jueves, 30 de abril de 2020

La uruguaya. Pedro Mairal.








Frescura.
Supongo que escuché hablar de Pedro Mairal en la radio o tal vez incluso pude haber leído sobre alguno de sus libros en el suplemento cultural de algún periódico. Pero cuando compré esta novela lo hice sobre todo por la editorial. Tengo ya varias novelas publicadas por Libros del Asteroide y en su mayoría son obras de gran calidad. Los conocí por las obras de Robertson Davies (de este barbudo canadiense tendré que hablar en algún momento ya que es uno de los grandes) y a partir de ahí suelo prestar atención a lo que publican. De este modo conocí a autores como Maggie O'Farrell, William Maxwell o John Mortimer. Pero como casi siempre, me estoy dispersando.
Volvamos a Pedro Mairal.
Fue con la publicación de Una noche con Sabrina Love, y sobre todo por su adaptación al cine, cuando Pedro Mairal se convirtió en un escritor conocido. Apuntaré esta obra en la lista de próximas compras ya que desde hace un tiempo intento no comprar novelas sin antes haber leído algo del autor o autora en cuestión. Demasiadas sorpresas desagradables al dejarme llevar por reseñas literarias o recomendaciones radiofónicas. En otro momento hablaré de lo que compro y lo que leo, pero ahora de lo que se trata es de escribir un poco de lo que me ha parecido esta corta novela llamada La uruguaya y escrita por el argentino Pedro Mairal.
Pensé que después de la intensidad y profundidad de Onetti y de Faulkner necesitaba algo fresco, y en la estantería de libros pendientes estaba esta novela desde agosto del año 2019. Su lectura es rápida, tanto por la sencillez de su trama como por su estilo ágil y fresco. Un día en la vida de un hombre que atraviesa el río de la Plata para poder cobrar su dinero en Uruguay sin verse sometido a las restricciones fiscales vigentes en ese momento en Argentina. Este dinero supone para el una libertad y una condena al mismo tiempo. Tendrá independencia financiera durante unos meses, pero tendrá que dedicar ese tiempo a escribir una novela por la que ya le han pagado un generoso anticipo.
Por eso inicia el día pensando en lo que podrá hacer, en lo que cambiará su vida a partir de ahora con ese dinero. Sabemos que es su mujer la que se ocupa de los gastos de la casa, sabemos que tiene un hijo pequeño y sabemos que las cosas no van bien dentro de la pareja. Correos privados que serán leídos, palabras que se dicen entre sueños, reproches mutuos de falta de entusiasmo, de desinterés...
El objetivo principal del protagonista está claro, conseguir un dinero que le permita respirar un poco durante unos meses. Pero ya casi al principio sabemos que hay otra intención, una cita con una antigua conocida, una casi infidelidad pasada que dejó la puerta abierta a un futuro encuentro, al encuentro que se nos describe en La Uruguaya.
Y sin embargo, nada saldrá como se espera.
El argumento es bastante previsible, aunque al final queda cierta sospecha en el aire que ni el lector ni el protagonista podemos resolver. Digamos simplemente que a partir de ese momento la vida del hombre cambia totalmente. Nada sucede como tendría que haber sucedido, y sin embargo al final queda una sensación agradable, como si las cosas hubieran sucedido para bien, como si todo sucediese por algún motivo.
No diré nada más sobre el argumento ya que es una novela muy recomendable y parte de su gracia está en el pequeño enredo argumental que mantiene cierta intensidad hasta el final.
En cuanto al resto decir que utiliza la narración en primera persona de una manera brillante. El protagonista, situado en un futuro indeterminado, narra todo lo acontecido durante ese día, aportando los motivos y las razones que le llevaron a actuar de aquel modo, y en algún momento incluso adelantando las consecuencias de sus actos. Las frases cortas y un estilo directo y sin demasiadas florituras hacen que la narración fluya, que nos interesen los avatares de ese día. Todo lo que sucede está siempre centrado en el protagonista y en el momento que se narra. No se nos anticipa nada de lo que va a suceder aunque tanto el que narra como la destinataria del relato saben como acaba la historia y las repercusiones que aquel día tuvo sobre sus vidas.
La uruguaya es un intento de explicación. No son los hechos, sino las motivaciones, lo que tiene realmente importancia. El protagonista no pretende justificarse, no busca el perdón ni quiere que las cosas vuelvan a ser como antes. Simplemente expone las circunstancias y los azares que le llevaron a actuar de una manera determinada. Es, tal vez, un sentimiento universal, una tendencia de algunos seres que saben que el camino que están recorriendo no lleva a ningún lugar, pero que no pueden evitar recorrerlo. Una vez que ven que hay un sendero tienen que seguirlo aunque sepan que no es hacia donde quieren ir. Siempre hay algo que nos impulsa a seguir caminando.
El protagonista sabe que ese día puede cambiarlo todo, que las cosas pueden mejorar y que puede ser el comienzo de una nueva vida. Pero decide cambiar los planes, aprovechar la ocasión, recorrer un sendero que no aportará nada que pueda perdurar. Un placer efímero, o ni siquiera eso...
Por último está el juego literario que tanto me gusta. El protagonista es un escritor al que le pagan un anticipo por escribir una novela. La ficción se convierte en realidad cuando sospechamos que el libro que tenemos entre las manos es en realidad esa novela que el personaje ha podido concluir.



lunes, 13 de abril de 2020

Efectos Secundarios (II)







Recuerdo muy poco de aquellos días, como si mi memoria se negase a recordar aquella traumática época. Sin embargo, las palabras de los doctores, diciéndome que el diagnóstico era inequívoco e irreversible, están grabadas en mi mente como si de un archivo sonoro se tratase. La corrosión no tardaría muchas semanas en destruir todo el tejido blando de mi brazo y posiblemente acabaría infectando al resto de mi cuerpo. La única solución era amputar, y hacerlo cuando antes.
El doctor Mulderson insistió en la necesidad de comenzar el tratamiento ese mismo día.
- Si todo sale, bien, y no tenemos motivos para pensar en complicaciones o rechazos, dentro de una semana podrás comenzar las sesiones de fisioterapia para adaptarte a tu nuevo brazo biónico.
La operación incluía el implante de un nuevo miembro. Una nueva tecnología que después de haber pasado por las obligatorias fases de estudio y ensayos estaba comenzando a emplearse para casos como el mío. A diferencia de las primeras piezas de ortopedia que se utilizaban décadas atrás, esta nueva generación de implantes estaba realizada con material orgánico creado en laboratorio. Por medio de la ingeniería de tejidos conseguían miembros que se adaptaban perfectamente al paciente, y al tratarse de material neutro las posibilidades de rechazo eran casi nulas.
Nunca tuve motivos para dudar de lo que me habían dicho, y durante unos años todo fue perfecto con mi brazo. La piel tenía una tonalidad ligeramente distinta y un tacto menos suave que el resto de mi cuerpo, pero solamente yo era consciente de estas diferencias. Pero hace unos meses comencé a experimentar sensaciones extrañas al tiempo que notaba como la sensibilidad y la textura de la piel de mi brazo cambiaban. No solamente era la sorprendente presencia de vello negro o el aumento cada vez más visible de la masa muscular de los biceps y los tríceps. De un día para otro notaba como los dedos cambiaban, haciéndose ligeramente más largos y fuertes, las uñas pasaron a tener una forma distinta a las de la otra mano y los movimientos comenzaron a ser más toscos y enérgicos, como si en lugar de tratarse de mi brazo fuese un apéndice al que aún tenía que acostumbrarme.
Los primeros días mi compañera intentaba tranquilizarme diciéndome que seguramente sería algo hormonal, que era posible de que los reajustes a los que me habían sometido durante la cuarentena obligatoria después de mi regreso estuvieran haciendo algún tipo de efecto que antes no había notado. La explicación no llegaba a convencernos a ninguna de las dos. A mí porque había sido sometida a las mismas operaciones al regreso de mis anteriores misiones en el Cinturón de Kuiper y nunca había sentido nada parecido. A ella porque su formación médica y su especialización en sintomatologías de gravedad cero le indicaban que los cambios físicos que estaba experimentado no parecían tener nada que ver con una reacción a medicamentos o con una enfermedad o contagio. Yo no experimentaba ningún tipo de malestar ni de dolor, simplemente mi brazo estaba cambiando.
Dos meses después todo se precipitó. Aquel brazo, claramente distinto al resto de mi cuerpo, tenía el aspecto que tendría el brazo de un hombre. Y no solo era eso. Había comenzado a sentir una inexplicable vibración, un latido interno que no sabía identificar. No era dolor, ni frío, ni calor. Era una especie de cosquilleo, una palpitación que parecía brotar del brazo entero y de ningún lugar concreto. Aquello no era normal.
Mi compañera decidió acompañarme. El ingeniero ni siquiera utilizó el escaner para determinar que efectivamente, aquel brazo era de un hombre.
- Resulta muy extraño, y sobre todo muy inquietante, -me dijo mientras me conectaba a la consola de datos para revisar las últimas actualizaciones de mi software interno. -Durante muchos años los seres humanos han empleado implantes para suplir la pérdida o el deterioro de sus miembros, pero es la primera noticia que tengo de que a un androide le implanten el brazo de un humano.





domingo, 12 de abril de 2020

Las palmeras salvajes. William Faulkner







Dualidad
Las palmeras salvajes, de William Faulkner, es un ejercicio de dualidad desde distintos puntos de vista. En primer lugar la propia obra es doble ya que en esta novela se cuentan dos historias totalmente independientes. Argumentalmente no tiene nada que ver “Las palmeras salvajes” con “El viejo”. Avanzamos en la novela buscando un nexo de unión que no existe. Pensamos que seguramente hay algún dato que se nos escapa, que de algún modo las dos historias deben tener algún punto de unión y al final, solamente al final, sabemos que lo único que puede relacionar las historias es donde acaban los dos personajes. Ni siquiera sabemos si se conocen o no, aunque podemos intuir que tal vez uno de los que escuchan la historia de “El viejo” es el propio protagonista de “Las palmeras salvajes”, aunque esta es una suposición mía. El autor en ningún momento relaciona las dos narraciones.
De hecho las dos historias funcionan de un modo independiente, podrían haber sido publicadas como novelas cortas sin que su calidad se viese mermada. Pero Faulkner explicó en alguna ocasión que al llegar al final de la primera parte de “Las palmeras salvajes” sintió que necesitaba un contrapunto, algo que aportase intensidad y comenzó a escribir “El viejo”. Después siguió de nuevo con “Las palmeras salvajes” y así hasta el final.
Permitidme que me ría. Faulkner, como todos los grandes escritores, es un mentiroso redomado, de esos que dicen que no existe la inspiración, que simplemente se trata de trabajo duro y metódico, y un poco de suerte. En mi opinión en “Las palmeras salvajes” tiene muy claro lo que pretende. No dudo que el chispazo creativo le llegara cuando estaba escribiendo la primera historia, pero también creo que fue un rasgo de genialiadad lo que impulsó al escritor a intercalar las dos narraciones, como también estoy convencido de que pretende, de algún modo, ofrecer las dos caras de una misma moneda. Nos cuenta dos historias de amor y de abandono, de renuncias. Dos historias que lo único que tienen en común es el hecho de ser totalmente opuestas, como si se tratase de una fotografía y de su negativo. Carlota y Harry renuncian a todo, incluso al decoro y a la corrección social, por mantener viva la llama del amor; el penado alto, del que no llegamos a saber el nombre, renuncia al amor y a la libertad para hacer lo que considera correcto, lo que se espera de el.
Pero no acaba aquí la dualidad. Carlota y Harry huyen del mundo; el penado, pudiendo huir y ser libre, decide regresar a la cárcel; en la primera historia vence la muerte, en la segunda vence la vida, a pesar de las circunstancias. En una, un aborto que no tendría que salir mal termina en tragedia; en la otra la vida se abre paso milagrosamente en un parto casi imposible. En “Las palmeras salvajes” Harry duda, se deja llevar por las circunstancias, experimenta cierta disonancia entre lo que cree que debe hacer y lo que finalmente hace. En “El viejo”, sin embargo, el personaje no duda jamás. Solo tiene un objetivo claro y se enfrenta a todo tipo de penalidades para conseguirlo. No le importan las consecuencias negativas que puede tener para el cumplir con su tarea. Simplemente lucha incansablemente para conseguirlo. Hay cierta demencia en los dos protagonistas, aunque varia la manera de llegar a ella. Lo demencial en Harry viene determinado por las decisiones que el mismo va tomando, a veces por propia iniciativa y a veces obligado por el amor. El protagonista del segundo relato, sin embargo, parece un demente desde el principio, intentando enfrentarse a unas circunstancias que claramente lo sobrepasan simplemente por una insana necesidad de cumplir lo que otros le han ordenado.


En cuanto al estilo anotaré simplemente el gran acierto al emplear en “El Viejo” un lenguaje sonoro y envolvente, con largas frases que como un río fluyen y se bifurcan. Conviene aclarar que “El Viejo” es la forma que usan los sureños para referirse al río Misisipi, que es el lugar en el que se desarrolla toda la historia. El estilo de Faulkner no es sencillo y requiere muy a menudo volver atrás para comprender todo lo que nos quiere decir. A veces acumula imágenes para describir un sentimiento o un estado de ánimo y otras veces es capaz de condensar en una sola frase una historia que el lector deberá completar.
Por cierto, la edición que he leído es la traducción del año 1962 de José Luis Borges, con lo que la genialidad del autor se ve sin duda enriquecida con la genialidad del traductor. Y quien mejor que Borges para entender la profundidad y el estilo de Faulkner, para adentrarse con machete en la espesura de su prosa.
Y es que si algo caracteriza la obra de Faulkner es que nos obliga a trabajar. El lector tiene que hacer un gran esfuerzo intelectual para adentrarse en la narración, para disfrutar de ella. Y aún así hay veces en las que nos sentimos perdidos y con la sensación de que debemos esforzarnos un poco más, como el penado alto navegando entre la inmensidad de las desbordadas aguas de un río que no es nada hospitalario.
En efecto, esta novela, al igual que toda la obra de Faulkner, es cualquier cosa menos hospitalaria para el lector. Se trata de una obra maestra de la Literatura,y como tal hay que conocer las claves y tener la voluntad suficiente para disfrutarla en su totalidad. Como toda obra de arte admite múltiples lecturas, incluso algunas que ni se le pasaron por la cabeza al autor a la hora de escribir. Si nos atrevemos a adentrarnos en sus páginas nos obligará a reflexionar sobre una de las cuestiones esenciales de la existencia humana. Sentiremos que los avatares de la vida humana, las decisiones que tomamos y las situaciones a las que nos enfrentamos (como se enfrentaron Harry y Carlota) son igual de impredecibles e ingobernables que el esquife que afanosa e inútilmente se empeña en manejar el penado alto a través de un Río Misisipi totalmente desbordado.

La vida, a menudo, no es más que un vano intento de mantenernos a flote en aguas turbulentas.