Ángela aún no había tenido su primer enamoramiento cuando había empezado a escuchar aquella voz. Una voz dulce y muy sugerente que había estado presente en los momentos más importantes de su vida. Gracias a aquella voz se había reunido con los miembros de Acimut durante las Segundas Revueltas y había acabado liderando las negociaciones con los Limanos; había conspirado más tarde para lograr una coalición contra el Darwen y finalmente había obtenido el poder necesario para unificar todo el tercer cuadrante. Aquella voz había sido algunas veces una inspiración y otras una auténtica revelación, y durante sus largos años de gobierno, de lucha o de huidas siempre había estado presente de alguna manera.
Y su último mensaje había sido más claro que nunca. Debía encontrar al viejo Arwall Ortega, aquel Biociborg que lo había cambiado todo muchas décadas antes y al que ya nadie recordaba. Ella, que hacía años que estaba retirada de toda acción volvía a tener una misión que cumplir, y esa misión consistía en buscar a otro veterano en viejas batallas que llevaba una eternidad perdido y olvidado del mundo.
Y fue así como volvió a recurrir a sus antiguas amistades, movió algunos contactos y pidió el pago de viejas deudas con favores nuevo. Consiguió que las Buscadoras, a cambio de una importante suma, encontrasen para ella a Arwall. Y finalmente se encontraba a punto de despertar de su letargo intencionado a aquel héroe de otros tiempos, el mismo que había evitado la extinción de toda una raza, y no solo eso, sino que con el tiempo de había convertido en el líder de la revuelta y el defensor de un entendimiento universal entre diferentes formas de vida. Pues Arwall Ortega era reconocido como salvador no solamente por los humanos puros, sino también por los Biociborg, por los androides de última generación y por los desfasados ciborg que se habían librado de la rehabilitación neutra.
Una vez más, fue esa voz interior la que le indicó que no iba a necesitar más los servicios de las Buscadoras, aunque se quedó más tranquila al saber que su nave permanecería en órbita siete días más. Era el protocolo que tenían establecido para los casos en los que sus clientes llegaban a un planeta alejado de las rutas comerciales y de las bases coloniales. Los buscados no siempre querían ser encontrados, y su reputación se basaba también en la protección que ofrecían. No se trataba solamente de encontrar, sino que garantizaban que el buscador seguía vivo, por lo menos unos días después de llegar a sus destino.
Por eso para Ángela supuso un alivio saber que durante unos días tendría las espaldas cubiertas y una opción de huida activada. En el caso de que el asunto se complicase con Arwall siempre podía solicitar un desalojo inmediato, aunque algo le hacía confiar en que todo iba a salir bien. Aquel ser que ahora tenía delante de sus ojos no parecía ser una amenaza. Más bien daba la sensación de ser un ciborg viejo y obsoleto que no representaba ningún peligro sino que parecía necesitado de atención y cuidados urgentes. Se acercó sigilosamente, sin aspavientos y atenta a cualquier reacción por parte de aquel ser Y no pudo evitar dar un salto hacia atrás cuando Arwall Ortega abrió los ojos, se puso en pie y mirando directamente el rostro de la mujer le dio la bienvenida.
- Te he estado esperando, Ángela. Los tiempos de los viejos bardos de las pretéritas edades han llegado. Hoy, las vaguedades y las incertidumbres llegarán a su fin.







