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lunes, 19 de marzo de 2012
Despertares oníricos.
Conocí a Kubrick en el astillero espacial de Andrómena SG-1.
Estábamos en el equipo de ensamblaje de las nanofibras aerotérmicas de la central de datos VG378. Recuerdo que en los tiempos de desdoble mental me mostraba antiguas imágenes bidimensionales diciéndome que hubo un tiempo en el que los humanos sólo podían ver a través de los ojos y que para ello era necesario que los rayos de luz alcanzasen la retina y se transformasen en impulsos eléctricos. Debo confesar que yo no creo en estas cosas, pero a veces le pedía a Kubrick que me insertase en la URF de mi lóbulo occipital alguno de sus códigos de vivencias para poder experimentar lo que sentían nuestros antepasados sapiens al no poder ver más que imágenes.
Kubrick era un buen hombre. Tenía algunas manías que los demás no entendían y de la que algunos androides se burlaban descaradamente, pero a mi me gustaba percibir sus historias y a veces le pedía que hablase para escuchar su voz. Me imaginaba entonces que estaba disfrutando de una sesión de recreación sonora de la realidad, con sus coloridas imágenes en cinco dimensiones y aquellos sonidos que emitian los objetos y los moicos de los que a veces me hablaba la entidad mnemoespectral de la quinta generación de mi linaje.
Una vez me confesó que lo que a él le gustaría de verdad es ser creador. Ante mi cara de asombro y repugnancia me explicó que hubo un tiempo, antes de la erradicación preventiva de los homo sapiens, en la que los creadores no estaban mal vistos y que incluso había gente que no empleaba todas sus unidades de almacenamiento neuronal en conocimientos científicos y datos veraces, justos y necesarios sino que se dedicaban a inventar cosas que no existían y a recrear vidas de seres imaginarios sin importar su utilidad o su nivel de enriquecimiento exponencial. Yo sonreía tímidamente, pero no podía comprender el concepto de novedad o de creación. No podía concebir la existencia de algo que no existiese ya en nuestros circuitos de acceso a toda la variedad y a todo lo que existe en el universo y en cualquiera de las nueve dimensiones. Y sin embargo las palabras de Kubrick provocaban en mi un estado de inquietud que no podía explicar y que me dejaban una especie de cosquilleo mental en forma de interrogación.
¿Y si es verdad?
¿Y si es verdad?
Raramente me atrevía a contestar a esta pregunta, pero en algún periodo de pensamiento íntimo he comenzado a vislumbrar imágenes confusas y secuencias completas de realidades que no estaban en mi registro vital de experiencias. Visité a los doctores para saber si tenía algún tipo de enfermedad o si los implantes de ampliación de recursos comenzaban a fallar. Todo parecía normal, pero nadie podía explicarme lo que cada vez con más frecuencia me sucedía. Entonces recordé las conversaciones con Kubrick y descubrí que inexplicablemente, como si de una ancestral homosapiens se tratase, había comenzado a soñar.
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