme descaradamente, pero me acerqué a un escaparate y observé su reflejo en el cristal. Dos ancianos caminado lentamente por el centro comercial para hacer la compra. Dos personas unidas de la mano, comentando las noticias del día y tal vez asombrados por el mundo que los jóvenes están creando. Continuaron su camino sin soltar la mano del otro y me imaginé que esa mano temblorosa y demacrada significaba mucho más que un apoyo para no caer o un simple hábito adquirido con los años. En ese gesto intuía una complicidad y un conocimiento que a mí se me escaban, tal vez algunha certeza que sólo se comprende con el paso de los años.

La felicidad es algo muy sencillo y muy pequeño y conviene estar atentos pues a menudo se cruza en nuestros caminos y no la vemos. Si tienes la fortuna de encontrártela acostúmbrate a ir de su mano. Te ayudará a no perderte en un mundo repleto de afanes, deseos y falsas necesidades que a menudo nos llenan de vacío.

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