Deportaciones masivas y ciudades santuario. Extravagantes hombrecillos que a pesar de su incuestionable inteligencia, muy por encima de la media, guardan en su interior cierto complejo de inferioridad que disfrazan con delirios de grandeza. Amenazas de conquista larvadas durante décadas, ahora convertidas en realidades, presagian un futuro de sangre y destrucción. Dependencia masiva de nuestros teléfonos, con innumerables apps para saber en cada momento que hacer, que pensar, que decir y que sentir. Nuestras vidas controladas, supervisadas, "datamineadas" hasta el ridículo para que el algoritmo sepa que a las dos de la tarde eres propenso a la compra compulsiva y a las siete, en cambio, te apetece más socializar.
La distopía ha llegado. La sociedad que hace cien años comenzaron a imaginar algunos escritores, pensadoras y filósofos está llamando a nuestras puertas, y a nuestra conciencia, y la mayoría no queremos verlo, inmunes como somos a todo aquello que pueda romper nuestro caparazón de seguridad y comodidades. Estamos abocados al desastre social, a la desaparición de los valores y de los ideales que dieron lugar, en el siglo pasado, a estados democráticos y libres.
Como simples lectores de una distopía futurista, asistimos a un continuo goteo de noticias y acontecimientos que nos llevarán, inevitablemente, a una dictadura tecnológica, a un descarado control de masas a través de los medios tecnológicos, a una sociedad cada vez más individualista y solitaria que defiende las ideas y los beneficios de otros porque es incapaz de reconocer ya cuales son sus propios intereses. No sabemos lo que nos conviene, y al igual que ya tenemos aplicaciones que nos ayudan a gestionar nuestro tiempo, a diseñar nuestro menú diario y a planificar las rutinas de ejercicio más convenientes para nuestra edad y nuestro físico, pronto comenzarán a vendernos aplicaciones para pensar bien, para saber lo que realmente nos interesa y para delegar nuestro voto no en las más capaces o en los mejor preparados, sino en los más populares y en las más hábiles para posicionarse en un mundo de huecas e insustanciales redes sociales.
Y mientras se reduce el espacio para el pensamiento y la reflexión y el concepto de crecimiento personal se reduce a obtener unos cuantos "me gusta" por cualquier estupidez que publiquemos; mientras nos embriagamos con noticias falsas o auténticas memeces en forma de videos que a veces ni siquiera resultan graciosos; mientras nos jaleamos o insultamos las unas a los otros, como si de un evento deportivo se tratase, convencidos como estamos de que eso es democracia y libertad de opinión y derecho fundamental; mientras, en definitiva, estamos mirando hacia otro lado sumergidos en este odioso scroll infinito en el que se ha convertido el siglo XXI, están haciéndose realidad algunas de las distopías literarias que nos parecían imposibles hace unas décadas, cuando algunos estábamos convencidos de que el mundo siempre iría a mejor y que algún día los barcos de Greenpeace y las activistas de Amnistía no serían necesarias.
Y de pronto, un día te despiertas y en la radio te hablan de ciudades santuario y deportaciones masivas en Estados Unidos y sabes, porque lo has leído muchas veces, que la decadencia ha comenzado y que al final, irremediablemente, tú serás una de esas piezas raras que no encaja, que no quiere resignarse a pensar que el mundo es así y que no hay nada que hacer. Al final, como buen lector errático que soy, también creo en las utopías como mecanismo del cambio y se, estoy convencido, de que hay futuro para el ser humano siempre que levantemos la mirada de nuestras pantallas y comencemos a pedir la luna.
Gracias pola magnífica reflexión non falta nin sobra nada. Comento anónimo porque gxxgle xa estaba pedíndo sesión, contraseña inevitable !! cookie.... E non eran de chocolate... Bicos gema
ResponderEliminarMoitas grazas por pasarte por aquí e deixar un comentario!
EliminarMágoa non poder ofrecer un cafetiño con galletas en lugar de solicitar contrasinais e rexistros!
Bicos bicos.