domingo, 28 de noviembre de 2010

Los cuartos en la Berenguela.



Al escuchar los cuartos en la Berenguela decido bajarme de la moto. No es que me importe demasiado que me abofeteen en público, pero de pronto recuerdo que la tía Angelines tiene la costumbre de salir de la misa por la conocida fachada barroca de la Catedral. Ite, missa est!, le grito de repente a Irene con la esperanza de que comprenda que debemos de salir de allí lo antes posible. Pero es tarde. De pronto veo que por detrás de la rusa aparece la tía Angelines saludándome con una mano mientras con la otra mueve su bastón con una pericia propia de alguien que lleva años caminando por las empedradas calles de Compostela. Después de los sonoros y húmedos besos en cada mejilla me pregunta qué cómo estoy, que cómo está mama, que si mi hermana sigue trabajando, que si no me voy a afeitar nunca, que si esa chica tan mona con la que estoy es mi novia, que si me voy a casar... Lo peor es que la tía Angelines está acompañada de otras dos mujeres que también insisiten en darme dos besos mientras que ella les explica que soy el hijo de su sobrina, la que se casó con el hijo de la Herminia, el que tenía la carnicería en la Calle Milagros...
Coño, pensé, la calle Milagros es dónde vive la abuela!
De pronto recordé que Hilario me había dicho que Raquel era vecina de mi abuela y que vivía en una de las antiguas pensiones de estudiantes. Dejamos a la tía Angelines con los besos en la boca y nos dirijimos a la parte baja de la ciudad. No sabía muy bien de qué iba todo esto, pero ya no me sentía borracho por lo que decidí conducir yo la moto. Al frenar en el primer paso de cebra descubrí porqué Toño siempre invitaba a las chicas a dar un paseo en moto.

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