lunes, 31 de agosto de 2020

Arder (II) ou fin de novela con lume e cinza.


Publicaba fai un ano unha entrada na que falaba da necesidade que experimentamos algúns de reniciarnos continuamente, de ver arder as vellas cousas para deixar sitio ás novas. No meu caso sempre que falo das miñas cousas estou referíndome a eses escritos que vou deixando en papeis soltos e cadernos que co tempo xa non teñen moito sentido. Non recordo agora que trapalladas queimaría no verán pasado, pero hoxe erguínme animado e despois de pasar dúas semanas nas que non fun quen de sentarme a escribir decido poñer fin ao que ía ser o meu segundo intento de novela.


Tal vez debera pechalo todo, deixar definitivamente este blog que non consigo dotar da calidade suficiente para que chame pola xente, esquecer esa teima miña de ser escritor e centrarme noutros aspectos da miña vida que me aportan moita felicidade e ese cosquilleo vital que fai que sintamos que estamos exactamente onde debemos estar. Tal vez debera deixar de loitar conmigo mesmo, con este carácter inestable e inseguro que fai que me plantexe cada paso e cada decisión como se fosen cuestións transcendentais e que me teñen dando voltas sobre as mesmas ideas un ano tras outro.


Avanzar, queimar para avanzar, como unha fuxida desesperada cara adiante. Non deixar un caderno ao que regresar, unhas anotacións que seguir. Queimar os mapas para ter que facelos de novo, para volver a ser un explorador buscando o meu lugar no mundo.


Por iso, e porque todo vai ser moi diferente a partir de agora, decido marcar con fume e cinza este cambio de ciclo que como xa sabedes (son moitos anos de blog) nen será definitivo nen servirá para nada. 


Pero as fotos con lume sempre molan.



 


domingo, 23 de agosto de 2020

La Fiesta (I)

 


Para disimular su nerviosismo, Ripley contemplaba las estrellas a través de la gran cúpula de cristal que coronaba la sala de reuniones. Como cada año, habían sido las primeras en llegar y a medida que el recinto se llenaba ella iba desplazándose hacia un rincón, participando lo menos posible en las conversaciones que de manera esporádica iban surgiendo y evitando el típico correteo de aquí para allá al que solían dedicarse las muchachas de su edad en la fiesta anual. No recordaba si siempre había sido así, pero desde hacía unos años el día de la fiesta anual era siempre igual. Las mismas conversaciones, los mismos gestos y las mismas miradas furtivas. A veces tenía la impresión de que era la única persona que se percataba de la inevitable repetición de las cosas. Al fin y al cabo, aquella gente no tenía nada nuevo que contarse. Llevaban muchos años viviendo en el mismo lugar y haciendo lo mismo, por eso a Ripley no dejaba de sorprenderle el entusiasmo con el que cada año se saludaban y se abrazaban los adultos, las animadas conversaciones que surgían entre ellos al tiempo que los más jóvenes parecían disfrutar explorando un espacio que tenían más que explorado. Dentro de unas horas todo acabaría, cada uno volvería a su lugar y hasta dentro de un año no volverían a verse, aunque para la mayoría sería como si solo hubiera pasado un día.

Y aún así, Ripley estaba nerviosa.

No esperaba que las cosas fuesen distintas esta vez. Tenía casi la certeza de que la fiesta sería igual a la fiesta del año pasado, y del anterior, y del otro. No recordaba cuando había comenzado a sentirse interesada por aquel chico, ni siquiera sabía en que momento había notado su presencia. Era evidente que siempre había estado allí, al igual que el resto de participantes en la fiesta, pero en los últimos años casi lo único que le interesaba de aquella reunión anual era saber que tarde o temprano acabaría viendo a aquel muchacho de ojos melosos y sonrisa dulce. Y si ahora estaba nerviosa y mirando hacia el exterior era porque en la fiesta del año pasado, por un instante, sus miradas se cruzaron y tuvo la certeza de que también el sentía cierto interés por ella.

Una tenue luz anaranjada en un extremo de la gran sala indicaba que ya no faltaba nadie por llegar. Poco a poco el techo abovedado comenzó a teñirse de distintos colores hasta que se convirtió en un perfecto cielo azul de primavera en el que comenzaba a vislumbrarse un sol naciente. El día de la fiesta anual había comenzado. Todo lo que quisieran decirse tendrían que hacerlo mientras durase aquella jornada, al finalizar tendrían que retirarse y no volverían a verse hasta el próximo año. Ripley buscaba a aquel muchacho entre la multitud, necesitaba confirmar si también él se había fijado en ella, si sus sentimientos tenían alguna posibilidad de ser mutuos y aquel muchacho tendría la misma curiosidad que ella, las mismas mariposas en el estómago cuando se veían, el mismo interés en conocerla que ella tenía en conocerlo a él.

Sus hermanas seguían correteando entre la gente como niñas recién salidas de la escuela. Al acabar la reunión, ya de retirada hacia su Zona, siempre le decían que no habían tenido tiempo suficiente para saludar a todas las personas que deseaban saludar. No entendían como ella podía quedarse tanto tiempo en el mismo lugar y sin apenas hablar con nadie ni hacer otra cosa que mirar al exterior por los grandes ventanales. Ripley se limitaba a sonreír y les decía que no encontraba ningún aliciente en pasar todo el día hablando con personas que no tendían nada distinto que contar, forzando conversaciones que se tornaban repetitivas e insulsas. Al fin y al cabo, la mayoría de los que asistían a la fiesta anual había tenido las mismas experiencias durante el último año. Solamente las personas escogidas para las labores de organización y mantenimiento tenían la posibilidad de hacer cosas distintas y mantener relaciones personales un poco más cercanas. El resto debían contentarse con regresar a su Zona de Residencia y aguardar a la próxima Fiesta Anual. Ripley, al igual que sus hermanas, sabía que algún año le tocaría a ella encargarse de esas tareas. La Supervisora Jefa Cairme la nombraría después del discurso y al final de la reunión tendría que quedarse para recibir las oportunas instrucciones. Pero teniendo en cuenta su edad y el lento transcurrir del tiempo al que estaban sometidas aún tardaría muchos años en suceder.

Aún faltaban unas horas para el discurso y la Gran sala se había convertido en una fiesta. Unas inmensas pantallas situadas a tres o cuatro metros de altura mostraban el avance realizado el último año. Casi nadie prestaba atención ya a estas pantallas. Todo el mundo sabía que si había alguna novedad que les afectase la Supervisora Jefa Cairme hablaría del tema. Ripley recordaba los primeros años, cuando se formaban grandes aglomeraciones para consultar en las pantallas si se había alcanzado el objetivo y podían romper con la monotonía temporal en la que se había instalado la sociedad. Con el paso de los años la desesperanza se había instalado en el grupo. Casi nadie era optimista y la mayoría habían asumido que lo mejor era disfrutar del momento y aprovechar aquella reunión para hacer con otras personas todas aquellas cosas que a lo largo del año no podían hacer. Charlar, bailar, disfrutar de una buena comida, practicar algún deporte o entretenerse con algún juego de mesa. Alrededor de la Gran Sala existían espacios destinados a estas actividades, y poco a poco los grupos de personas iban desplazándose según sus preferencias. Ripley nunca hacía nada especial. Pasaba el día observando a los demás, atenta a las dinámicas que se establecían entre los distintos grupos. Le hubiera gustado ser más activa, aprovechar hasta el último minuto de aquel día para sentirse viva, para explorar, para probar cosas nuevas. No era su carácter. El entusiasmo no estaba en su genética. Y sin embargo aquel chico había conseguido despertar en ella algo parecido al deseo. Tenía ganas de volver a verlo, quería acercarse a él y hablarle. Quería saber de él.

Pero el muchacho no aparecía. No era fácil encontrarlo entre la multitud, pero Ripley tenía la esperanza de que volvería a pasar por donde había pasado otras veces. Todos solían hacer más o menos lo mismo año tras año, y por eso ella se había quedado sin moverse desde que había llegado a la gran sala y tenía la intención de quedarse allí plantada todo el tiempo que fuese necesario.

La Supervisora Jefa Cairme estaba explicando los avances que habían realizado en los últimos meses. A los pocos minutos de comenzar el discurso anual, Ripley había desconectado y ahora solamente recibía algunas frases sueltas. Los recursos se mantenían estables y no se preveían cambios en los próximos años. Si todo seguía así, decía Cairne, la siguiente reunión podría durar más de un día. Nadie creía que esto pudiera ser cierto, por lo menos no a corto plazo. Las normas eran muy claras al respecto y no admitían ningún tipo de variación. Por lo menos no hasta que hubiesen transcurrido dieciocho años. Pero aún así las palabras de la Supervisora Jefa, habían provocado entre el público un pequeño alboroto que sacó a Ripley de su ensimismamiento. Y entonces lo vio.

El muchacho estaba casi a su lado, comentando con un grupo de Organizadores las últimas palabras de la Supervisora Jefa Cairme. Ripley sintió que el corazón le daba un vuelco cuando el muchacho la saludó con la cabeza mientras le hacía un gesto para que se acercase. Su alegría, sin embargo, se desvaneció cuando al aproximarse descubrió que en su brazo derecho lucía orgulloso el distintivo que lo señalaba como uno de los Organizadores durante el próximo ciclo.

Durante los próximos tres años, aquel muchacho no regresaría con el resto del grupo a las zonas de residencia. Ripley sabía que la edad no sería un problema, pero también era consciente de que las mayoría de las parejas que terminaban formalizando su relación se conocían durante el periodo de organización. En algún lugar de su corazón había nacido la idea de que les tocaría al mismo tiempo realizar sus Períodos de Organización y Mantenimiento. Ahora sabía que de momento esto no ocurriría. Como la mayoría de las personas de aquella reunión, solamente disponían de lo que quedaba del día para contarse lo que quisieran contarse.

No te preocupes, -le dijo a modo de despedida. -El año próximo yo te encontraré a ti.


La Fiesta (II)

viernes, 21 de agosto de 2020

Effi Briest. Theodor Fontane

 



Constante.

Constante desde la primera a la última página. Esta novela consigue mantener un estilo y una voz narrativa propios durante las más de trescientas páginas que nos regala el autor. Se trata de una de esas obras que hace que aparezca una voz en nuestra cabeza, un narrador muy característico, con un estilo singular que termina por acompañarnos incluso cuando no estamos leyendo. Es Literatura de la buena, de la que nos deja algo tristes cuando acabamos de leer no tanto por los personajes, que también, sino porque nos hemos acostumbrado a esa forma de contar y sabemos que hay historias que duran lo que duran unas cortas vacaciones. En definitiva, nos encariñamos con el narrador y nos apena que termine de contarnos lo que tiene que contar.

Y de lo que trata Effi Briest es más bien mundano y simple. No es por la trama argumental por lo que Theodor Fontane nos conquista, aunque tenemos que tener en cuenta que esta novela fue publicada en el año 1895, y la sociedad de época era muy distinta a la de ahora. A lo largo de la historia van apareciendo pinceladas de la forma de pensar de algunos protagonistas y descubrimos ideas bastante avanzadas para la época. Se saben gobernados por unas leyes sociales y culturales que no son justas ni buenas, pero que es necesario cumplir para ser aceptado, para sentirse integrado y poder cumplir con las expectativas (a menudo de los otros) y con los sueños propios. Effi no puede sentirse plenamente culpable, y Innstteten (su marido) no puede sentirse inocente. Obró como tenía que obrar, pero sabe que no hizo bien, que su gesto no responde a la ira ni a una ofensa que necesite reparación. Simplemente tiene que actuar porque la sociedad y su posición en la misma así lo requieren. En cierta medida, él también es víctima de unas normas que lo atenazan y lo dominan y es consciente, incluso antes de actuar, de que el cumplimiento de esas normas provocará irremediablemente su infelicidad.

Hay párrafos en Effi Briest de una brillantez absoluta. El resto es una obra maestra, un imprescindible de la literatura. Nada sobra, no hay páginas de relleno y en cada capítulo se cuenta exactamente lo que se tiene que contar. La pluma de Theodor Fontane no desmerece a un Dostoyevski o a un Balzac, por hablar de dos autores que escribieron por la misma época, y en no pocos párrafos percibimos cierto aroma cervantino. Encadenamientos con referencias al capítulo anterior, ingeniosas explicaciones sobre la naturaleza humana que bien podrían haber sido enunciadas por el hidalgo castellano e incluso un personaje (Roswitha, cuidadora primero de la hija de Effi y más tarde de la propia Effi) que en muchas ocasiones se parece al humilde y siempre dado a refranes Sancho Panza.

En definitiva, os gustará si os gustan las novelas en las que la voz narradora está presente con un estilo cuidado y muy particular, con gran riqueza expresiva pero a la vez con una cadencia fluida que avanza sobre frases más bien cortas, sin demasiados adornos ni florituras que muchas veces intentan encubrir falta de talento.


- Off topic -

Yo no conocía de nada a Theodor Fontane, ni siquiera me sonaba su nombre. Ocurre muchas veces que paso por las bibliotecas o por las librerías y elijo algún libro simplemente por curiosidad, por la portada o sobre todo por el título, aunque no conozca de nada al autor o autora en cuestión. Pero este libro tiene una historia un poco distinta. Fui con la pequeña a la biblioteca y después de escoger sus libros le pedí que me acompañase a mi a buscar alguna lectura. Como ella ya tenía prisa y yo suelo tardar demasiado en decidirme, se fue por el otro lado de la estantería en la que estábamos, cogió un libro al azar, comenzó a empujarlo hacia mi y disimulando la voz comenzó a decir “Llévame a mi, llévame a mi”. Ni que decir tiene que me lo llevé, y fue todo un acierto.

Pero aquí no acaban las casualidades. Hace un par de semanas estaba yo desvelado y decidí leer un poco y poner la radio. Resulta que estaban reponiendo en la SER un programa sobre libros, que tampoco conocía. Efectivamente, el libro del que hablaron aquella noche era Effi Briest, de Theodor Fontane.


lunes, 3 de agosto de 2020

Expo 58. Jonathan Coe







Cosquilleo.

Me pasa a veces que cuando acabo una novela siento un extraño cosquilleo entre los hombros y el cuello. Cierro la última página alegre, satisfecho, y suelo quedarme unos minutos pensando en lo que me acaban de contar, en la historia, en el ambiente, en lo que habrán hecho los personajes después de la novela. Pienso que la literatura también consiste en vivir otras vidas y en estar en otros lugares, en ampliar nuestra experiencia. Supongo que por eso nos sentimos bien cuando las novelas acaban bien para los personajes y nos quedamos algo apagados cuando se trata de tragedias y sinsabores.

De Jonathan Coe había leído ya un par de novelas. A casa do sono (NovoVinilo Edicións), fue una recomendación de Chus (Libraría Pedreira), y como suele acontecer acertó. Después leí La lluvia antes de caer, y en mi cuaderno de lecturas le di un 5 sobre 5 “porque hai un apartado, case ao final, no que me sentín igual que ao rematar El nombre de la rosa, e iso non é fácil”.

En Expo 58 Jonathan Coe consigue tocar fibras sentimentales que nada tienen que ver con la historia que narra. No necesitamos estar familiarizados con la época de la Exposición de Bruselas del año 1958 para notar un estremecimiento al final de la obra. La anécdota, la trama, es un pretexto para hablar de emociones que todos sentimos alguna vez. Se trata de la nostalgia de lo vivido, de los buenos tiempos, como recuerdan dos de los personajes cincuenta años después, aunque esto solamente lo sabemos en las últimas páginas del libro.

Desde el comienzo, un narrador en tercera persona va contándonos la historia de un modo sencillo y fluido, sin demasiadas pretensiones filosóficas o artísticas. Un enredo de amoríos y espías en los comienzos de la guerra fría contado de una manera simple y por veces humorística. Hay un claro guiño a los dos estrafalarios inspectores de los comics de Titín, aunque en este caso son los únicos que finalmente conocen todas las claves de la historia y mueven los hilos para que todo vaya sucediendo como tiene que suceder.

Coe conoce perfectamente el oficio de escritor. Sabe dosificar perfectamente los distintos ingredientes que nos hacer avanzar páginas y páginas preguntándonos que será lo que finalmente decida el protagonista. Intuimos que nada depende de él, que aunque lo desee no será capaz de cambiar su vida estable por un impulso, por una pasión. Y sin embargo podría haber sido. Eso lo sabemos al final, en un capítulo cargado de nostalgia y de emotividad en el que se da cuenta, de manera telegráfica, como fue la vida del protagonista en los siguientes cuarenta años. Una vida anodina y corriente, totalmente previsible, con sus alegrías y sus sinsabores. Sabemos que durante todos esos años habrá pensado muchas veces en la decisión no tomada, en la elección que hizo en su día. Y tal vez en alguna ocasión habrá pensado que las cosas habrían sido diferentes de haber tomado otro camino, pero de nada sirve querer volver al tiempo en el que hemos sido felices. Al final el verano se acaba, las luces se apagan y las personas deben volver al lugar que les corresponde.