Pero
cómo que ya no quieres el mercedes, tú estás loco!!!
-chillaba Nicolás en la esquina de la barra- El padre de tu
abuelo Ramón fue el primero en tener coche en la ciudad, y era un
mercedes. Tu abuelo viajó a Alemania para traerse el mercedes que
le regaló a tu padre el día de su boda y tú eres probador
internacional de asientos de mercedes.
Como
Nicolás es algo energúmeno tiene por costumbre gritar en lugar de
hablar, pero algo de razón tiene cuando le recrimina a Ramón su
decisión de deshacerse del mercedes para comparse un saxo.
Todo
empezó hace dos semanas- vuelve a explicarnos Ramón –
Despues de que el coche oficial de la Conselleira de Sanidade me
destrozara el faldón derecho tuve que dejar el mercedes en el
taller. Me dejaron un vehículo de cortesía y no se qué pasó,
pero me enamoré de aquel coche.
Al
entrar me sorprendió la ausencia de pantalla central o de
indicadores luminosos en el salpicadero, pero sentarme al volante
fue una experiencia entrañable, como sentirse abrazado, y no me
refiero solamente al roce de mis rodillas en el volante o al techo
tocando mi cabeza. No. Tuve la sensación de que el coche me recibía
afectuosamente.
No
jodas, Ramón, no jodas. Que mi mujer tiene un 205 y ahí no hay
quien entre.
Además
el saxo es un coche de chicas, coño!!
Ramón
ni se inmutó ante mis comentarios y los de Nicolás. Su rostro
permanecía imutable y con un gesto nos invitó a mirar por la
ventana.
Pero
no me digáis que no es entrañable -nos
dijo señalando el coche aparcado enfrente del bar- Yo ya
se que la experiencia de conducción no es sencilla ni
sobresaliente, y que la seguridad apenas es perceptible. Soy
consciente de que el acabado interior parece inacabado y que el
único embellecedor exterior son las pegatinas que intentan
disimular las manchas de óxido. No busquéis en él unas lineas
deportivas o un frontal agresivo ideal para la conducción en
ciudad.
No
amigos, no espero que lo entendáis. Hay cosas que solamente pueden
entenderse si se experimentan, pero cuando el amor llega así de
esta manera, uno no tiene la culpa.
Ramón
acabó su café, se comió la galletita caramelizada y con un
cariñoso saludo se despidió de la concurrencia. Con una expresión
de felicidad infantil se acomodó en el asiento del saxo y arrancó.

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